lunes, 2 de marzo de 2020

Pensar en libertad

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Como-hacer-para-pensar-en-libertad-20181225-0049.html

Hoy quisiéramos compartir con todos los lectores una propuesta reflexiva que se centre en dos aspectos fundamentales para la comunidad, a saber, la educación y la libertad. Desde la antigüedad hasta nuestros días, éste ha sido y sigue siendo, un tema central para el debate político-educativo en el marco de un Estado democrático. Tomamos el caso de Aristóteles, quien señala como carácter constitutivo de la libertad a la autarquía (autosuficiencia), concepto que indica no sólo la independencia del individuo de todo condicionamiento exterior, sino que se trata de un requisito sin el cual no tiene sentido pensar en la posibilidad de la felicidad.

Como bien sabemos, dicha autosuficiencia, puede producir un estado de ánimo de tranquilidad y satisfacción. Ahora bien, desde el punto de vista filosófico, esto no es suficiente para considerarnos libres. No se trata de "tener todo lo que creemos que sería necesario para'', sino de contar con una actitud reflexiva que nos permita evitar todo aquello que pueda causar dependencia, tanto física, material y espiritualmente. Se conforma de esta manera el "hábito'' racional de la prudencia, considerada por Aristóteles "la excelencia añadida a algo como perfección''.

Dicho esto, tratamos de pensar hoy el equivalente a "autosuficiencia'' y lo posicionamos en la satisfacción de las necesidades para que podamos desenvolvernos en la cotidianidad sin las ataduras de la dependencia. Pero aquí es preciso detenernos y aclarar brevemente algunas cuestiones, para evitar anacronismos. En el presente ¿qué consideramos "necesario'' hoy, para sentir "autosuficiencia'' o independencia? La imposición del cumplimiento de pertenecer al ámbito del consumismo exacerbado puede confundirnos, puesto que ya ni siquiera estamos hablando de la satisfacción de necesidades básicas para lograr cierta libertad e independencia, sino de la adicción contemporánea por adquirir bienes y servicios simplemente por la avidez de novedad y no por la necesidad real concreta.

Asimismo, este nivel de autonomía permite el acontecer del pensar mismo: es improbable que bajo condiciones existenciales hostiles, difíciles, estresantes, podamos esclarecer nuestro pensamiento y desarrollar un análisis minucioso de aquellos aspectos que nos atraviesan a diario. Se trata de una situación difícil de aprehender en nuestros días: expresar que la condición para la libertad es la liberación de las inquietudes intrascendentes cotidianas, de las necesidades impuestas, la indiferencia ante la imposición de la acumulación de riquezas y de la vida a contrapelo de la naturaleza, puede resultarnos una utopía en un mundo que exige celeridad, consumo, desaprensión, indiferencia, individualismo y desprecio por lo común.

sábado, 20 de julio de 2013

Injerencias de la embriaguez en la vital visión dionisíaca del mundo

Cómo ponerse hasta la tuerca y no sentir culpa

O Injerencias de la embriaguez en la vital visión dionisíaca del mundo.

