martes, 3 de marzo de 2020

Dañina Banalidad

Dañina Banalidad

El problema del mal a los ojos del filosofar (no decimos “la” filosofía, en este caso, porque el mal no es un problema para todas las líneas de pensamiento) no puede (ni debe) resolverse bajo el espéculo (y la excusa) del “misterio”, aquello por lo cual inexplicablemente suceden las cosas. El aspecto más peligroso de la tentación racional de atribuir las causas del mal a fuerzas externas a la humanidad recae, entre otras cosas, en la posibilidad de justificar actos morales atroces sin buscar la responsabilidad causante. Pero, también, como hemos visto previamente, en la era de la técnica la naturalización del mal, su extrema banalización, se funda justamente en el mismo argumento, a saber, en el orden pre-establecido, regularidades y normatividades que, con la hoz de la burocracia, permiten dañar desde un escalofriante anonimato explícito.
 
El mal, y su consecuencia, el sufrimiento, opera en diversos ámbitos de la vida, de la cotidianidad, se expresa con más claridad en la clásica diferenciación entre el mal moral y el estrictamente físico. Actuar deliberadamente contra el bien podría ser un atisbo bastante borroso e inconsistente de aquello que todos interpretamos por “maldad”. De hecho, podríamos incurrir en la pedantería del intelectualismo moral, el cual sostiene que existe una relación causal entre “saber” y “hacer el bien”. Nuestra historia se encuentra atiborrada de ejemplos como contraparte: el saber no fundamenta, necesariamente, ningún bien. Justamente, la interpretación de Arendt sobre Eichmann no hace más que demostrarlo críticamente: el mal, el daño sistemático, enmarcado en una lógica ordenada, coherente y efectiva, es deudor de una racionalidad, de saberes puestos a su disposición. Se invierte el imperativo socrático: no sólo con racionalidad se puede actuar mal, sino que, con razón, el mal es estrictamente efectivo, meticulosamente aplicable, medible, cuantificable, y, lo más cruel de nuestros días, dosificable y sutil. 

Los análisis y posicionamientos maniqueos, a este respecto, solamente contribuyen a la atribución de más banalidad al problema del mal, en cuanto que toda postura que interpreta la realidad de manera bivalente no hace más que alimentar todo tipo de fundamentalismo. De nuestra parte, proponemos una mirada crítica, a saber, una búsqueda incesante de criterio, interpretando analógicamente (evitando justamente la propuesta de equívocos incesantes o unilateralidades literales). 

También es cierto que la historia del pensamiento ha encubierto en innumerables oportunidades al problema del mal bajo el velo del absurdo, acusándolo de ser un tópico religioso indigno de ser pensado por la filosofía. Nada más oportuno para la funcionalidad de la moral reinante actual, a saber, hija de un individualismo sin precedentes apañado por un sistema político y económico cuyo pilar es el utilitarismo que levanta a diario, en todas las familias, la bandera del “sálvese quien pueda”. 

Justamente, el materialismo capitalista liberal es aquel que en la era de la técnica (el hombre como cosa-a-la-mano) propicia una serie de naturalizaciones y determinismos morales, conviviendo, paradójicamente, con la a veces ilógica e incoherente ética discursiva de los pluralismos y particularismos. En otras palabras, a la vez que se pregona velar por la defensa de las diferencias y el respeto por la diversidad, se somete cada vez más violentamente justamente a la búsqueda de la identidad, la diferencia, el criterio y el pensamiento. No es casual el sistemático abandono voluntario al pensar, denunciado por Heidegger hace más de medio siglo. Este desapego del criterio forma parte del desinterés y la mezquindad con las cuales se nutren los sistemas productivos del capitalismo tardo-moderno. 

La relación que hemos planteado entre el mal banal y el abandono del pensar en la época de la técnica nos incita a preguntar acerca de la posibilidad, o al menos un atisbo, de otro pensar, otro preguntar que intente desprenderse del prejuicio trunco y vacuo que impone el consumismo desesperado, e innecesario que nos convoca a una carrera de acumulación de bienes materiales y simbólicos inculcándonos su moral, una ética del desinterés por la existencia ajena que ha llevado a las generaciones recientes a disfrutar más de un software de simuladores de vida que la arcaica relación sensorial, emocional e interpersonal, un deleite que vaya más allá del encuentro accidental y trivial, ya sea en una mesa familiar, una oficina o un centro educativo. 

Dejar pasar, no preguntar, naturalizar, determinar, creer sin preguntar, repetir sin corroborar, actuar sin pensar y juzgar sin criterio es, sin duda, una epifanía clara del mal que produce la banalidad, la inautenticidad, la mezquindad fundada en un terrible desinterés por lo común, aquello que compartimos inexorablemente todos los lectores, a saber, nuestra existencia en un aquí y ahora.

FUENTE: http://www.diariolibre.info/secciones/noticias/nota.php?id=20167

Los adversarios políticos

Los adversarios políticos

Hoy interesa compartir una lectura que consideramos sumamente interesante en el marco de la constitución política de ésto que llamamos democracia, que tanto amamos y que tan poco conocemos a fondo. Vivir en democracia nada tiene que ver con ésto, a saber, con la comprensión de las fuerzas antagónicas que cotidianamente la conforman en un movimiento tirante y constante de luchas por el poder real.

Al respecto, sugerimos el texto "El retorno de lo político'', de Chantal Mouffe, quien en 1999 presagiaba allí la posibilidad de la total desaparición del principio de diferenciación que funda a todo acto político, la distinción plena entre "amigo/enemigo'' (tomada de Carl Schmitt) y su propuesta concreta, "enemigo/adversario''. Esta autora nos invita a pensar en este "otro'' distintivo ("el exterior constitutivo'') no tanto como aquel al que hay que eliminar del mapa político (y/o real) sino con el que debo coexistir mediante el "desacuerdo'' (categoría estructurante de la filosofía política de Jacques Ranciere).

La tibieza política a la que nos hemos malacostumbrado forma parte integral del hábito creado por nosotros mismos.
Justamente, podemos avizorar, tras 19 años de haber sido escrita la obra de Mouffe, que en estas casi dos décadas del siglo XXI el espacio de lo político ha rehuido a la distinción previamente planteada bajo slogans publicitarios propios del marketing político posmoderno que atienden al desvanecimiento completo de las fronteras que a la vez que nos constituían, en cuanto adversarios y nos identificaban frente a esos "otros'' que piensan distinto.

Al contrario de lo que la opinión pública sostiene, la relación con los adversarios políticos, lejos de ser un impedimento para el normal desenvolvimiento de la democracia pluralista, es, más bien, el fundamento mismo de su existencia. La ficción idílica que plantea que la mejor democracia es aquella en la cual diversas formas de pensamiento no se diferencian radicalmente y que sólo se debería gobernar en un estado ilusorio de paz perpetua sirve de argumento práctico para los tiempos que corren, en los cuales todo conflicto tiende a mediatizarse bajo la relación amigo/enemigo en vez de considerarse la real y compleja trama de intereses en puja, que constituyen el mecanismo de construcción y mantenimiento del poder real.

La tibieza política a la que nos hemos malacostumbrado forma parte integral del hábito creado por nosotros mismos, los ciudadanos comunes (trabajadores, padres de familia, vecinos y funcionarios) de naturalizar la eliminación del espacio en el cual el conflicto pueda expresarse. En otras palabras, es rigurosamente necesario que para que esto que llamamos democracia sea fácticamente efectiva, los ciudadanos tengamos la posibilidad de elegir entre alternativas reales, apuestas políticas bien diferenciadas que denoten un contraste de proyectos.

El peligro de no contar con adversarios, o de no querer tenerlos (práctica política asidua, no sólo de políticos en la práctica, sino también de todos nosotros al no querer participar jamás de un debate en el cual podamos ser interpelados intelectualmente por nadie) radica en la cobardía autoritaria de sentirnos seguros cuando disponemos de la sensación de estar rodeados, exclusivamente, de aduladores que lejos de imponernos un desafío, un contraste desacuerdo fundante de la política asienten sin cesar la afirmación capital de una servidumbre voluntaria como modo de vida.

Expresado sencillamente, sin desacuerdo, sólo hay esclavitud y servilismo voluntario, lo cual en esencia dista bastante de ser ésto que llamamos "vivir en democracia''.

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Los-adversarios-politicos-20180416-0071.html


Un nuevo comienzo para el hombre en sociedad

Un nuevo comienzo para el hombre en sociedad

En esta ocasión vamos a tratar de reflexionar en torno a existencia humana tomando la interpretación de una de las filósofas más importantes del siglo XX. Se trata de Hannah Arendt, quien plantea la categoría del "nacimiento'' como un concepto estructurante. Pero, por sobre todas las cosas, fundante de la política. En su obra titulada "¿Qué es la política?'' nos precisa un par de claves interpretativas interesantes para encarar el "Señor de los problemas'' en el marco de lo político, la libertad, en tanto cada "nuevo comienzo'' - el nacimiento - es el sustento de la misma.

Si, como Agustín de Hipona, nos dice Arendt, consideramos que el hombre es en sí mismo un comienzo, puesto que no existe desde siempre, sino que viene al mundo al nacer, mientras que este espacio político llamado "mundo'' seguirá existiendo posteriormente.

Ahora bien, ¿qué entendemos por "mundo?''. No se trata del planeta ni tampoco se refiere al espacio físico en el cual "nos toca vivir'', sino más bien al espacio público, político, simbólico y vital que nace "entre'' los hombres.

