miércoles, 4 de marzo de 2020

No sueñes que se terminó

No sueñes que se terminó
Por: Lisandro Prieto
En: Revista VLOV - 2013



La diosa le habló a Parménides, indicándole el camino por el cual se inicia la humanidad en este largo camino de la búsqueda de entendimiento:


Pues bien, voy a hablar. Tú escúchame y retén mis palabras, que te enseñarán cuáles son los dos únicos caminos de investigación que se pueden concebir. El uno, que el ser es y que el no-ser no es. Es el camino de la certeza, ya que acompaña a la verdad. El otro, que el ser no es y que necesariamente el no-ser es. Este camino es un estrecho sendero, en el que nada iluminará tus pasos. Ya que no puedes comprender lo que no es, pues no es posible, ni expresarlo por medio de palabras[1].

El intento interminable del ser humano por comprender el no-ser, el dejar-de-ser-ya, se nos muestra, en las antípodas de nuestra historia, como una imposibilidad, o siquiera, como una funesta tarea improductiva, impráctica (ble). Pero claro está, y a ello se anticipa la divinidad: aún siendo una falta imperdonable, hasta el más piadoso de los hombres, tal vez sin confesarlo, ha hecho un intento por pensarlo.

Aún así, la diosa justiciera nos impone un imperativo, que la humanidad no cesará de quebrantar:  No te dejaré decir ni pensar que es [el ser]  del no-ser. En otras palabras, nada viene de la nada. Concepción cosmogónica que sufrirá para occidente su quiebre, tanto en la misma tradición helénica, con Platón (quien en su teoría de los contrarios afirma que no es escandaloso pensar en el no-ser, pues para que el ser sea tiene que no serlo, también, en algún sentido opuesto) y en la tradición judeo-cristiana, la cual nos indica que el Creador, de la nada, creó el mundo.

Pero más allá de los inquietantes y somníferos planteos lógico-metafísicos del canon filosófico, existe ciertamente en las sienes del lector que me lee, aquí y ahora, una preocupación: sea ud. o no consciente de la misma, ahí está la nada, esperando ser pensada, desafiando nuestra comprensión, jugando con nuestras convicciones y desafiando nuestras esperanzas, a diario, mientras vivimos, esto es, mientras somos aquello que no comprendemos cabalmente que tal vez un día dejemos de serlo.

En momentos anteriores, en este mismo medio, en este delicado y perfumado papel de la VLOV, hemos insistido en las incesantes hazañas que hace el hombre por darle sentido a la existencia: lo describimos al ser pensante como ser dador de sentido por ello mismo, porque el pensamiento es eso, atribuir valor a aquello que tememos que carezca, en lo más profundo de nuestro ser, ser. Y también hemos hablado de la importancia de la embriaguez, de la amistad, de la procreación y del éxtasis en cuanto alicientes fundamentales, parches sine qua non ésto que llamamos vida perdería su sal.

Es común confundir el terror de morir, de irse, sin haber creado vida, habiendo dejado no se qué inconcluso, como si fuese una excusa perfecta para aferrarnos a lo inaferrable, con lo que el maestro Unamuno llamó "el hambre de inmortalidad". Consideremos ésto de cerca, pues no es menor la diferencia entre el temor de no estar al de no ser recordado.

Así lo expresaba el muchachazo de Bilbao: "Imposible nos es, en efecto, concebirnos como inexistentes, sin que haya esfuerzo alguno que baste a que la conciencia se dé cuenta de la absoluta inconsciencia, de su propio anonadamiento. Intenten imaginarse cual vela sea el estado de tu alma en el profundo sueño; traten de llenar sus conciencias con la representación de la inconsciencia, y verán. Causa congojosísimo vértigo el empeñarse en comprenderlo. No podemos concebirnos como no existiendo".[2]

No podemos, no queremos, da igual. Para Unamuno no resultan confortantes las opciones de permanencia cósmica, aquellas que nos indican que "seguiremos siendo parte del universo, a modo de energía". Pues no hay nada más que nos fastidie que dejar de ser nosotros mismos. Uno no quiere dejar de ser uno, y mucho menos, dejar de ser para ser algo que no tenga consciencia de su ser. La fórmula heracliteana: "nada ser pierde, todo se transforma" queda aquí suspendida por la simple razón que no responde a nuestras ansias de inmortalidad, a nuestro deseo de ser, eternamente, nosotros mismos. ¿Antropocentrismo? ¿Solipsismo? Podrían ser críticas recurrentes a este planteo, rebatibles ante el inexorable deseo de Unamuno de demostrar que ser "energía" del abono del pasto que pisan otros mortales, no es consuelo para el mortal que quiere seguir pisándolo por siempre:

"No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia"

Ya el poeta romano Lucrecio advertía este temor, no haciendo tanto hincapié en la nada per sé, sino más bien en la representación de la misma en los fenómenos naturales con cuales nos topamos a diario. Y es el sueño, el quedarse dormido, una entrega a lo desconocido, a lo negado, a lo reprimido, a aquello que en pleno estado apolíneo de consciencia negamos total existencia. Es el temor a la muerte, decía Lucrecio, el que impulsa el temor a dormir, el sonambulismo. Pues él veía que dormir es dejar de ser, momentáneamente, y pasar a ser lo que uno no quiere admitir que es. Por supuesto que el doctor Freud, un poco menos de dos milenios luego, lo encaró de manera fundamental.

Sumamente consternado hasta los huesos por el tema, se ha rumoreado a lo largo de toda la historia del pensamiento (sobre todo en la Edad Media, con los grandes traductores y comentaristas de las tradición latina) que Lucrecio llegó a perder la razón, obsesionado con la fuente de todos los horrores [le mort] mientras que, para sus coetáneos no era más que una "moderada aflicción". Asombrosamente de acuerdo con Unamuno, en cuanto al capricho existencial de no querer nunca dejar de ser yo, yo y yo;  el poeta nos lega:

Y si el tiempo reuniese nuestra materia después de la
muerte y otra vez la trajera de vuelta tal como ahora está dispuesta
y así de nuevo nos fueran dadas las luces de la vida, en
nada, sin embargo, nos importaría a nosotros tampoco este hecho,
una vez que se ha interrumpido la rememoración de nosotros mismos. [3]

Vale también aclarar que la sensación ante el abismo de la percepción de la nada es análoga- aunque metafísica y lógicamente contrapuesto, valga aquí la contradicción pragmática- al sentimiento de ser parte infinitesimal de un todo. El vacío y la vastedad suelen provocar el escozor, el picor del ego de o no formar parte de algo, o de ser algo ínfimo en un todo que no te ubica en el mapa.

¿Somos?, sí, ¿qué somos? ¿animales con capacidad de lenguaje? ¿qué es eso? Ser que se pregunta por su ser ¿por qué? Porque puede, así como el león puede matar de un mordiscón. ¿Para qué, entonces, preguntarnos eso? Y es aquí donde empieza el problema. Son tantos los "para qué" esbozados por tantas materias grises a lo largo de nuestra historieta filosófica, que, recurriendo a mis licencias, vamos a recortar de acuerdo nos plazca el interés de encararlo. Es así... Mientras escribo soy el comandante en jefe de'ste papel, para luego entregar el mandato a ud, estimadísimo lector.

Si bien puede resultar interesante, para algunos, no tanto para otros, el análisis y la reflexión acerca de estos tópicos concretos, que, en definitiva no son más que preocupaciones objetivas por encontrarle el meollo a la cuestión de existir, podríamos aquí replantear el problema en términos más cercanos, que nos atañen a los simples mortales que cumplimos horario laboral y deseamos cada viernes como quien desea a Monica Belucci. Tras la rutina, el trabajo, los problemas cotidianos que implican cumplir un estricto y subordinado horario de presencia, cuando ud. lector, llega a su casa, al final de la noche, no se pregunta "¿por qué hay algo, y no más bien nada?", sino que intentará escaparse, fugarse en el Prime Time de su emisora. ¿Logra escapar? ¿no es acaso el bailando por un sueño un masazo a las neuronas? En definitiva, llegamos, lamentablemente, al punto tal de decir "no quiero pensar más!"

Grave inconveniente el nuestro, pues como el gato no olvida maullar, ud, bellac@, por más que lo intente, no podrá nunca anular en su totalidad el pensamiento. Lo que sí se puede lograr, y de hecho es sabido que tal logro es el motor y fuente de la maquinaria del atontamiento colectivo (llame-se-le sociedad de consumo) es disminuir su capacidad crítica al punto tal que nos convertimos en plantas proveedoras de energía barata (al estilo The Matrix) otorgando y concediendo los mejores años de nuestra vida a una o varias tareas que siempre sirven a todos menos a uno.