Texto: Lisandro Prieto Femenía, ilustración: Héctor Zerda
“Lo bueno del vino es que durante dos horas los problemas son de otros” decía Pedro Ruiz en España.
El filósofo danés Sören Kierkegaard aseguraba: “El vino es la defensa de la verdad, tal como ésta es la apología del vino”.
La Sofía nos aclara cómo ser Dionisos, dios del vino, el éxtasis y la intoxicación, logrando que los demás nos perciban como Apolo, el dios de la luz y el sol, la música, la verdad y la poesía.
Lejos de esbozar aquí una exposición academizante y enclaustrada en cuestiones conceptuales estrictamente profesionales del ámbito de “la” filosofía, queremos ahondar en la propuesta nietzscheana de reinterpretar esta visión extática -de permanente éxtasis- del mundo y de nosotros mismos a través de la imagen del “dios extranjero”, Dionisos, o Baco (para los romanos), que viene a  arrasar con el supuesto orden que le hemos pretendido dar a la vida (que en esencia es devenir, cambio constante).
“En dos estados, en efecto, alcanza el ser humano la delicia de la existencia, en el sueño y en la embriaguez”.
Así comienza Friedrich Nietzsche describiendo en su obra fundante El nacimiento de la tragedia,  estas dos facetas fundamentales a través de las cuales el hombre experimenta su existencia. Por un lado, el sueño, la realidad onírica, clara y transparente, en la cual nada es contingente e innecesario, representa el orden, la belleza consensuada, la estructura necesaria para no perder la cordura. Por el otro, la embriaguezla desmesura, los excesos, caos y éxtasis, supuesto desorden y desequilibrio, necesarios en la concepción nietzscheana del hombre.
Esta lucha interna que tenemos los hombres entre el auriga que conduce el caballo blanco de las virtudes y el negro de las pasiones, está planteada a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental como una batalla en la cual una tendencia debe prevalecer sobre la otra.  La cultura cristiana ha marcado su sello: el bien debe prevalecer sobre el mal, y el hombre debe llevar una vida de esfuerzos prometeicos por no caer en la tentación y ganar así el paraíso.
Dionisos es una divinidad griega, fuente de cultos que abarcan desde la procreación hasta la muerte, transitando por la vida exuberante que demuestra el despertar de los brotes de la primavera.  Sin embargo, más allá de la existencia plural de dioses, el pueblo heleno no tenía en su esquema de valores el concepto de “pecado” (pecatus) que luego los latinos/cristianos impusieron en la cultura. Acá venía a tomar relevancia la adoración a un dios extranjero, que se inmiscuía en las sociedades helenas para dar comienzo al rito de la fecundidad de la naturaleza mediante danzas salvajes, ostentosas ninfas agitando sus cabellos y sátiros que con la música de sus flautas invitaban a la celebración de la fuerza; esa explosión de energía que conlleva en sí la vida en todas sus dimensiones.
En tal festival no podía faltar el gran artilugio que debemos a los tracios, es decir, aquel néctar sagrado sin el cual el culto a la vida no tiene sentido: el vino. Conductor al estado de éxtasis (ex: fuera de, tasis: lugar) que permite la unión con el dios meteco y con la intimidad misma del ser humano enfrentado al caos enceguecedor y placentero. Este “salir de sí” nos permite superar la bipolaridad moralista de la supuesta unión de un cuerpo y un alma encerrada; ahora el espíritu pasional es el que se permite mirarse desde fuera, reírse de sus miserias y celebrar tanto el nacimiento como el ocaso de toda vida. Vida y muerte, bajo esta dimensión, no se contraponen excluyentemente, sino más bien, son fuerzas que necesariamente se implican como complementarias. Las almas eran simbolizadas con serpientes, las cuales eran devoradas por frenéticas seguidoras del dios, que cubrían someramente su desnudez con pieles frescas de animales (machos cabríos).Esta epifanía era un llamado al nacimiento, al re-nacimiento del brote de vid que el invierno había secado, dejado sin vida y cuya resurrección se debía a la fuerza creadora del dios invocado mediante estruendosos gritos de las ninfas para despertar al “niño” que lleva en sí el germen de la vida.
Venimos hablando de una fuerza que propicia alucinaciones mediante el fruto de la vid; una divinidad popular y campestre que se manifestaba primavera tras primavera para dar inicio al ciclo agrícola, dador de vida. No es de extrañar que semejante manifestación de lo divino haya sido considerada “profana” por la cultura occidental conservadora, la cual prefiere el orden, la belleza y la transparencia que representa la “visión apolínea” de la existencia.
El estado de embriaguez necesario para entrar en conexión con esta exuberancia de la fuerza vital interpela al hombre para que éste desate todo tipo de amarras que lo mantienen en el plano de la conciencia represora de pasiones naturales, que culturalmente no puede expresar por el imperio de la ley humana. Pedro Montoya nos dice al respecto: “El desarrollo del culto a Dionisos tuvo gran oposición. Presenta una postura bastante lastimosa; abandona a los que le sirven y se sumerge, amedrentado, en lo más profundo de las aguas. Para Aristófanes, era el más cobarde de los dioses. La aristocracia homérica lo tenía en poca estimación. De todos modos, encontró terreno propicio en las poblaciones sometidas por los griegos, y ya en la época minoica se conocían los cultos orgiásticos y las danzas frenéticas creadas por las alucinaciones”. Es, en principio, en los pueblos sufrientes donde se le dio cabida a esta celebración de la vida, no en plena aristocracia donde el orden aparente impera sobre la pasión exacerbada del instinto humano.
Es ésta una visión, la dionisíaca, que desafía los límites de la legalidad humana, que impone un orden, una estructura a la vida que no es más que simbólica. El estado de embriaguez no ha de ser pormenorizado por prejuicios éticos en este sentido: es la oportunidad que el hombre tiene de enfrentarse con la verdad que reprime, de esgrimir y expresar aquello que no está permitido divulgar en el estado de “lucidez”. Y no es accidental el dicho popular que asegura que “el borracho dice siempre la verdad”. En este sentido, la verdad no se muestra como aquello que hemos acordado y convenido mediante los conceptos en establecer moralmente como aceptable y legal, sino más bien todo lo contrario: es aquello que mantenemos oculto, enmascarado en la apariencia (que tampoco es accidental, es causal de una exigencia social).
No es ésta una apología al vicio, sino una invitación reflexiva y crítica abocada al redescubrimiento de las fuerzas vitales que le dan sentido a la existencia cotidiana, enmascarada en la legalidad y en el orden establecido.
Todos somos Apolo a la luz de la ley y con la claridad del día. De ese día que es energía absoluta y vital. Aunque también todos somos Dionisos en aquella penumbra donde se recibe el aliento de la proximidad fatal de la muerte. Y esto no es un partido que se juega hasta que alguien lo defina. Es coexistencia más que competencia.
Hay momentos donde el vino juega a ser la antena que conecta el cuerpo con el alma.  El problema es cuando te quedás sin cobertura.


No sueñes que se terminó

No sueñes que se terminó

La Sofía insiste con la búsqueda de la felicidad, a pesar de todo. Inclusive sabiendo que estamos casi liquidados.
La vida y su inminente fin, ante los ojos de la Sofía, no es un acontecimiento asombroso ni extraordinario, sino más bien un fenómeno compuesto por sucesiones de transiciones y variaciones de “fines” que siempre desembocan en algo nuevo. Es por ello que el pánico y el temor de un “Armagedón”  queda relegado a la reflexión acerca de la verdadera finitud, no del planeta en sí mismo, sino de cada existencia singular y de la humanidad, entendida ésta como una comunidad de seres vivientes, ordenada por sus símbolos, cohabitando en un universo caótico e inabarcable.
Por Lisandro Prieto Femenía – Ilustración: Héctor Zerda (Rey Arlequin)
El título de esta nota rememora una canción muy popular de los ochenta. Una de esas que podía sumirnos en la tristeza más absoluta de los finales, o en lo sublime del apriete contra los rincones. Esa misma estaba escrita por Neil Finn, quien lideraba la banda Australiana Crowded House. Y en ese rock lento y melódico había escrito algo de los que los filósofos intentan desentrañar:
There is freedom within, there is freedom without 
Try to catch the deluge in a paper cup 
There’s a battle ahead, many battles are lost 
But you’ll never see the end of the road 
While you’re traveling with me 
-
Hay libertad, no la hay
Intenta atrapar el diluvio en un vaso de papel
Hay batallas por venir,  muchas batallas perdidas
Pero nunca verás el fin del camino
Viajando conmigo