El desprecio por la política, el descreimiento y - consiguiente - agotamiento del sentido de lo político han logrado, pues, que seamos "distantes'' de aquellos con los cuales creamos mundo, vida, sociedad - comunidad.

Entonces, si nos encontramos aislados de la posibilidad de crear mundo, de posibilitar espacio vital con nuestros otros, si finalmente triunfa el individualismo y la competitividad, cabe preguntar ¿dónde se encuentra la libertad?

Si no actuamos, no hablamos, no nos expresamos, no creamos, pues, no hay esbozo mínimo de aquello que románticamente entendemos por "ser libres''. Nuestra posición en el mundo es nula e inexistente.

Para las democracias actuales no es preciso el uso de armas ni balas para la eliminación de personas; basta con hacer a un lado del circuito de "lo permitido'' en el flujo de la libertad que el mercado permite transitar para que el "sistema'' se purgue "sólo''. Pues no es así, ya que todos formamos parte de la comunidad humana llamada "mundo'' "espacio público'', "sociedad'' o comunidad.

Las posturas pretendidamente tímidas y neutras, en su afán de anonimato, son bien definidas a la hora de ser parte servil de una demanda que requiere de seres humanos obedientes, callados e inactivos.

Tomando el vocablo griego originario para adjetivar dicha actitud, el "idiota'', es aquel que rehusa ya sea por decisión o por estatus social a la posibilidad de hablar sobre algo del mundo con sus otros, sus pares, compañeros y conciudadanos. Visto de esta manera, podemos aquí presentar la hipótesis de que las expresiones "no te metas'' o "calla y prosperarás'' es aún ley de convivencia en tiempos de paz y democracia republicana.

La "idiotez'' a la que se referían los griegos trasciende la voluntad, el querer, y hoy podemos verla patente en la inscripción del total desprecio por la participación ciudadana, ya sea desde la política como trabajo como también aquello inherente a lo político propio de todo ser humano que vive en una comunidad, lo quiera o no.

Nos encontramos en una situación crítica, en la cual no se requiere de un Estado totalitario para que nos veamos impedidos de actuar con libertad. El mecanismo actual es mucho más sofisticado, en el sentido de que la violencia y la coacción que impiden al hombre actuar y hablar libremente viene dado e impuesto por los mismos hombres que lo padecen.

Esta supuesta auto imposición y prohibición, fruto de una vida atravesada por el individualismo propio de toda sociedad de consumo gobernada por intereses estrictamente económicos, pareciera ser que ha conseguido confundirnos a la hora de discernir entre libertad y capacidad de compra, entre capacidad de acción y poder adquisitivo.

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Un-nuevo-comienzo-para-el-hombre-en-sociedad-20180320-0075.html

Desvinculación del Estado

Desvinculación del Estado


Partiendo de la lectura del planteo que ofrece Mariana Cantarelli , y analizado hechos concretos de nuestros días, cabe señalar como totalmente oportuna la interpretación que sostiene que los ciudadanos sienten que están totalmente desunidos de "esa máquina vinculante" que aún hoy llamamos Estado.

Este sentimiento de dispersión y desarticulación tiene sus fundamentos, consistentes en un sinnúmero de políticas desarrolladas a lo largo de nuestra historia. Uno de ellos, como mencionamos en notas anteriores, es la pérdida de valor de cohesión del concepto de "comunidad".

La pérdida de crédito ciudadano hacia la eficiencia que debería brindar el Estado y su estructura completa en cuanto a la equidad ante la ley y el cumplimiento de los derechos establecidos por la Constitución Nacional podría deberse a una feroz
desfragmentación de la masa social, a saber, la dispersión de minorías cuyos intereses distan bastante de la unidad que la idea de Estado moderno solía ofrecer.

Es crucial conocer la desvinculación entre el decir de la ley y el hacer en la calle para trabajar en pos de buscar soluciones.
Un pequeño acercamiento de este fenómeno resalta en las políticas anti-institucionales garantizadas por las mismas instituciones.

Lejos de acusar esta situación como anárquica, lo que queremos señalar justamente es este carácter antiverticalista del poder por parte de un discurso que, en la práctica, endurece las relaciones entre las instituciones y los ciudadanos.

Ante este panorama, las articulaciones políticas interinstitucionales y comunitarias se disuelven en micropolíticas de segmentos de la "masa social" totalmente desvinculados entre sí y del Estado total. Al no haber un "nosotros", como bien señala Cantarelli, pocas posibilidades tenemos de construir estrategias políticas de una dimensión común.

La clave, ante esta situación desconcertante, nada tiene que ver con el desasosiego o el desahogo quejoso en redes sociales y noticieros. Más bien lo contrario. Debemos aceptar que nuestro trabajo político hoy requiere escuchar las partes desmembradas de un Estado que no cohesiona, que no destella coherencia entre el decir de la ley y el hacer en la calle.

Dicho en otros términos, es crucial conocer a fondo la realidad de esta desvinculación para trabajar desde ella misma en pos de buscar soluciones (el fin de toda política debe ser, justamente, solucionar problemas o, al menos, intentarlo) coherentes con el marco legal, institucional, ético y moral de nuestro país.

Podemos avizorar en el concepto de "reciprocidad", como fundante de la significación antropológica de la "comunidad", una de las posibles características interpretativas que nos sirva para entender esta agónica desvinculación.

La pérdida de reciprocidad posibilita la fragmentación, la desarticulación entre las partes y el todo (Estado-instituciones-ciudadanos). Pero incluso en esta situación, el desafío político recae en responder a la desarticulación mediante la gestión de condiciones de posibilidad concretas que permitan otro tipo de relación que evite caer en la anomia (sin normas regulativas).

Esta aclaración es importante, dado que la impotencia operativa de las normas no debería recaer en un nihilismo político-pasivo que extienda en el tiempo semejante inoperatividad.

Ante este esbozo del problema, podemos preguntarnos ¿hasta qué punto realmente nos consideramos parte de un Estado? En situaciones estrictamente cruciales y escandalosas, mediáticamente manifestadas y promocionadas, la ciudadanía clama por esta vinculación que permita una coherencia entre lo que la ley exige y lo que en la realidad de la cotidianidad sucede.

Pero, el fruto de este clamor, ¿no forma parte también de la creciente inactividad política ciudadana? Y con ello, ¿no es funcional a esta situación el creciente peso de posturas antipolíticas o "apolíticas" que actúan desde la política?
Recordemos que una de las características del pensar, del pensamiento crítico, es hacernos cargo de aquello que decimos sobre lo que pensamos.

En el plano político, ¿estamos haciendo aquello que consensualmente decimos a través de la conformación de las normas? La incompatibilidad de esta relación desfragmentada entre ciudadanos e instituciones estatales, vivenciada a diario ¿recibe de nuestra parte el análisis y acción pertinentes, o consideramos que es más fácil creer en el poder operativo de la repetición constante de opiniones ajenas?

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Desvinculacion-del-Estado-20170813-0123.html

Búsqueda del bien común

Búsqueda del bien común

En la antigüedad subordinaban los intereses privados al bien común, al considerarlo como característica fundamental del "buen gobierno".

 "La ley no es más que una prescripción de la razón en orden al bien común, promulgada por aquel que tiene a su cuidado la comunidad". Así es como un renombrado medieval definía lo que hoy seguimos llamando "bien común", "bonum commune", frase que pretendía señalar el horizonte de sentido social de la legalidad. Ya en la antigüedad, los fundadores de la tradición metafísica occidental, a saber, Platón y Aristóteles, subordinaban los intereses privados al bien común (y público), al punto tal de considerarlo como la característica fundamental del "buen gobierno". El aporte de los medievales fue justamente la introducción del concepto de "utilidad pública" (utilitas rei publicae), cuya raíz encontramos en Cicerón.

Es preciso aclarar que en todos estos casos mencionados, el "bien común", el "interés común" o la "utilidad pública" no deben interpretarse a la luz de la típica y errónea identificación con la suma de los bienes particulares de los ciudadanos sino que, siempre y en todo caso, el bien común de la sociedad representaría un valor superior a ello, por lo cual todo podría subordinarse a él, incluso el bien particular de los individuos.

Vemos en esta breve lectura histórica del concepto que desde sus comienzos hay una evidente tensión (tras una supuesta búsqueda de equilibrio) acerca del rol que un gobierno justo debe proponerse como finalidad y objetivo.

Hasta el Medioevo, es preciso señalar que la cosmovisión en torno al bien común se basaba en un predominio del todo sobre las partes. Ahora bien, y a pesar de que actualmente muchos ciudadanos consideran que el concepto del que tratamos tiene el mismo contenido, es necesario señalar que ese "bien común" no es más que un recuerdo nostálgico de una época de la imagen del mundo que no podemos precisar a ciencia cierta acerca de su existencia fáctica.

Más sí podemos precisar que con el liberalismo político propio del empirismo inglés de la modernidad, el concepto de bien común queda sustentado por aspectos estrictamente económicos y sostenidos los mismos por un derecho "natural" de la propiedad privada.

La lectura moderna nos lleva a distinguir ciertos principios del cálculo típicos del utilitarismo, que se representan, también, como una pretendida solución a las tensiones propias entre el interés general y los intereses privados. Tal principio indica que debe perseguirse el mayor bienestar para el mayor número posible de individuos, siempre considerando las posibilidades de la presencia del placer y la ausencia de dolor, y, por supuesto, teniendo en cuenta las circunstancias y contextos sociales de cada comunidad en particular.