A ésto, es decir, a pensar esta vida llena de nada mientras "vivimos" (estamos, mejor dicho, pero no se nota) , a esta carencia de sentido, a esta cobardía para la cual nos han formado y educado, es lo que Heidegger denomina "la existencia inauténtica". Tal in-autenticidad no tiene absolutamente nada que ver con el reconocimiento de la mirada del otro, del juicio ajeno sobre nuestros actos. Es más bien la carencia de autocomprensión, es no querer saberse lo que se es (ser finito, ser-para-la muerte). Es ver pasar los años por la vereda  de al lado, es otorgar gratuitamente la capacidad de generar experiencia, es, en última instancia, estar vivo y no darse cuenta. ¡¿Qué es eso sino una nada viviente, un alma errante, un no-ser-siendo?!

El desafío de ésta Sofía, es la de encontrar sentidos que nos permitan no caer en el desconsuelo perpetuo, que en nada ayuda a la ardua tarea de estar vivos, esto es, no perder fundamentación al proyecto, al sostén de nuestra existencia. Lo maravilloso del pensamiento radica en saberse finito y actuar en consecuencia, es decir, con consciencia de lo invaluable que es el tiempo que nos es dado. Mediante esta valoración de la vida podremos acceder a la comprensión de la belleza perpetua que significa nuestro paso por el mundo.

"Un ser todopoderoso no necesita preguntarse: ¿qué es lo que puedo?, es decir: ¿qué es lo que no puedo? No solamente no necesita preguntárselo, sino que, de acuerdo con su esencia, no puede plantearse esta pregunta. Pero este no-poder no es un defecto, sino la ausencia de todo defecto y de toda «negación». El que se pregunta: ¿qué es lo que puedo? Enuncia con ello una finitud. Y lo que esta pregunta toca en su interés más íntimo hace patente una finitud en lo más íntimo de su esencia.[4]"

Somos lo que podemos ser y hacer. O como mencionábamos en nuestro artículo anterior respecto a nuestra identidad Latinoamericana, y parafraseando a Sartre, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Lejísimo de plantear aquí una reflexión que nos posicione en cuanto seres meditativos y sólo expectantes, nuestras palabras quieren golpear tu voluntad y movilizarla, para finalmente pararnos frente a aquello que nos identifica plenamente y que solemos olvidar: nuestra libertad.

"Y esa imposibilidad de consumarse, con su consecuencia de ilimitado buscar e intentar (en vez de la vida tranquilamente supeditada, inconsciente, en ciclos que se repiten), es inseparable de su saber de ella. [...] Hay en el hombre un perderse del cual surgen para él un problema y una posibilidad. Se encuentra en la situación más llena de desesperación, pero de suerte que gracias a esta circunstancia siente el más intenso afán de elevarse mediante su libertad"[5].

Si uno es lo que hace ¿ud. amigo lector, qué es lo que hace para ser lo que es? ¿ud. es lo que es por lo que hace, o más bien cree que no es lo que quisiera ser porque no hace lo que considera que debería hacer? ¿cómo hacemos? En fin, cada cual con su proyecto, sus intentos de autocomprensión, su acotada o ampliada cosmovisión y su experiencia sabrá responderlo.

"El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo. Es también lo que se llama subjetividad. [...] Porque queremos decir que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza a un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser.[6]"

Mientras tanto busquemos, preguntemos, hagamos y seamos, dejando a los demás que sean, mientras no perdamos nosotros nuestra conciencia de ser lo que somos: seres que deseamos partículas de eternidad, sellos de inmortalidad, signos de vitalidad perpetua reflejados en nuestros anhelos, desde los más sencillos hasta las más absurda de las utopías. Bajo esta lógica que aquí presentamos, vemos al "inauténtico" como un ser incapaz de desear lo que carece porque desconoce lo que posee.


[1] Fragmentos y números de Diels, Fragmente der Vorsokratiker, (R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: edad antigua, Herder, Barcelona 1982, 5ª ed., p.13-16
[2] UNAMUNO, M. "Del Sentimiento Trágico de la Vida". Cap.  III, "El hambre de inmortalidad".
[3] LUCRECIO, "De Rerum Natura". Los versos 916-928 tratan de explicitar cómo el sueño invade al ser en vigilia y su efecto en el cuerpo humano.
[4] Heidegger, M. Kant y el problema de la metafísica, FCE, México 1973, p. 180.
[5] Jaspers, Karl. La fe filosófica, Losada, Buenos Aires 1968, 2ª ed., p. 59.
 [6] Sartre, J-P. El existencialismo es un humanismo, Huáscar, Buenos Aires 1972, p.15 -16.
 

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