Así las cosas, por mucha promesa de que si vienes conmigo el final no te atraparánena, deberíamos pedirle a Neil que desarrolle un poco más con nosotros esa idea.
Toda pregunta por el destino de los hombres en cuantosociedad estructurada por un orden político-económico-cultural nos preocupa a todos. Si bien el amor tiene los bolsillos llenos de promesas de eternidad, mis amigos, justo es decir que la humanidad termina constantemente.
La idea de un único fin es tan absurda como la misma idea de un único comienzo. De acuerdo con la cultura occidental platonizada (cristianizada) es inconcebible la existencia humana sin un principio y sin un fin. Tal postura imposibilitaría la opción de imaginarnos una multiplicidad de intentos de inicio de la humanidad tal como la conocemos, por lo cual nos anclaría a los hombres como criaturas que cumplen su parte en el plan divino.
La historia, por tanto, más que forjada y desarrollada por las tensiones y luchas que la humanidad ha provisto, sería más bien una película en la cual uno tan sólo cumple su papel, casi de manera predestinada. Por lo cual vemos que el papel que queda asignado a la “libertad” y a la voluntad del hombre es preponderantemente simbólico, si no vacuo.  Recordemos, someramente, el planteo del germano Hegel, quien nos decía que la historia había concluido ya con la manifestación del Espíritu Absoluto (representado por el Estado Moderno), lo cual indica que uno ya, en el presente, estaría formando parte (inactiva, desde el punto de vista del libre albedrío) de un proceso que nos supera en el ámbito de la voluntad personal.
Totalmente alejados de esta visión teleológica, consideramos al ser humano como ser en el tiempo que es, como diría Heidegger, un ser arrojado en un mundo de posibilidades, a partir de las cuales trata de llevar a cabo su proyecto, teniendo siempre en cuenta que la única imposibilidad de todas las posibilidades no es más que la muerte, nuestra insondable finitud. El sentido que demos a este detalle determinará fundamentalmente nuestra forma de concebirnos, ya sea como seres divinos o simplemente humanos. La idea de la Sofía, o al menos de ésta que presentamos aquí, es la de reflexionar a un hombre que vive aquí, ahora y que llena de sentido su existencia finita a partir de su posicionamiento respecto a las posibilidades que la vida le proporciona, sin perder jamás de vista que el abismo que nos separa de las mismas es la conclusión de nuestro tiempo en este mundo.
La humanidad termina constantemente. La idea de un único fin es tan absurda como la misma idea de un único comienzo.
A lo largo de la historia han surgido múltiples interpretaciones de esta existencia finita, justificaciones trascendentales que han aliviado a muchos, como también inquietado a otros tantos. Tanto la banalización de la finitud tras el manto de la eternidad etérea, como así la ridiculización de la muerte mediante discursos sumamente superficiales que pretenden vendernos una prolongación sintética de una vida inauténtica, son extremos sobre los cuales la reflexión filosófica va a ser sumamente tajante. Pues la muerte como tal no debe ni demonizarse ni tampoco tomársela como una excusa de promesas vacuas. Es una posibilidad insoslayable en nuestra existencia, no pensarnos a nosotros mismos a partir de esta taxativa regla universal, es mirar hacia otro lado. El “tener que ser” sin haberlo siquiera elegido o asumido trae consigo la “angustia” de no poder asimilar cabalmente la idea de “dejar de ser”. Hemos oído, seguramente, a lo largo de nuestras vidas, afirmaciones tales como: “…uno no aprende a vivir, menos a morir”, o en situaciones concretas, por dar un ejemplo, la humanidad concuerda casi con unanimidad con que “los padres no deben enterrar a sus hijos”. Son negaciones que implican y demuestran la atroz dificultad que representa una aceptación que ni siquiera se deja ser voluntaria, sino que es trágicamente inaceptable para todos, incluso para los más fuertes.
Aquí entra la Sofía a darnos pistas acerca de cómo lidiar al menos con lo inescrutable de la vida. No se ofrecerán pociones mágicas ni promesas divinas, reflexiones que calmen vacuamente lo insoportablemente doloroso e imposible de disimular. No olvidemos que la aceptación absoluta es tan falaz y lastimera como el mismísimo concepto de “entrega” ante lo fatal. Situarse en el plano de la existencia finita, que nos ofrece una multiplicidad de posibilidades,las cuales pueden o no concretarse en nuestro “proyecto”, sabernos y reconocernos seres ubicados en una temporalidad determinada y poder, a partir, o a pesar de ello, construir nuestra vida siempre en vistas a un objetivo común y satisfactorio: la felicidad a pesar de todo.
Vivimos en un presente que es una tensión constante entre un pasado en el cual “hemos sido” (si así lo hemos asumido) y un futuro o posibilidad que nos satisface creer que es fruto de ese pasado que fue. Basar nuestra existencia en un pasado que pudo ser y no fue, y como consecuencia un futuro que resulta ser incierto ya que le hemos dado ese sentido desde el mismísimo presente, puede complicar nuestra comprensión acerca de nuestro propio proyecto. ¿Qué tiene de asombroso esto? Que al situarnos como esa cuerda tendida, esa tensión constante que nos hace ser lo que hemos, de alguna manera, querido y deseado dentro de las posibilidades que hemos forjado o que la vida nos ha dado, nos posiciona en el marco de un ser que construye y es parte de esa historia dentro de la cual hasta ahora sólo se ha creído “inserto”. La conciencia de nuestra temporalidad nos posiciona como agentes activos de una sociedad determinada, de un rol establecido en la familia o en el trabajo. Es a partir de nuestra percepción de la vida incrustada en tal temporalidad la que nos permitirá ir asumiendo nuestra existencia de la manera más “auténtica” posible.