La interpretación analógica de la política busca sentido en medio de las incongruencias que denotan inoperancia entre el marco legal del Estado de Derecho y la pérdida de fuerza operativa del mismo al momento de hacer lo que dice con lo que estipula su razón de ser: un pueblo que acata el dominio de la legalidad establecida por una Constitución que contiene un cómo, un por qué, un para qué y para quién, que queda desdibujada en vistas a las desproporcionadas condiciones de vida de "los iguales" ante una ley que sólo exige cumplimiento no "al común" sino más bien a la parte.

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Busqueda--bien-comun-20170416-0055.html

lunes, 2 de marzo de 2020

Concepto de comunidad

Concepto de comunidad

fuente: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Concepto-de-comunidad-20170515-0096.html

 La "comunidad'' es un concepto cuyas aplicaciones y usos recorre ámbitos bien distintos en la historia del pensamiento, y, sobre todo, del pensamiento político. Si nos remontamos a su origen, communitas, comunidad, o estado común, es un vocablo latino cuya raíz la debe a "moenia'', que quiere decir "muralla'', entendido generalmente como la "defensa común'', aunque, también, de "munus'', cargo u obligación entre participantes que otorgan y reciben.

Pero más allá de su etimología, este concepto señala una pertenencia que abarca a muchos (nunca a todos), a los cuales los hace "comunes''. En la antigua Grecia, los filósofos presocráticos utilizaron el concepto de arkhé ("principio'', comienzo, mandato rector, punto de partida, fundamento constitutivo del que proceden todas las cosas) para señalar aquello que es "común'', sin despreciar las diferencias y multiplicidades que se revelan para manifestar lo verdadero.

Visto desde un punto de vista político y sociológico, implica siempre un segmento, un grupo o clase que se rige por una normatividad determinada, la cual no puede eludir ciertos rasgos de cumplimiento ante un patrón de obligatoriedad, como criterio de demarcación (criterios que marcan la diferencia entre pertenecer o no a la comunidad).

Justamente, los grupos sociales, así entendidos, perseguirían un fin bien claro en un contexto social determinado, bajo la red de tensiones fruto de las relaciones sociales establecidas dentro de las "murallas'', a saber, del mapa geopolítico.

Ahora bien, a esta lectura general y abstracta debemos añadir que no todos los pensadores, ni nosotros mismos, sostenemos el mismo concepto de "comunidad'' a la hora de interpretarla. Algunos sostendrán que nuestro concepto hace referencia a una voluntad de pertenencia a través de relaciones que se rijan por las normas de la comunidad, cuya meta sería un provecho que trascienda los intereses particulares. Otra manera de verlo es aquella que sostiene que una comunidad es, necesariamente, una sociedad, en la cual también se aplica la lógica de relaciones, más ahora, societarias, a saber, estableciéndose entre individuos que pretenden conseguir ciertos fines que se correlacionan directamente con sus intereses particulares.

Es preciso pensar en este concepto, y en nuestros tiempos en una manera particularísima, ya que, supuestamente, la "comunidad'' implica identidad de sentimientos y deseos colectivos, como también denota un rasgo de intimidad (amistad) y moralidad que se rige explícitamente en el marco normativo, legal, institucional.

La confusión o la interpretación errónea nos puede llevar a considerarla justamente como un plexo de relaciones estrictamente contractuales, regidas por una racionalidad instrumental, utilitaria e individualista y una ética basada exclusivamente en la competitividad pretendidamente legal y amoral al mismo tiempo.

Ahora bien, podemos preguntarnos: ¿en qué tipo de comunidad vivimos?, ¿nos regimos todos por el mismo criterio normativo, legal, moral, en vistas de un fin común, una meta que trascienda nuestros intereses personales, o, por el contrario, podemos avizorar una moral política (de todos, no sólo de los gobernantes) que solamente brega por el interés individual, partidario y estrictamente utilitario?, ¿nos sentimos parte de un común acuerdo en pos de un bien comunitario, o bien ha triunfado definitivamente una moral de valores vaciados de contenido, cuya enunciación sólo sirve para ser políticamente correctos?

Platón y el acto de educar

Platón y el acto de educar

El supuesto primordial del escrito se basa en la existencia de seres humanos que optan por una preferencia de oscuridad (sus prejuicios respecto a una verdad o realidad que los trasciende).

La propuesta platónica, situada en su contexto epocal inexorablemente, implica paralelamente en su cosmovisión al saber y al ser en grados intrínsecamente relacionados, desde el punto de vista ontológico. A saber, el tránsito en el proceso pedagógico es impulsado por una implicación de trascendencia: se trata pues de intentar superar los enunciados del "sentido común'' (las opiniones corrientes, las modas académicas y mediáticas, los juicios falaces e infundados, etc.) para poder dedicarnos a la titánica tarea del "rescate'' de aquellos prisioneros encadenados en el fondo de una caverna cuya única luz disponible es el simple reflejo del fuego producido por quienes proyectan imágenes en la pared del fondo. Quien educa puede, tranquilamente, dedicarse al sofismo y a la simple transmisión de esas sombras (saberes naturalizados, producidos por "otros'' -la comunidad científico/pedagógica de los claustros universitarios-, los cuales rara vez son interpelados por una mirada crítica sino, más bien, publicitaria). Ahora bien, es imposible hablar de la tarea que le compete al docente simplemente como individuo sino consideramos el rol social que le corresponde.

Dicho esto, queda claro que la interpretación platónica no puede escindir la condición humana de la educación: es inherente al ser del hombre la propensión al saber, como también lo es, como posibilidad de considerar reales "las sombras'', aquello que es falso por definición pero persuasivamente conveniente. La filosofía juega aquí su papel pedagógico fundamental: es una actividad, en permanente proceso, hacia la ascensión en dirección opuesta a la banalización de los saberes formalmente pertinentes.

El filósofo, lejos de ser servicial voluntariamente a la opinión establecida por la moda, es más bien su constante fugitivo. Fugarse de la "opinión pública'' tiene costos sociales profundos: en el caso de Platón, se indica que semejante actitud nos proveería inmediatamente del mote de "locos'' y, consecuentemente, nuestra vida correría peligro al intentar compartir con nuestros "compañeros de celda'' aquello que pudimos conocer al librarnos de las ataduras de los prejuicios infundados. Ante semejantes riesgos la filosofía (la pedagogía en este caso en particular) es una actividad que nos implica políticamente: uno se juega el pellejo, pero lo hace no a la manera de mártir, sino como una posibilidad inherente a nuestra propia condición humana, a saber, el sentido comunitario propio de la educación. Sin "los otros'', no existe filosofía alguna que sea relevante, ya que la realidad aprehendida del "maestro'' no puede atesorarse mezquinamente como experiencia individual, como si se tratara de un bien acumulable, apilable, valioso en sí mismo.
El valor comunitario del acto de educar es justamente la condición de cualquier acto de educabilidad.

fuente: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Platon-y-el-acto-de-educar-20171025-0095.html

 

Comprender el concepto vida

Comprender el concepto vida

fuente: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Comprender-el-concepto-vida-20180312-0061.html

 En previas ocasiones hemos tenido la oportunidad de reflexionar acerca del "pro-yecto'', un concepto heideggeriano que nos invita a reflexionar e interpretar la existencia humana en cuanto somos seres arrojados en un mundo simbolizado por un mar de posibilidades y cuya única imposibilidad de todas sus posibilidades es la muerte. Partiendo del existenciario primordial, a saber, la temporalidad del ser-ahí, del hombre, hoy intentaremos comprender el concepto "vida' desde el la óptica del vitalismo nietzsheano.

La célebre fórmula que Nietzsche propone para la interpretación del sentido vital es "amor fati'', a saber, amor al destino, a la vida en su constante devenir. No se trata de aceptar las cosas "tal como vienen', simplemente, sino amar aquello que deviene en tanto es vida. Aquí surge una crítica, sobre la visión de poner el acento en la costumbre de interpretar la aceptación como el fruto de una resignación ("esto es lo que me tocó'). Aquí se da un paso más, dejando de lado todo tipo de victimización posible: tomar las riendas de la vida, en este caso, no es una pretensión de control (o autocontrol) que depende exclusivamente de la voluntad, sino más bien una postura metafísico-política.

En este sentido, la "voluntad de poder' juega un rol fundante, en cuanto dota de sentido dos ejes estructurantes de la vida, a saber, el de la conservación y aumento. De acuerdo a las teorías biologicistas coetáneas a Nietzsche, existe una constante en todo ser vivo, que es su instinto de supervivencia, de conservación de vida. Ahora bien, en este planteo filosófico se explicita insuficiente dicho "instinto' ya que todo aquello que pretende acumularse, conservarse, sin pretensión alguna de aumentarse, se estanca, se pudre. Tal "aumento'' no es más que la dotación de sentido que provee el poder en la voluntad.

En su obra "Del sentimiento trágico de la vida', Miguel de Unamuno sustenta una crítica profunda a la pretensión de pérdida del "principio de individuación', planteado desde un punto de vista estrictamente existencialista, el cual relacionamos estrechamente con el postulado nietzscheano del "eterno retorno''. En el Capítulo 1 titulado "El hombre de carne y hueso'', el filósofo español lo deja bien claro: "Eso es lo que yo no acabo nunca de comprender, que uno quiera ser otro cualquiera. Querer ser otro, es querer dejar de ser uno el que es. Me explico que uno desee tener lo que otro tiene, sus riquezas o sus conocimientos; pero ser otro, es cosa que no me la explico''. Ser yo, por siempre, y querer serlo, eternamente. Debo amar mi destino, no al estilo griego de "Tijé'' (destino, suerte, fortuna, fuerza ciega de un sistema ordenado de leyes) para querer ser siempre "yo''. Es ese poder que quiere en la voluntad el que crea, es el que posibilita todo acto de creación y da sustento, sentido a la existencia humana en el marco de un concepto de libertad imposible de disociar de dicho poder capaz de crear.