En tal perspectiva, la “angustia” lejos de ser la justificación a una vida trivial, vacía y carente de sentido, es más bien todo lo contrario, es la respuesta o estímulo que nos da la pista acerca de la percepción que hemos logrado de nuestra existencia. Una existencia inauténtica o trivial es incapaz de angustiarse ante la conciencia de finitud. Buscar la felicidad a pesar de tal angustia es el desafío al cual nos enfrentamos todos. Plantearnos de antemano que nuestro proyecto puede fracasar no implica necesariamente una negatividad peyorativa, sino que nos permite asumir que existen posibilidades de frustración, las cuales no descalifican en absoluto aquello que queramos hacer o ser. La negatividad corrosiva es la que a partir de tal reflexión nos impide avanzar, actuar, construir, proyectar, es decir, crear posibilidades. La lucha contra esa negatividad tan difundida y la búsqueda de la “autenticidad” nos permitirá posicionarnos frente (nunca escapar) a la facticidad de la existencia y su taxativa finitud.
La búsqueda de la felicidad será la mejor excusa para anteponer el deseo del goce a la idea de la muerte. Lejos de contraponer estos hechos, consideramos que están íntimamente entrelazados en los intrincados lazos de una existencia sabrosa y amarga al mismo tiempo. Es que sin el deseo de pretender lograr esa felicidad, la existencia es absurda y carece de sentido.  La sacralidad de la vida consiste en esto mismo: en poder dotar de sentido nuestro accionar, nuestra vida en pos de algo que esperamos sea mejor, y que no vendrá por añadidura ni por providencia divina, sino por el fruto del esfuerzo diario, de esa temporalidad que se hace materia de la cotidianeidad enmarcada en un proyecto.
Tanto la banalización de la finitud tras el manto de la eternidad etérea, como así la ridiculización de la muerte mediante discursos sumamente superficiales que pretenden vendernos una prolongación sintética de una vida inauténtica, son extremos sobre los cuales la reflexión filosófica va a ser sumamente tajante.
La consecución de esta Eudaimonía (posesión del buen “daimon”, entendido como “buena suerte”, “buena vida”) o bienestar en el mundo, será un fin cuyos medios son tan variados y múltiples, como diversas son aquellas éticas que permitan tal o cual camino para lograrlo. No somos partidarios de enjuiciar todas aquellas doctrinas mediante las cuales los seres humanos logran encontrar consuelo y sentido a una existencia cuyo verdadero sostén sería la pos-existencia física. Podemos o no estar de acuerdo, pero si tales posturas logran reconfortar y dar sosiego en momentos críticos, pues nada podemos objetarles.  Quedarnos en la crítica de los medios por los cuales podemos llenar nuestra búsqueda de sentido y de felicidad nuestra existencia, ya es parte de otra tópica que en este momento no vamos a analizar. Sea aferrándonos a un ideal supernatural que trae consigo un sentido basado en una trascendencia metafísica cuya creencia se basa en “la promesa de salvación”, o bien aprendiendo a amar la facticidad de nuestra condición finita y diminuta, en un planeta perdido en tal rincón del universo, argumento que no carece del sentido de la sacralidad de la vida, pues toda vida puede considerarse en sí sagrada, aún en el ámbito mismo de la inmanencia absoluta, es decir, sin recurrir a argumentos ontológicos primeros y sobrenaturales.  Pues el concepto y sentimiento de “lo sublime” trasciende los límites de lo dogmático y doctrinario y forma parte de una experiencia común a todos los seres humanos, crean en lo que crean.
Al situarnos como esa cuerda tendida, esa tensión constante que nos hace ser lo que hemos, de alguna manera, querido y deseado dentro de las posibilidades que hemos forjado o que la vida nos ha dado, nos posiciona en el marco de un ser que construye y es parte de esa historia dentro de la cual hasta ahora sólo se ha creído “inserto”.
De acuerdo con lo anteriormente dicho podemos suponer que la felicidad no es tan sólo una característica de la vida, sino que es parte sustancial de la misma, de manera que la determina en cuanto a su cualidad (y calidad). Los valores o parámetros con los cuales se establecerán los niveles de la misma, o las recomendaciones necesarias para alcanzar tal o cual punto, son múltiples y su clasificación sería ya una compilación académica que poco nos interesa exponer aquí. Algunos preferirán aferrarse a los placeres (hedonismo) como únicos medios por los cuales tiene sentido vivir, sea cual sea el peso o consecuencia que éstos acarreen. Otros condenarán tal estilo de vida y nos dirán que la felicidad se consigue mediante el gobierno de sí mismo y de las pasiones que atormentan el buen juicio (discurso que opone la razón a los instintos).  La belleza de estas reflexiones consiste no en los extremos que desorientan sino en la multiplicidad de matices que se presentan entre los mismos.
Como se habrá podido apreciar, hacemos todo lo posible por no sugerir qué pensar ni qué hacer. La idea es disparar la inquietud allí donde se encuentra cómodamente establecida la quietud que produce la repetición de opiniones ajenas. La Sofía será el tábano que pique al caballo que se ha quedado dormido cuando más atento debe estar. Lejos de ofrecer una guía concreta de pasos a seguir, la invitación aquí expuesta se fundamenta en crear un sentimiento y una molestia necesaria para que podamos pensarnos, a pesar de todo. Y a pensar en todo.

martes, 17 de mayo de 2011

Interpretar al prójimo

La disciplina filosófica encargada del estudio de las interpretaciones es llamada Hermenéutica, proveniente del vocablo griego "hermeneia'' que significa explicación, traducción, expresión o interpretación, que hace posible la comprensión, aplicada generalmente al tratamiento de textos antiguos. Hoy es una disciplina que se enfoca en el tópico "interpretación'', a partir del cual surgen diversas ramas especializadas.

Actualmente vivimos en un mundo en el cual sólo parecen haber interpretaciones, y no hechos en sí, diría Nietzsche, y en tal contexto, es necesario plantearnos cómo interpretamos los discursos y acciones, tanto ajenas como propias para así evaluar el estado de "consenso'' y respeto entre interpretaciones diversas.

Vivir en democracia supone ello mismo, convivir con personas que interpreten la realidad de un manera distinta a la propia, y, mediante esa diferencia, buscar el consenso forma parte de una labor masiva a nivel político para evitar conflictos. ¿Cómo se logra esta armonía? Hay muchas formas de plantearlo, pero aquí expondremos tan sólo los lineamientos de la Hermenéutica Analógica, la cual, basándose en una serie de valores éticos (nunca ajenos al intérprete) propone como base de toda interpretación la prudencia, la honestidad intelectual y el respeto por la diferencia.

De esta manera se busca conciliar aquellas opiniones que resulten antitéticas entre sí mediante un análisis interpretativo que evite los excesos, lo cuales, derivan en la violencia y tienden a la desacreditación de aquél que no comparte con uno su misma interpretación. La clave está en evitar la unicidad en las interpretaciones, es decir, pretender que todos saquen las mismas conclusiones sobre un mismo tópico, discurso, acción u obra. Este tipo de procedimiento tiende a ser autoritario, pues aquella interpretación que no se amolde a la presentada como "la mejor hasta el momento'' es dejada de lado mediante argumentos ad hominem (aquellos que atacan a la persona, y no a lo que la persona dice). El otro extremo es el de la equivocidad, es decir, el "todo vale'' o la afirmación según la cual toda interpretación debe ser considerada como válida y veraz por el sólo hecho de ser interpretación. En esta medida también se esquiva el consenso necesario para la vida en democracia, pues, si cada uno tiene una lectura distinta acerca de lo que es el "bien común'', no existirá jamás tal cosa, al menos nunca podrá llamarse "común''.

Nuestra propuesta no sólo se trata de un intento de conciliación entre tesis rivales, sino también se centra en el respeto por las características propias de cada interpretación. En el momento en que se pretende un concilio absoluto, se cae en la unicidad. Es, hasta cierto punto, necesario que existan distintas interpretaciones sobre un mismo acto, y esa disparidad es la que nos lleva a reflexionar y a tratar de buscar una convivencia pacífica, sin tener como objetivo (tanto subjetivo como colectivo) la imposición de una determinada forma de ver la realidad.

Estamos viviendo en la era de las comunicaciones, y aveces parece que estamos más incomunicados que nunca. Mediante el lenguaje es que nos comunicamos con nosotros mismos y con el mundo, y esa relación con el "otro'' requiere fundamentalmente, entre otras tantas cosas, del respeto mutuo. Decimos esto porque notamos en nuestros días una contradicción fuertemente violenta a la hora de interpretar lo que los "otros'' dicen o hacen. La descalificación ha pasado a ser el argumento necesario, lamentablemente, a la hora de pretender resolver un conflicto interpretativo. Se pregonan valores de diversidad y respeto, pero se excluye a aquel que no se suma a las modas y tendencias (tanto políticas, epistemológicas, académicas o religiosas).

La prudencia, el respeto y la diversidad no son términos abstractos que en la práctica no puedan llevarse a cabo simultáneamente. Comencemos por adoptar el hábito de interpretar, que no es más que la labor reflexiva de querer comprender lo que el otro expresa, evitando caer en el "uso'' a fin de obtener lo que yo quiero, a partir de lo que el otro dice o hace. La actitud que proponemos se expresará cuando experimentemos la pregunta: "¿qué quiere decirme el otro, con lo que dice o hace?'' y no pretendiendo hacerle decir al otro lo que no dijo, o adjudicarle acciones que no llevó a cabo. No convirtamos la intencionalidad del otro en la nuestra, sino que debemos intentar (porque esto es una labor, no un mandato) comprender, para luego así, criticar. Toda crítica debe llevarse a cabo mediante estas coordenadas, sino, en caso contrario, criticamos a la crítica misma y nunca al objeto de la misma.

jueves, 3 de febrero de 2011

Deseo

La "felicidad eterna" debe ser aburrida

Sólo tiene sentido ser feliz si se sabe que se puede ser infeliz.