Visto este pequeño pantallazo filosófico en torno al concepto "vida'', relacionándolo con el aspecto estrictamente creativo que le da su valor fundamental, sugerimos que, como también señala Hannah Arendt, la capacidad de actuar es sin dudas el fundamento del sentido de la existencia. Una sociedad en la cual sus sujetos están convencidos del mito de la imposibilidad de la acción genera una comunidad abúlica, inactiva, poco participativa, pero, por sobre todas las cosas, totalmente insensibles a la realidad que compartimos con nuestros "otros', es decir, el mundo, ese espacio que sólo surge en la interacción y no en el aislamiento individualista.

 

La técnica y el hombre

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/La-tecnica-y-el-hombre-20170531-0069.html

La técnica y el hombre 

Pensar la "técnica'' ha sido una tarea permanente y consistente en la historia de la cultura occidental. En la etimología griega, "tekhné'' se refiere al "saber hacer'', designando en esta primera significación a un conjunto de habilidades y procederes basados en reglas precisas dispuestas para un fin determinado. Fue Aristóteles quien ofreció la interpretación decisiva que determinará el sentido del quehacer propio del hombre, puesto que tanto la técnica como el arte entran en el marco del saber poético, a saber, productivo (artificial), en contraposición al saber teórico que es estrictamente contemplativo. Y decimos que la aseveración aristotélica resultó decisiva puesto escinde del conocimiento verdadero (episteme) un saber empírico (techne). En otras palabras, el conocimiento técnico, en los inicios de la metafísica occidental, se asocia ya al sentimiento de desconfianza (escepticismo) a la necesidad que genera la creación de objetos viles que apartan al hombre de la naturaleza. 

Veremos en la Edad Media que el escepticismo ante la técnica se torna en un análisis político mucho más profundo, en el sentido de que la técnica representaría el poder-hacer del hombre en el mundo, lo cual ya lo posicionaba como un ser capaz de disponer de la naturaleza para fines concretos mediante políticas precisas. Con el auge de la física matemática propia del Renacimiento, se produce una interrelación inexorable entre ciencia (teórica) y técnica, apuntando ya a la pretensión de Bacon en torno al dominio de las leyes de la naturaleza. Acompañando a este sentimiento moderno aparece ante el pensamiento la posibilidad de dominio, no solo del hombre sobre el ente natural, sino también, del hombre sobre el hombre mediante la técnica. Con esto queremos evidenciar que el conocimiento humano, sin deshilacharlo entre técnico o teórico, siempre acarrea una intención, una voluntad. Visto de esta manera, se cae el velo de un pretendido saber contemplativo neutral, sin fines. 

La modernidad nos enseñará que, como indica Michel Foucault, "saber es poder''. Una vez surgida la técnica en el seno de las relaciones de producción, diría Marx, está al servicio de una estructura social bien prediseñada. La crítica nietzscheana sobre los valores de la tradición metafísica occidental nos señala claramente que la equiparación de lo "certero'', "verdadero'', a lo "bueno'', "justo'' ya no tiene cabida. Esto queda plasmado en dos guerras mundiales, en la atrocidad del Gueto de Varsovia, en los Gulags, en los campos de concentración, etc. 

Claros ejemplos que destituyen el mito de la asimilación de la razón instrumental aplicada al bien de la humanidad, sino más bien lo contrario, es, precisamente, el uso de la razón al servicio del exterminio, del sometimiento masivo, sistemático de personas sobre personas. 

Indicamos esto para hacer una breve reflexión en torno a qué entendemos por progreso en la era de la técnica. ¿Quién progresa?, ¿cómo?, ¿a costa de qué? y ¿por qué?, son preguntas que debemos hacernos antes de aceptar indiscutidamente la idea purista y pretendidamente neutra de "los avances'' tecnocientíficos, los cuales siempre prometen una avidez de novedad, atractivo, pero no necesariamente, fundamental para la humanidad. 

 


Los peligros del rumor

Los peligros del rumor

 

El vocablo "rumor'' deriva del latín "rumoris'', que implicaba el significado de "ruido'' o "habladuría''. En este sentido, la etimología nos señala el carácter de confusión ineludible que causa la situación de habla que no "dice'', no expresa claramente nada, sino que causa revuelo. La intención de la habladuría es justamente esa, generar una onda expansiva de proposiciones infundadas, sin correlación alguna a hechos o demostraciones, a los fines de cometer un daño, ya sea por la creación misma del rumos, como también por la participación en el proceso de transmisión y repetición distorsionada de un "mensaje'' que no tiene fondo, no tiene sustento ni anclaje alguno a ningún principio de realidad.

Ahora bien, por si acaso no es suficiente la etimología para comprender el peligro que representa el rumor como herramienta para el desprestigio, se añade a la raíz indoeuropea el prefijo "reu'', a saber, "rugir'', "murmurar''. Murmullo que ruge, que silenciosamente, desde la sombra hace ruido. ¿Qué tipo de comunicación puede ser fiel y fructífera si su contenido se reduce al eco constante de la difamación? Semejante pregunta puede ser interesante si la enfrentamos al lamentable paradigma de la post-verdad, una manera simbólica de expresar que vivimos en un mundo en el cual no tiene sentido "hablar con verdad'', sino que la equivocidad es la regla rectora de la construcción de discursos vacuos que no hacen más que disfrazar y enmascarar falsas ideologías con propósitos estrictamente político-partidarios y económicos.

Sobre este aspecto se pronunció hace un tiempo el Papa Francisco, al momento de analizar el octavo mandamiento "no mentirás, ni levantarás falso testimonio'', indicó que las habladurías, los rumores, la difamación son expresiones claras de terrorismo. ¿En qué sentido los chismes matan? El sumo pontífice utiliza la expresión "terrorismo'' asociado a la habladuría en cuanto que el decir falsedades en un mundo que naturaliza la mentira puede tener consecuencias sumamente peligrosas para la humanidad. Un rumor no es una bala que quita una vida, pero sí puede ser el sustento de una decisión arbitraria que deje sin empleo a una persona, o que ensucie injustamente el honor y buen nombre de cualquier ciudadano, sin que ello tenga consecuencia legal o moral alguna.

Por otro lado, y siguiendo el hilo de las consecuencias nocivas de la utilización del rumor como instrumento de gestión, otro gran peligro que podemos avistar es la banalidad con la cual se internaliza la mentira que encubre la habladuría. Dicha banalización nos va insensibilizando, nos convierte en jueces arbitrarios y serviles a intereses ajenos, habilitando de esta manera una paradoja cuasi irresoluble: vivir en comunidad, en un estado democrático y de derecho, a la vez que se acepta ciegamente y paralelamente vivir en la excepcionalidad de la ley, la moral y las buenas costumbres. 

Como podemos observar, no se trata solamente de un posicionamiento moral-religioso, sino que este problema también nos interpela desde lo ético-civil, en cuanto que somos todos ciudadanos, miembros de una comunidad que pierde constantemente la cohesión que brindan estos códigos de convivencia, implícitos o explícitos, habilitando así un desgranamiento que posibilita la anarquía irracional y peligrosa de hacer lo que queramos con lo que decimos sobre cualquier cosa y contra cualquier persona.

.FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Los-peligros-del-rumor-20190102-0091.html

 

La filosofía aplicada a la realidad social

La filosofía aplicada a la realidad social

 El 17 de octubre de 2018 el diario español "eldiario.es'' publicó un artículo titulado "El Congreso pide por unanimidad que la Filosofía sea de nuevo obligatoria en Bachillerato'', en el cual se menciona una propuesta por la que se solicitó que la asignatura sea parte de la caja curricular obligatoria en el Nivel Secundario.

 Nuestro propósito consiste en advertir la importancia y necesidad de contar con la filosofía en la totalidad de los niveles y modalidades del sistema educativo, estatal y privado, a los fines de garantizar una educación de calidad y responder a las problemáticas de un mundo que no pide a gritos ciudadanos con pensamiento crítico y compromiso social, sino más bien todo lo contrario.


Usted podrá preguntarse en este momento ¿para qué estudiar filosofía? (en un nivel secundario o cualquier otro). Pues bien, la pregunta del "para qué'' resulta ser una cuestión vidriosa y violenta en tanto que la filosofía, como disciplina del ejercicio del pensar, no necesariamente responde a cuestiones utilitarias, a saber, técnicas, que asimilan un tipo de pensamiento específico abocado a la solución de un problema concreto. Podríamos decir que el rol de la enseñanza de la filosofía en las escuelas es el de educar en el pensamiento, o en otras palabras, el de fomentar en los ciudadanos la necesidad de cuestionar la realidad que nos es presentada como obvia.

Introducir la currícula filosofía en la escuela permitirá a los jóvenes acceder a un espacio de pensamiento crítico en el cual se generan preguntas de todo tipo (existenciales, políticas, metafísicas, etc.) pero, asimismo, los colocará en una posición en la cual para opinar sobre algún asunto concreto deberán asimismo aprender a argumentar (dar razones de aquello que dicen). Como vemos, no se trata solamente de un debate circunstancial de tópicos esporádicos, sino de una práctica dialógica en la cual cada uno debe atravesar por un proceso indagatorio, exploratorio para encontrar fundamentos de aquello que luego sostendrán como argumento.