De existir la felicidad eterna,

nadie la valoraría, pues no sabríamos que somos felices si antes no hemos tenido la experiencia del sufrimiento.

El sufrimiento da a la felicidad su fundamento y sentido.

Tampoco se podría ser totalmente infeliz, "eternamente infeliz.

Ningún sentimiento es eterno, sólo el deseo del hombre puede pretender que tal cosa suceda.

Y aun sabiendo que el deseo es deseo de algo finito que jamás podrá ser eterno, deseamos.

Es que sin desear el hombre ya no es hombre,

es el impulso vital que nos empuja a vivir, cuando hacerlo no es fundamental, sino accesorio, y hasta, en algunos casos, inútil.

La felicidad eterna es la consecución del deseo primordial del hombre.

De cumplirse, el hombre se extinguiría, sería otra cosa. Una cosa que no desea más nada.

Una cosa que no desea no es humana, es sólo cosa.

¿Qué sentido tiene ser feliz eternamente si se es eternamente cosa, cosa feliz?

Eso no es vida, pues como a la vida le sigue la muerte, a la felicidad, la desdicha.

Sin muerte, la vida carece de sentido,

sin dolor, no percibiríamos el goce,

viviríamos adormecidos, enfermos de felicidad, ciegos de vida y necesitados de dolor.

Somos una contradicción viviente,

una especie que se caracteriza por la facultad de desear,

pero, paradójicamente, hacemos los mejores esfuerzos por apagar el deseo, reprimirlo, negarlo,

para luego absolutizarlo y convertirlo en algo ridículo.

Transformamos algo magnífico en una cárcel eterna,

en la cual no hay conciencia que tenga lugar,

donde el gozo ya es soso.

Fantástico eres, ser humano.

Máquina perfecta que se autoestropea...

Razón recta, que se desvía, y mata...

Bondad absoluta, pretendida al menos, que nunca llega...

maldad incomparable, nuestra distinción natural...

Creatividad sin límites, más que los que nos autoimponemos.

Ilimitados destructores, limitados temporalmente.

Finito cuando mueres, infinito cuando crees que vives,

felíz quieres ser todo el tiempo que sea posible,

infeliz eres, cuando te das cuenta que no te queda tiempo.

Tiempo, tu mayor invento, tu perdición,

eterno quieres ser,

veraz parecer,

bondadoso ser llamado.

Escrupuloso ser enfermo de codicia,

que creas la verdad y vives en una mentira,

que otorgas fama ficticia y te autodesprecias al hacerlo.

No te conoces, temes hacerlo.

Eres carne, deseas carne, y te averguenzas por ello.

Eres carne, deseas paraíso, te mientes en ello.

Eres pensamiento, y desconoces que eso es producto de la pasión, tal vez no lo sepas, ya sabes por qué.

Tú creaste las artes, y en un gesto bondadoso las cediste, pues dijiste que robaste el fuego al dios.

Te mentiste, fue tuyo siempre.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos protagonistas de nuestra realidad social


Hoy vamos a hablar de una teoría social y epistemológica propuesta por el sociólogo estructuralista francés Pierre Bourdieu. Se plantea que la sociedad está compuesta por un conjunto de relaciones entre agentes (instituciones, grupos, clases). La posición que ocupa el agente en un campo (espacio de lucha, o de apuesta) determinado está determinada por el habitus (conjunto de percepciones de la realidad social que son internalizadas por los sujetos) y un capital específico (que es simbólico y material).