En un mundo habituado a dar por sentado todo aquello que circula (memes, fake news, opiniones corrientes y juicios interpersonales), considero que es crucial la discusión en torno a una educación que fomente el pensamiento filosófico. Esto puede sonar bastante ambicioso, pero no se trata, nada más y nada menos, de enseñar a pensar, indagar, cuestionar, pero también, proponer, participar, dialogar, debatir y, lo más importante, fundamentar con argumentos las posturas que puedan llegar a surgir fruto de una discusión que siempre debe ser respetuosa.

El aporte de la filosofía en la educación tiene que instalar la reflexión en torno a la pérdida del vínculo intrahumano producido por nuestro actual "estilo de vida''.

La filosofía es justamente el lugar en el que la discusión da pie a un pluralismo democrático real y coherente. Formar en valores como el respeto y el reconocimiento de las diferencias a través del proceso dialógico les permitirá a nuestros jóvenes acceder a un intercambio constante con los miembros de su sociedad, tanto con aquellos con los que acuerdan como con los que discurren, fortaleciendo de esta manera un ejercicio de la democracia en la que los ciudadanos pueden expresarse libremente sin faltar al respeto a sus adversarios. En este sentido, es crucial hacer hincapié en que al igual que la enseñanza de cualquier contenido, el docente debe evitar a toda costa el adoctrinamiento, puesto que se trata de enseñar a pensar por uno mismo, o en otros términos, educar para la libertad.


 FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/La-filosofia-aplicada-a-la-realidad-social-20190515-0082.html

Pensar en libertad

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Como-hacer-para-pensar-en-libertad-20181225-0049.html

Hoy quisiéramos compartir con todos los lectores una propuesta reflexiva que se centre en dos aspectos fundamentales para la comunidad, a saber, la educación y la libertad. Desde la antigüedad hasta nuestros días, éste ha sido y sigue siendo, un tema central para el debate político-educativo en el marco de un Estado democrático. Tomamos el caso de Aristóteles, quien señala como carácter constitutivo de la libertad a la autarquía (autosuficiencia), concepto que indica no sólo la independencia del individuo de todo condicionamiento exterior, sino que se trata de un requisito sin el cual no tiene sentido pensar en la posibilidad de la felicidad.

Como bien sabemos, dicha autosuficiencia, puede producir un estado de ánimo de tranquilidad y satisfacción. Ahora bien, desde el punto de vista filosófico, esto no es suficiente para considerarnos libres. No se trata de "tener todo lo que creemos que sería necesario para'', sino de contar con una actitud reflexiva que nos permita evitar todo aquello que pueda causar dependencia, tanto física, material y espiritualmente. Se conforma de esta manera el "hábito'' racional de la prudencia, considerada por Aristóteles "la excelencia añadida a algo como perfección''.

Dicho esto, tratamos de pensar hoy el equivalente a "autosuficiencia'' y lo posicionamos en la satisfacción de las necesidades para que podamos desenvolvernos en la cotidianidad sin las ataduras de la dependencia. Pero aquí es preciso detenernos y aclarar brevemente algunas cuestiones, para evitar anacronismos. En el presente ¿qué consideramos "necesario'' hoy, para sentir "autosuficiencia'' o independencia? La imposición del cumplimiento de pertenecer al ámbito del consumismo exacerbado puede confundirnos, puesto que ya ni siquiera estamos hablando de la satisfacción de necesidades básicas para lograr cierta libertad e independencia, sino de la adicción contemporánea por adquirir bienes y servicios simplemente por la avidez de novedad y no por la necesidad real concreta.

Asimismo, este nivel de autonomía permite el acontecer del pensar mismo: es improbable que bajo condiciones existenciales hostiles, difíciles, estresantes, podamos esclarecer nuestro pensamiento y desarrollar un análisis minucioso de aquellos aspectos que nos atraviesan a diario. Se trata de una situación difícil de aprehender en nuestros días: expresar que la condición para la libertad es la liberación de las inquietudes intrascendentes cotidianas, de las necesidades impuestas, la indiferencia ante la imposición de la acumulación de riquezas y de la vida a contrapelo de la naturaleza, puede resultarnos una utopía en un mundo que exige celeridad, consumo, desaprensión, indiferencia, individualismo y desprecio por lo común.

sábado, 20 de julio de 2013

Injerencias de la embriaguez en la vital visión dionisíaca del mundo

Cómo ponerse hasta la tuerca y no sentir culpa

O Injerencias de la embriaguez en la vital visión dionisíaca del mundo.

Texto: Lisandro Prieto Femenía, ilustración: Héctor Zerda
“Lo bueno del vino es que durante dos horas los problemas son de otros” decía Pedro Ruiz en España.
El filósofo danés Sören Kierkegaard aseguraba: “El vino es la defensa de la verdad, tal como ésta es la apología del vino”.
La Sofía nos aclara cómo ser Dionisos, dios del vino, el éxtasis y la intoxicación, logrando que los demás nos perciban como Apolo, el dios de la luz y el sol, la música, la verdad y la poesía.
Lejos de esbozar aquí una exposición academizante y enclaustrada en cuestiones conceptuales estrictamente profesionales del ámbito de “la” filosofía, queremos ahondar en la propuesta nietzscheana de reinterpretar esta visión extática -de permanente éxtasis- del mundo y de nosotros mismos a través de la imagen del “dios extranjero”, Dionisos, o Baco (para los romanos), que viene a  arrasar con el supuesto orden que le hemos pretendido dar a la vida (que en esencia es devenir, cambio constante).
“En dos estados, en efecto, alcanza el ser humano la delicia de la existencia, en el sueño y en la embriaguez”.
Así comienza Friedrich Nietzsche describiendo en su obra fundante El nacimiento de la tragedia,  estas dos facetas fundamentales a través de las cuales el hombre experimenta su existencia. Por un lado, el sueño, la realidad onírica, clara y transparente, en la cual nada es contingente e innecesario, representa el orden, la belleza consensuada, la estructura necesaria para no perder la cordura. Por el otro, la embriaguezla desmesura, los excesos, caos y éxtasis, supuesto desorden y desequilibrio, necesarios en la concepción nietzscheana del hombre.
Esta lucha interna que tenemos los hombres entre el auriga que conduce el caballo blanco de las virtudes y el negro de las pasiones, está planteada a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental como una batalla en la cual una tendencia debe prevalecer sobre la otra.  La cultura cristiana ha marcado su sello: el bien debe prevalecer sobre el mal, y el hombre debe llevar una vida de esfuerzos prometeicos por no caer en la tentación y ganar así el paraíso.
Dionisos es una divinidad griega, fuente de cultos que abarcan desde la procreación hasta la muerte, transitando por la vida exuberante que demuestra el despertar de los brotes de la primavera.  Sin embargo, más allá de la existencia plural de dioses, el pueblo heleno no tenía en su esquema de valores el concepto de “pecado” (pecatus) que luego los latinos/cristianos impusieron en la cultura. Acá venía a tomar relevancia la adoración a un dios extranjero, que se inmiscuía en las sociedades helenas para dar comienzo al rito de la fecundidad de la naturaleza mediante danzas salvajes, ostentosas ninfas agitando sus cabellos y sátiros que con la música de sus flautas invitaban a la celebración de la fuerza; esa explosión de energía que conlleva en sí la vida en todas sus dimensiones.
En tal festival no podía faltar el gran artilugio que debemos a los tracios, es decir, aquel néctar sagrado sin el cual el culto a la vida no tiene sentido: el vino. Conductor al estado de éxtasis (ex: fuera de, tasis: lugar) que permite la unión con el dios meteco y con la intimidad misma del ser humano enfrentado al caos enceguecedor y placentero. Este “salir de sí” nos permite superar la bipolaridad moralista de la supuesta unión de un cuerpo y un alma encerrada; ahora el espíritu pasional es el que se permite mirarse desde fuera, reírse de sus miserias y celebrar tanto el nacimiento como el ocaso de toda vida. Vida y muerte, bajo esta dimensión, no se contraponen excluyentemente, sino más bien, son fuerzas que necesariamente se implican como complementarias. Las almas eran simbolizadas con serpientes, las cuales eran devoradas por frenéticas seguidoras del dios, que cubrían someramente su desnudez con pieles frescas de animales (machos cabríos).Esta epifanía era un llamado al nacimiento, al re-nacimiento del brote de vid que el invierno había secado, dejado sin vida y cuya resurrección se debía a la fuerza creadora del dios invocado mediante estruendosos gritos de las ninfas para despertar al “niño” que lleva en sí el germen de la vida.
Venimos hablando de una fuerza que propicia alucinaciones mediante el fruto de la vid; una divinidad popular y campestre que se manifestaba primavera tras primavera para dar inicio al ciclo agrícola, dador de vida. No es de extrañar que semejante manifestación de lo divino haya sido considerada “profana” por la cultura occidental conservadora, la cual prefiere el orden, la belleza y la transparencia que representa la “visión apolínea” de la existencia.
El estado de embriaguez necesario para entrar en conexión con esta exuberancia de la fuerza vital interpela al hombre para que éste desate todo tipo de amarras que lo mantienen en el plano de la conciencia represora de pasiones naturales, que culturalmente no puede expresar por el imperio de la ley humana. Pedro Montoya nos dice al respecto: “El desarrollo del culto a Dionisos tuvo gran oposición. Presenta una postura bastante lastimosa; abandona a los que le sirven y se sumerge, amedrentado, en lo más profundo de las aguas. Para Aristófanes, era el más cobarde de los dioses. La aristocracia homérica lo tenía en poca estimación. De todos modos, encontró terreno propicio en las poblaciones sometidas por los griegos, y ya en la época minoica se conocían los cultos orgiásticos y las danzas frenéticas creadas por las alucinaciones”. Es, en principio, en los pueblos sufrientes donde se le dio cabida a esta celebración de la vida, no en plena aristocracia donde el orden aparente impera sobre la pasión exacerbada del instinto humano.
Es ésta una visión, la dionisíaca, que desafía los límites de la legalidad humana, que impone un orden, una estructura a la vida que no es más que simbólica. El estado de embriaguez no ha de ser pormenorizado por prejuicios éticos en este sentido: es la oportunidad que el hombre tiene de enfrentarse con la verdad que reprime, de esgrimir y expresar aquello que no está permitido divulgar en el estado de “lucidez”. Y no es accidental el dicho popular que asegura que “el borracho dice siempre la verdad”. En este sentido, la verdad no se muestra como aquello que hemos acordado y convenido mediante los conceptos en establecer moralmente como aceptable y legal, sino más bien todo lo contrario: es aquello que mantenemos oculto, enmascarado en la apariencia (que tampoco es accidental, es causal de una exigencia social).
No es ésta una apología al vicio, sino una invitación reflexiva y crítica abocada al redescubrimiento de las fuerzas vitales que le dan sentido a la existencia cotidiana, enmascarada en la legalidad y en el orden establecido.
Todos somos Apolo a la luz de la ley y con la claridad del día. De ese día que es energía absoluta y vital. Aunque también todos somos Dionisos en aquella penumbra donde se recibe el aliento de la proximidad fatal de la muerte. Y esto no es un partido que se juega hasta que alguien lo defina. Es coexistencia más que competencia.
Hay momentos donde el vino juega a ser la antena que conecta el cuerpo con el alma.  El problema es cuando te quedás sin cobertura.