Este planteo puede perdernos en conceptualizaciones estructuralistas, pero es importante que destaquemos la practicidad y la vigencia de dicha concepción sociológica. Tener en cuenta que uno forma parte de un campo social determinado, en el cual están instaladas las reglas de juego que debemos seguir para mantener nuestra posición social, es fundamental para tomar consciencia de nuestra función activa dentro de un colectivo de subjetividades, que lejos de estar dispersas y perdidas, todas se hallan reguladas bajo una normativa específica dada por el campo en cuestión.
El ejemplo más claro es el del campo artístico: el arte es lo que da el peso específico al campo, los intereses del campo artístico no necesariamente deben ser los mismos que los del campo académico. A su vez, el capital del artista puede variar desde premios y reconocimientos por su producción, hasta la cotización monetaria de sus obras.
Al decir que los campos son dinámicos, nos referimos específicamente a la relación entre aquellos que ocupan una posición dominante y aquellos que se consideren subordinados o dominados. No hay un determinismo social que nos indique que unos están condenados al éxito y otros al fracaso. Todo lo contrario, la posición que se ocupe en la sociedad depende exclusivamente de lo que hacemos con lo que tenemos a la mano, es decir, nuestro capital simbólico y material, que son nuestras fichas con las cuales apostamos para movernos, para ascender o mantenernos en la posición que deseemos. Ser conscientes de la dinamicidad social nos pone en el plano activo de una política que requiere participación. Es una propuesta que nos invita a “apostar” por algo que vale la pena, a arriesgarnos y a movernos en este juego que no cesa jamás, al menos, en sociedades con democracias serias.
Cuando las posiciones que se ocupan en el campo social son estáticas, es decir, cuando los dominados se mantienen en su rango mientras que los dominantes incrementan su poder y mantienen su posición, ya no hablamos de un campo específico, sino de un “aparato” cuyo funcionamiento es previsible y controlable desde todo autoritarismo posible. La propuesta social de Bourdieu debe llevarnos a la reflexión acerca de qué tipo de campo social – o de aparato, si se da el caso- estamos conformando, y, sobre todo, nos lleva a pensar en nosotros mismos como miembros activos que ocupamos una posición a su vez definida por nosotros mismos de acuerdo a nuestra disponibilidad de capitales (reitero, no necesariamente materiales, sino también simbólicos).
Existe, sin dudas, una complicidad ontológica entre el campo y el habitus. Es decir, las estructuras de relaciones de poder dadas por un campo determinado son aquellas que imponen a los sujetos las cosmovisiones, los puntos de vista, las maneras de ver la realidad. En otras palabras, se piensa de acuerdo al campo al que se pertenece. El sujeto hace suyas las normas, los prejuicios, todas las valoraciones que le impone la estructura social –e histórica- a la cual pertenece. Uno es hijo de su tiempo y de su sociedad, de eso no cabe duda.
¿Por qué analizar esta teoría? ¿Por qué se nos invita a esta reflexión? Simplemente porque es fundamental que todo sujeto, más allá de toda alienación posible, debe saberse y reconocerse a sí mismo como actor social, no como víctima de un sistema que hace las cosas por uno mismo. Entramos al plano del ciudadano que juega el rol que le corresponde, que pone su capital en una apuesta, en un riesgo, que es el de la participación competitiva de toda sociedad. Negar tal competitividad es negar la esencia misma del hombre. La voluntad de dominio es inherente a la naturaleza humana, y por ello se nos invita a pensarnos como protagonistas de esta lucha, no como espectadores, simples sujetos con abulia por los cuales el Estado debe responder y jugar.
También esta concepción nos aleja de la asimetría que se hace entre conflicto y malestar, en oposición a consenso y bienestar. El conflicto es la base de todas las acciones humanas. Sin disenso no existe la democracia. Sin malestar no se llega al bien común. Los contrarios no se contraponen, sino que se correlacionan y coexisten necesariamente en la vida social. El hecho de haber logrado, a lo largo de la vida, nuestros logros profesionales y sociales, es el resultado de una lucha, de un esfuerzo, de una dinamicidad en la cual se sortean los obstáculos imposibles de eludir. El éxito depende de la apuesta que uno hace para conseguirlo, de las estrategias que uno trama para mantener o expandir el capital específico que nos es propio.
La distribución de tal capital es inequitativa, y esa forma de distribución causa la movilidad de las posiciones que ocupamos. La equidad como principio absoluto al cual todo Estado debe aspirar llegar con éxito, bajo esta perspectiva, es una quimera. No se hace una apología a la distribución inequitativa del capital (en el sentido económico), sino que aquí se analiza cómo dicha brecha- que es real- posibilita las relaciones sociales dentro de un marco de conflicto social.
Las revoluciones políticas han sido posibles siempre y cuando las posiciones que se ocupaban en el campo social fueran dinámicas. La dinamicidad promueve el cambio, y la reflexión acerca de nuestro actuar como protagonistas de una historia nos acerca a la concreción de tal cambio.
El problema aquí es el siguiente: debemos pensarnos, es decir, tener una actitud crítica respecto a lo que la estructura social del campo del que formemos parte nos presente como natural. Dudar acerca de nuestros puntos de vista como agentes sociales nos aleja, por suerte, de la actitud de naturalizar lo que es dado por imposición de la cultura a la que uno pertenece. No se trata aquí de hacer un paréntesis fenomenológico y dejar de lado totalmente lo que se nos presente como “lo normal”. Sino que debemos replantearnos si éstas percepciones, estas cosmovisiones, estos puntos de vista que se nos imponen a modo de bombardeo mediático son “naturales” o si ya es tiempo de desnaturalizar y desmitificar lo que hasta ahora se nos ha presentado como “lo mejor posible”.

lunes, 27 de septiembre de 2010

En el océano de palabras naufrago y me ahogo.
Hay tantas palabras como gotas en el mar.
Los vientos y tempestades de las pasiones y afecciones no dejan izar mi vela.
Choco contra el iceberg de la imprudencia una y otra vez.
No son aguas profundas en las que navego, pero el ancla ya está hundida,
el tiempo y el espacio inmovilizan el timón de mi barca.

miércoles, 16 de junio de 2010

La corrupción está en nosotros

"Existen diversas formas legales de combatir a la corrupción, pero, hay una sola para luchar contra nosotros mismos y nuestra hipocresía: la autorreflexión que niega la autojustificación de nuestros actos."

La ética y los valores solían ser el fundamento de la vida humana en tiempos remotos. Todavía quedan resabios de ciertas normas de conductas que antes solían considerarse "decentes'' y que convertían a los seres humanos en "'personas de bien''. Todas estas categorías mencionadas son ahora un recuerdo de un pasado del cual nos estamos distanciando cada vez más.

La corrupción, en el sentido generalizado de la palabra, solía ser parte de la categoría de "los otros''. Eran "los otros'' quienes cometían fraude, evadían impuestos, cobraban un salario sin ir a trabajar, sacaban tajada de tratos con los gobiernos o con los ciudadanos mismos. Hoy la categoría del corrupto es el "nosotros'', aunque nadie quiera admitirlo. Es que estamos tan inmersos en esta nueva cultura del desinterés por la ética, que el "todo vale'' es ley y regla de vida.