No sueñes que se terminó

No sueñes que se terminó

La Sofía insiste con la búsqueda de la felicidad, a pesar de todo. Inclusive sabiendo que estamos casi liquidados.
La vida y su inminente fin, ante los ojos de la Sofía, no es un acontecimiento asombroso ni extraordinario, sino más bien un fenómeno compuesto por sucesiones de transiciones y variaciones de “fines” que siempre desembocan en algo nuevo. Es por ello que el pánico y el temor de un “Armagedón”  queda relegado a la reflexión acerca de la verdadera finitud, no del planeta en sí mismo, sino de cada existencia singular y de la humanidad, entendida ésta como una comunidad de seres vivientes, ordenada por sus símbolos, cohabitando en un universo caótico e inabarcable.
Por Lisandro Prieto Femenía – Ilustración: Héctor Zerda (Rey Arlequin)
El título de esta nota rememora una canción muy popular de los ochenta. Una de esas que podía sumirnos en la tristeza más absoluta de los finales, o en lo sublime del apriete contra los rincones. Esa misma estaba escrita por Neil Finn, quien lideraba la banda Australiana Crowded House. Y en ese rock lento y melódico había escrito algo de los que los filósofos intentan desentrañar:
There is freedom within, there is freedom without 
Try to catch the deluge in a paper cup 
There’s a battle ahead, many battles are lost 
But you’ll never see the end of the road 
While you’re traveling with me 
-
Hay libertad, no la hay
Intenta atrapar el diluvio en un vaso de papel
Hay batallas por venir,  muchas batallas perdidas
Pero nunca verás el fin del camino
Viajando conmigo

Así las cosas, por mucha promesa de que si vienes conmigo el final no te atraparánena, deberíamos pedirle a Neil que desarrolle un poco más con nosotros esa idea.
Toda pregunta por el destino de los hombres en cuantosociedad estructurada por un orden político-económico-cultural nos preocupa a todos. Si bien el amor tiene los bolsillos llenos de promesas de eternidad, mis amigos, justo es decir que la humanidad termina constantemente.
La idea de un único fin es tan absurda como la misma idea de un único comienzo. De acuerdo con la cultura occidental platonizada (cristianizada) es inconcebible la existencia humana sin un principio y sin un fin. Tal postura imposibilitaría la opción de imaginarnos una multiplicidad de intentos de inicio de la humanidad tal como la conocemos, por lo cual nos anclaría a los hombres como criaturas que cumplen su parte en el plan divino.
La historia, por tanto, más que forjada y desarrollada por las tensiones y luchas que la humanidad ha provisto, sería más bien una película en la cual uno tan sólo cumple su papel, casi de manera predestinada. Por lo cual vemos que el papel que queda asignado a la “libertad” y a la voluntad del hombre es preponderantemente simbólico, si no vacuo.  Recordemos, someramente, el planteo del germano Hegel, quien nos decía que la historia había concluido ya con la manifestación del Espíritu Absoluto (representado por el Estado Moderno), lo cual indica que uno ya, en el presente, estaría formando parte (inactiva, desde el punto de vista del libre albedrío) de un proceso que nos supera en el ámbito de la voluntad personal.
Totalmente alejados de esta visión teleológica, consideramos al ser humano como ser en el tiempo que es, como diría Heidegger, un ser arrojado en un mundo de posibilidades, a partir de las cuales trata de llevar a cabo su proyecto, teniendo siempre en cuenta que la única imposibilidad de todas las posibilidades no es más que la muerte, nuestra insondable finitud. El sentido que demos a este detalle determinará fundamentalmente nuestra forma de concebirnos, ya sea como seres divinos o simplemente humanos. La idea de la Sofía, o al menos de ésta que presentamos aquí, es la de reflexionar a un hombre que vive aquí, ahora y que llena de sentido su existencia finita a partir de su posicionamiento respecto a las posibilidades que la vida le proporciona, sin perder jamás de vista que el abismo que nos separa de las mismas es la conclusión de nuestro tiempo en este mundo.
La humanidad termina constantemente. La idea de un único fin es tan absurda como la misma idea de un único comienzo.
A lo largo de la historia han surgido múltiples interpretaciones de esta existencia finita, justificaciones trascendentales que han aliviado a muchos, como también inquietado a otros tantos. Tanto la banalización de la finitud tras el manto de la eternidad etérea, como así la ridiculización de la muerte mediante discursos sumamente superficiales que pretenden vendernos una prolongación sintética de una vida inauténtica, son extremos sobre los cuales la reflexión filosófica va a ser sumamente tajante. Pues la muerte como tal no debe ni demonizarse ni tampoco tomársela como una excusa de promesas vacuas. Es una posibilidad insoslayable en nuestra existencia, no pensarnos a nosotros mismos a partir de esta taxativa regla universal, es mirar hacia otro lado. El “tener que ser” sin haberlo siquiera elegido o asumido trae consigo la “angustia” de no poder asimilar cabalmente la idea de “dejar de ser”. Hemos oído, seguramente, a lo largo de nuestras vidas, afirmaciones tales como: “…uno no aprende a vivir, menos a morir”, o en situaciones concretas, por dar un ejemplo, la humanidad concuerda casi con unanimidad con que “los padres no deben enterrar a sus hijos”. Son negaciones que implican y demuestran la atroz dificultad que representa una aceptación que ni siquiera se deja ser voluntaria, sino que es trágicamente inaceptable para todos, incluso para los más fuertes.
Aquí entra la Sofía a darnos pistas acerca de cómo lidiar al menos con lo inescrutable de la vida. No se ofrecerán pociones mágicas ni promesas divinas, reflexiones que calmen vacuamente lo insoportablemente doloroso e imposible de disimular. No olvidemos que la aceptación absoluta es tan falaz y lastimera como el mismísimo concepto de “entrega” ante lo fatal. Situarse en el plano de la existencia finita, que nos ofrece una multiplicidad de posibilidades,las cuales pueden o no concretarse en nuestro “proyecto”, sabernos y reconocernos seres ubicados en una temporalidad determinada y poder, a partir, o a pesar de ello, construir nuestra vida siempre en vistas a un objetivo común y satisfactorio: la felicidad a pesar de todo.
Vivimos en un presente que es una tensión constante entre un pasado en el cual “hemos sido” (si así lo hemos asumido) y un futuro o posibilidad que nos satisface creer que es fruto de ese pasado que fue. Basar nuestra existencia en un pasado que pudo ser y no fue, y como consecuencia un futuro que resulta ser incierto ya que le hemos dado ese sentido desde el mismísimo presente, puede complicar nuestra comprensión acerca de nuestro propio proyecto. ¿Qué tiene de asombroso esto? Que al situarnos como esa cuerda tendida, esa tensión constante que nos hace ser lo que hemos, de alguna manera, querido y deseado dentro de las posibilidades que hemos forjado o que la vida nos ha dado, nos posiciona en el marco de un ser que construye y es parte de esa historia dentro de la cual hasta ahora sólo se ha creído “inserto”. La conciencia de nuestra temporalidad nos posiciona como agentes activos de una sociedad determinada, de un rol establecido en la familia o en el trabajo. Es a partir de nuestra percepción de la vida incrustada en tal temporalidad la que nos permitirá ir asumiendo nuestra existencia de la manera más “auténtica” posible.
En tal perspectiva, la “angustia” lejos de ser la justificación a una vida trivial, vacía y carente de sentido, es más bien todo lo contrario, es la respuesta o estímulo que nos da la pista acerca de la percepción que hemos logrado de nuestra existencia. Una existencia inauténtica o trivial es incapaz de angustiarse ante la conciencia de finitud. Buscar la felicidad a pesar de tal angustia es el desafío al cual nos enfrentamos todos. Plantearnos de antemano que nuestro proyecto puede fracasar no implica necesariamente una negatividad peyorativa, sino que nos permite asumir que existen posibilidades de frustración, las cuales no descalifican en absoluto aquello que queramos hacer o ser. La negatividad corrosiva es la que a partir de tal reflexión nos impide avanzar, actuar, construir, proyectar, es decir, crear posibilidades. La lucha contra esa negatividad tan difundida y la búsqueda de la “autenticidad” nos permitirá posicionarnos frente (nunca escapar) a la facticidad de la existencia y su taxativa finitud.
La búsqueda de la felicidad será la mejor excusa para anteponer el deseo del goce a la idea de la muerte. Lejos de contraponer estos hechos, consideramos que están íntimamente entrelazados en los intrincados lazos de una existencia sabrosa y amarga al mismo tiempo. Es que sin el deseo de pretender lograr esa felicidad, la existencia es absurda y carece de sentido.  La sacralidad de la vida consiste en esto mismo: en poder dotar de sentido nuestro accionar, nuestra vida en pos de algo que esperamos sea mejor, y que no vendrá por añadidura ni por providencia divina, sino por el fruto del esfuerzo diario, de esa temporalidad que se hace materia de la cotidianeidad enmarcada en un proyecto.
Tanto la banalización de la finitud tras el manto de la eternidad etérea, como así la ridiculización de la muerte mediante discursos sumamente superficiales que pretenden vendernos una prolongación sintética de una vida inauténtica, son extremos sobre los cuales la reflexión filosófica va a ser sumamente tajante.
La consecución de esta Eudaimonía (posesión del buen “daimon”, entendido como “buena suerte”, “buena vida”) o bienestar en el mundo, será un fin cuyos medios son tan variados y múltiples, como diversas son aquellas éticas que permitan tal o cual camino para lograrlo. No somos partidarios de enjuiciar todas aquellas doctrinas mediante las cuales los seres humanos logran encontrar consuelo y sentido a una existencia cuyo verdadero sostén sería la pos-existencia física. Podemos o no estar de acuerdo, pero si tales posturas logran reconfortar y dar sosiego en momentos críticos, pues nada podemos objetarles.  Quedarnos en la crítica de los medios por los cuales podemos llenar nuestra búsqueda de sentido y de felicidad nuestra existencia, ya es parte de otra tópica que en este momento no vamos a analizar. Sea aferrándonos a un ideal supernatural que trae consigo un sentido basado en una trascendencia metafísica cuya creencia se basa en “la promesa de salvación”, o bien aprendiendo a amar la facticidad de nuestra condición finita y diminuta, en un planeta perdido en tal rincón del universo, argumento que no carece del sentido de la sacralidad de la vida, pues toda vida puede considerarse en sí sagrada, aún en el ámbito mismo de la inmanencia absoluta, es decir, sin recurrir a argumentos ontológicos primeros y sobrenaturales.  Pues el concepto y sentimiento de “lo sublime” trasciende los límites de lo dogmático y doctrinario y forma parte de una experiencia común a todos los seres humanos, crean en lo que crean.
Al situarnos como esa cuerda tendida, esa tensión constante que nos hace ser lo que hemos, de alguna manera, querido y deseado dentro de las posibilidades que hemos forjado o que la vida nos ha dado, nos posiciona en el marco de un ser que construye y es parte de esa historia dentro de la cual hasta ahora sólo se ha creído “inserto”.
De acuerdo con lo anteriormente dicho podemos suponer que la felicidad no es tan sólo una característica de la vida, sino que es parte sustancial de la misma, de manera que la determina en cuanto a su cualidad (y calidad). Los valores o parámetros con los cuales se establecerán los niveles de la misma, o las recomendaciones necesarias para alcanzar tal o cual punto, son múltiples y su clasificación sería ya una compilación académica que poco nos interesa exponer aquí. Algunos preferirán aferrarse a los placeres (hedonismo) como únicos medios por los cuales tiene sentido vivir, sea cual sea el peso o consecuencia que éstos acarreen. Otros condenarán tal estilo de vida y nos dirán que la felicidad se consigue mediante el gobierno de sí mismo y de las pasiones que atormentan el buen juicio (discurso que opone la razón a los instintos).  La belleza de estas reflexiones consiste no en los extremos que desorientan sino en la multiplicidad de matices que se presentan entre los mismos.
Como se habrá podido apreciar, hacemos todo lo posible por no sugerir qué pensar ni qué hacer. La idea es disparar la inquietud allí donde se encuentra cómodamente establecida la quietud que produce la repetición de opiniones ajenas. La Sofía será el tábano que pique al caballo que se ha quedado dormido cuando más atento debe estar. Lejos de ofrecer una guía concreta de pasos a seguir, la invitación aquí expuesta se fundamenta en crear un sentimiento y una molestia necesaria para que podamos pensarnos, a pesar de todo. Y a pensar en todo.

martes, 17 de mayo de 2011

Interpretar al prójimo

La disciplina filosófica encargada del estudio de las interpretaciones es llamada Hermenéutica, proveniente del vocablo griego "hermeneia'' que significa explicación, traducción, expresión o interpretación, que hace posible la comprensión, aplicada generalmente al tratamiento de textos antiguos. Hoy es una disciplina que se enfoca en el tópico "interpretación'', a partir del cual surgen diversas ramas especializadas.

Actualmente vivimos en un mundo en el cual sólo parecen haber interpretaciones, y no hechos en sí, diría Nietzsche, y en tal contexto, es necesario plantearnos cómo interpretamos los discursos y acciones, tanto ajenas como propias para así evaluar el estado de "consenso'' y respeto entre interpretaciones diversas.

Vivir en democracia supone ello mismo, convivir con personas que interpreten la realidad de un manera distinta a la propia, y, mediante esa diferencia, buscar el consenso forma parte de una labor masiva a nivel político para evitar conflictos. ¿Cómo se logra esta armonía? Hay muchas formas de plantearlo, pero aquí expondremos tan sólo los lineamientos de la Hermenéutica Analógica, la cual, basándose en una serie de valores éticos (nunca ajenos al intérprete) propone como base de toda interpretación la prudencia, la honestidad intelectual y el respeto por la diferencia.

De esta manera se busca conciliar aquellas opiniones que resulten antitéticas entre sí mediante un análisis interpretativo que evite los excesos, lo cuales, derivan en la violencia y tienden a la desacreditación de aquél que no comparte con uno su misma interpretación. La clave está en evitar la unicidad en las interpretaciones, es decir, pretender que todos saquen las mismas conclusiones sobre un mismo tópico, discurso, acción u obra. Este tipo de procedimiento tiende a ser autoritario, pues aquella interpretación que no se amolde a la presentada como "la mejor hasta el momento'' es dejada de lado mediante argumentos ad hominem (aquellos que atacan a la persona, y no a lo que la persona dice). El otro extremo es el de la equivocidad, es decir, el "todo vale'' o la afirmación según la cual toda interpretación debe ser considerada como válida y veraz por el sólo hecho de ser interpretación. En esta medida también se esquiva el consenso necesario para la vida en democracia, pues, si cada uno tiene una lectura distinta acerca de lo que es el "bien común'', no existirá jamás tal cosa, al menos nunca podrá llamarse "común''.

Nuestra propuesta no sólo se trata de un intento de conciliación entre tesis rivales, sino también se centra en el respeto por las características propias de cada interpretación. En el momento en que se pretende un concilio absoluto, se cae en la unicidad. Es, hasta cierto punto, necesario que existan distintas interpretaciones sobre un mismo acto, y esa disparidad es la que nos lleva a reflexionar y a tratar de buscar una convivencia pacífica, sin tener como objetivo (tanto subjetivo como colectivo) la imposición de una determinada forma de ver la realidad.

Estamos viviendo en la era de las comunicaciones, y aveces parece que estamos más incomunicados que nunca. Mediante el lenguaje es que nos comunicamos con nosotros mismos y con el mundo, y esa relación con el "otro'' requiere fundamentalmente, entre otras tantas cosas, del respeto mutuo. Decimos esto porque notamos en nuestros días una contradicción fuertemente violenta a la hora de interpretar lo que los "otros'' dicen o hacen. La descalificación ha pasado a ser el argumento necesario, lamentablemente, a la hora de pretender resolver un conflicto interpretativo. Se pregonan valores de diversidad y respeto, pero se excluye a aquel que no se suma a las modas y tendencias (tanto políticas, epistemológicas, académicas o religiosas).

La prudencia, el respeto y la diversidad no son términos abstractos que en la práctica no puedan llevarse a cabo simultáneamente. Comencemos por adoptar el hábito de interpretar, que no es más que la labor reflexiva de querer comprender lo que el otro expresa, evitando caer en el "uso'' a fin de obtener lo que yo quiero, a partir de lo que el otro dice o hace. La actitud que proponemos se expresará cuando experimentemos la pregunta: "¿qué quiere decirme el otro, con lo que dice o hace?'' y no pretendiendo hacerle decir al otro lo que no dijo, o adjudicarle acciones que no llevó a cabo. No convirtamos la intencionalidad del otro en la nuestra, sino que debemos intentar (porque esto es una labor, no un mandato) comprender, para luego así, criticar. Toda crítica debe llevarse a cabo mediante estas coordenadas, sino, en caso contrario, criticamos a la crítica misma y nunca al objeto de la misma.

jueves, 3 de febrero de 2011

Deseo

La "felicidad eterna" debe ser aburrida

Sólo tiene sentido ser feliz si se sabe que se puede ser infeliz.

De existir la felicidad eterna,

nadie la valoraría, pues no sabríamos que somos felices si antes no hemos tenido la experiencia del sufrimiento.

El sufrimiento da a la felicidad su fundamento y sentido.

Tampoco se podría ser totalmente infeliz, "eternamente infeliz.

Ningún sentimiento es eterno, sólo el deseo del hombre puede pretender que tal cosa suceda.

Y aun sabiendo que el deseo es deseo de algo finito que jamás podrá ser eterno, deseamos.

Es que sin desear el hombre ya no es hombre,

es el impulso vital que nos empuja a vivir, cuando hacerlo no es fundamental, sino accesorio, y hasta, en algunos casos, inútil.

La felicidad eterna es la consecución del deseo primordial del hombre.

De cumplirse, el hombre se extinguiría, sería otra cosa. Una cosa que no desea más nada.

Una cosa que no desea no es humana, es sólo cosa.

¿Qué sentido tiene ser feliz eternamente si se es eternamente cosa, cosa feliz?

Eso no es vida, pues como a la vida le sigue la muerte, a la felicidad, la desdicha.

Sin muerte, la vida carece de sentido,

sin dolor, no percibiríamos el goce,

viviríamos adormecidos, enfermos de felicidad, ciegos de vida y necesitados de dolor.

Somos una contradicción viviente,

una especie que se caracteriza por la facultad de desear,

pero, paradójicamente, hacemos los mejores esfuerzos por apagar el deseo, reprimirlo, negarlo,

para luego absolutizarlo y convertirlo en algo ridículo.

Transformamos algo magnífico en una cárcel eterna,

en la cual no hay conciencia que tenga lugar,

donde el gozo ya es soso.

Fantástico eres, ser humano.

Máquina perfecta que se autoestropea...

Razón recta, que se desvía, y mata...

Bondad absoluta, pretendida al menos, que nunca llega...

maldad incomparable, nuestra distinción natural...

Creatividad sin límites, más que los que nos autoimponemos.

Ilimitados destructores, limitados temporalmente.

Finito cuando mueres, infinito cuando crees que vives,

felíz quieres ser todo el tiempo que sea posible,

infeliz eres, cuando te das cuenta que no te queda tiempo.

Tiempo, tu mayor invento, tu perdición,

eterno quieres ser,

veraz parecer,

bondadoso ser llamado.

Escrupuloso ser enfermo de codicia,

que creas la verdad y vives en una mentira,

que otorgas fama ficticia y te autodesprecias al hacerlo.

No te conoces, temes hacerlo.

Eres carne, deseas carne, y te averguenzas por ello.

Eres carne, deseas paraíso, te mientes en ello.

Eres pensamiento, y desconoces que eso es producto de la pasión, tal vez no lo sepas, ya sabes por qué.

Tú creaste las artes, y en un gesto bondadoso las cediste, pues dijiste que robaste el fuego al dios.

Te mentiste, fue tuyo siempre.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos protagonistas de nuestra realidad social


Hoy vamos a hablar de una teoría social y epistemológica propuesta por el sociólogo estructuralista francés Pierre Bourdieu. Se plantea que la sociedad está compuesta por un conjunto de relaciones entre agentes (instituciones, grupos, clases). La posición que ocupa el agente en un campo (espacio de lucha, o de apuesta) determinado está determinada por el habitus (conjunto de percepciones de la realidad social que son internalizadas por los sujetos) y un capital específico (que es simbólico y material).



Este planteo puede perdernos en conceptualizaciones estructuralistas, pero es importante que destaquemos la practicidad y la vigencia de dicha concepción sociológica. Tener en cuenta que uno forma parte de un campo social determinado, en el cual están instaladas las reglas de juego que debemos seguir para mantener nuestra posición social, es fundamental para tomar consciencia de nuestra función activa dentro de un colectivo de subjetividades, que lejos de estar dispersas y perdidas, todas se hallan reguladas bajo una normativa específica dada por el campo en cuestión.
El ejemplo más claro es el del campo artístico: el arte es lo que da el peso específico al campo, los intereses del campo artístico no necesariamente deben ser los mismos que los del campo académico. A su vez, el capital del artista puede variar desde premios y reconocimientos por su producción, hasta la cotización monetaria de sus obras.
Al decir que los campos son dinámicos, nos referimos específicamente a la relación entre aquellos que ocupan una posición dominante y aquellos que se consideren subordinados o dominados. No hay un determinismo social que nos indique que unos están condenados al éxito y otros al fracaso. Todo lo contrario, la posición que se ocupe en la sociedad depende exclusivamente de lo que hacemos con lo que tenemos a la mano, es decir, nuestro capital simbólico y material, que son nuestras fichas con las cuales apostamos para movernos, para ascender o mantenernos en la posición que deseemos. Ser conscientes de la dinamicidad social nos pone en el plano activo de una política que requiere participación. Es una propuesta que nos invita a “apostar” por algo que vale la pena, a arriesgarnos y a movernos en este juego que no cesa jamás, al menos, en sociedades con democracias serias.
Cuando las posiciones que se ocupan en el campo social son estáticas, es decir, cuando los dominados se mantienen en su rango mientras que los dominantes incrementan su poder y mantienen su posición, ya no hablamos de un campo específico, sino de un “aparato” cuyo funcionamiento es previsible y controlable desde todo autoritarismo posible. La propuesta social de Bourdieu debe llevarnos a la reflexión acerca de qué tipo de campo social – o de aparato, si se da el caso- estamos conformando, y, sobre todo, nos lleva a pensar en nosotros mismos como miembros activos que ocupamos una posición a su vez definida por nosotros mismos de acuerdo a nuestra disponibilidad de capitales (reitero, no necesariamente materiales, sino también simbólicos).
Existe, sin dudas, una complicidad ontológica entre el campo y el habitus. Es decir, las estructuras de relaciones de poder dadas por un campo determinado son aquellas que imponen a los sujetos las cosmovisiones, los puntos de vista, las maneras de ver la realidad. En otras palabras, se piensa de acuerdo al campo al que se pertenece. El sujeto hace suyas las normas, los prejuicios, todas las valoraciones que le impone la estructura social –e histórica- a la cual pertenece. Uno es hijo de su tiempo y de su sociedad, de eso no cabe duda.
¿Por qué analizar esta teoría? ¿Por qué se nos invita a esta reflexión? Simplemente porque es fundamental que todo sujeto, más allá de toda alienación posible, debe saberse y reconocerse a sí mismo como actor social, no como víctima de un sistema que hace las cosas por uno mismo. Entramos al plano del ciudadano que juega el rol que le corresponde, que pone su capital en una apuesta, en un riesgo, que es el de la participación competitiva de toda sociedad. Negar tal competitividad es negar la esencia misma del hombre. La voluntad de dominio es inherente a la naturaleza humana, y por ello se nos invita a pensarnos como protagonistas de esta lucha, no como espectadores, simples sujetos con abulia por los cuales el Estado debe responder y jugar.
También esta concepción nos aleja de la asimetría que se hace entre conflicto y malestar, en oposición a consenso y bienestar. El conflicto es la base de todas las acciones humanas. Sin disenso no existe la democracia. Sin malestar no se llega al bien común. Los contrarios no se contraponen, sino que se correlacionan y coexisten necesariamente en la vida social. El hecho de haber logrado, a lo largo de la vida, nuestros logros profesionales y sociales, es el resultado de una lucha, de un esfuerzo, de una dinamicidad en la cual se sortean los obstáculos imposibles de eludir. El éxito depende de la apuesta que uno hace para conseguirlo, de las estrategias que uno trama para mantener o expandir el capital específico que nos es propio.
La distribución de tal capital es inequitativa, y esa forma de distribución causa la movilidad de las posiciones que ocupamos. La equidad como principio absoluto al cual todo Estado debe aspirar llegar con éxito, bajo esta perspectiva, es una quimera. No se hace una apología a la distribución inequitativa del capital (en el sentido económico), sino que aquí se analiza cómo dicha brecha- que es real- posibilita las relaciones sociales dentro de un marco de conflicto social.
Las revoluciones políticas han sido posibles siempre y cuando las posiciones que se ocupaban en el campo social fueran dinámicas. La dinamicidad promueve el cambio, y la reflexión acerca de nuestro actuar como protagonistas de una historia nos acerca a la concreción de tal cambio.
El problema aquí es el siguiente: debemos pensarnos, es decir, tener una actitud crítica respecto a lo que la estructura social del campo del que formemos parte nos presente como natural. Dudar acerca de nuestros puntos de vista como agentes sociales nos aleja, por suerte, de la actitud de naturalizar lo que es dado por imposición de la cultura a la que uno pertenece. No se trata aquí de hacer un paréntesis fenomenológico y dejar de lado totalmente lo que se nos presente como “lo normal”. Sino que debemos replantearnos si éstas percepciones, estas cosmovisiones, estos puntos de vista que se nos imponen a modo de bombardeo mediático son “naturales” o si ya es tiempo de desnaturalizar y desmitificar lo que hasta ahora se nos ha presentado como “lo mejor posible”.