Hace al menos 50 años, uno podía dejar la puerta de su casa abierta por las noches, su vehículo con las llaves puestas, las ventanas sin rejas y los niños en la calle hasta altas horas de la noche. ¿Qué nos pasó? ¿Acaso a nadie le causa nostalgia aquellos viejos tiempos? ¿No era una mejor vida, más tranquila? Lo desesperante no es el recuerdo, sino que tal vivencia no va a poder ser vivida, nunca más.

La distancia que nos separa de aquellos tiempos no son los años en sí mismos, sino los valores que la sociedad portaba y defendía. La brecha entre aquél pasado y este presente está dada por una "transvaloración de los valores'', diría Nietzsche. Hubo un giro, o varios, un cambio de tal envergadura que es prácticamente imposible retomar aquello que antes se consideraba "lo bueno''.

Toda transvaloración no remite a destrucción de valores y sustitución por la nada. Hemos cambiado unos por otros todos aquellos aspectos que considerábamos convenientes, saludables, necesarios.

La gente mayor constantemente se pregunta "¿dónde está el respeto?''. Cómo responder a una pregunta así en medio de un ámbito social donde al niño se lo manda a mendigar, al joven se le abren todas las puertas del consumismo absurdo que lo estupidiza de tal manera que lo mantiene en estado adolescente hasta adulto, al adulto que se le recuerda constantemente que no va a ser nadie si no pisa al que está abajo y adula al que está arriba, y ¿qué decir de los viejos? Al menos en nuestra sociedad, los ancianos son la clase social más descuidada material y valorativamente. Ya no existe el ideal del "viejo sabio'', el valor de la moneda de la experiencia está tan devaluado que quien la porta no puede usarla.

En medio de este panorama, no es fácil describir el fenómeno "corrupción''. Cuando algo se corrompe se hace en función de un valor que determina tal quiebre. El problema es que no es fácil detectar hoy en día la "guía básica'' que determine en la conciencia de las personas qué es lo que se debe y lo que no. Voy a dar un ejemplo simplísimo para aclarar el asunto: resulta que en un partido de fútbol hay un choque entre dos jugadores; el árbitro interpreta que es falta y cobra penal a favor de un equipo; pero, el jugador del seleccionado que saldría beneficiado luego de tal determinación, se acerca al árbitro y le dice "no fue penal, ni siquiera me tocó''. Inmediatamente el juez anula el penal y sigue el juego. Seamos sinceros, ¿cómo reaccionamos ante tal suceso? ¿No nos parece idiota por parte del jugador benefactor haber hecho semejante confesión? Es que pareciera que la honestidad también ha caído bajo las garras del oportunismo, que es silencioso y muy dañino. Nos cuesta creer que nuestros gobernantes son honrados porque, en el fondo, nosotros mismos no lo somos. Y lo peor del caso es que no sólo no somos honestos, sino que no lo reconocemos y, desde ese "desconocimiento'' nos damos el lujo de criticar y enjuiciar a los demás, a los "otros'', que, aunque no queramos admitirlo, somos "'nosotros''.

Esta hipocresía en la que estamos inmersos nos hace vivir en una realidad ficticia, en la cual el hombre que cobra un sueldo pero no asiste al trabajo, ése mide con su vara, con su sentimiento de inocencia y pulcritud al "otro'', es decir, al funcionario que ocupa un alto cargo público, al juez, al empresario, al vecino que se compró un vehículo nuevo, etc. ¿Cómo llegamos al punto de creernos modelos, arquetipos de personas cuando estamos haciendo lo mismo que le criticamos a los demás? Algunos dirán que esta actitud es natural al hombre y que ha existido siempre. Contra ese argumento no vamos a discutir. Sólo afirmamos que este empobrecimiento ético está tan generalizado que ahora los que antes eran considerados "buenas personas'', "honestos'', "honrados'', "respetuosos'', etc. son motivo casi de burla.

No veamos a la ética solamente como un instrumento de dominio. Buscar la mejor convivencia es también parte de una ética que nos compete a todos y la cual pareciera que no nos sentimos miembros activos de su creación. Todos nuestros actos, sublimes o cotidianos, hacen de nosotros lo que somos.

Dejemos de una vez por todas de ver "lo corrupto'' como una entidad metafísica ausente de nuestro yo, ajena a nuestra realidad cotidiana y comencemos a sincerarnos con nosotros mismos.

 

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Sentido-de-corrupcion-20110412-0182.html

viernes, 29 de enero de 2010

"El secreto de mis ojos"

Fantaseo un poco y me imagino yo, viejo, sentado en un café de una bonita ciudad con un amigo que me pregunta por vos. Resulta que mi amigo no te conoce, y pocas veces me ha oído hablar de vos, quiere saber como has sido todos estos años. Tomo mucho aire y suspiro, antes de contestar, pienso mucho y me cuesta decirle a este hombre lo que él quiere escuchar.


La dificultad radica en que si bien llevamos ya 45 años juntos, te sigo viendo todos los días como la niña de 18 años que conocí en aquella fiesta. Tu cara está llena de surcos, y aunque ya no ríes tanto, de vez en cuando me regalas una carcajada cuando hablamos de boberías. Si bien han pasado los años tu piel no ha perdido su inmensa suavidad y ese olor que sólo vos podes tener. Nuestra vida ha sido difícil y te han rodeado mil motivos para dejarte desvanecer en la tristeza, pero aún hoy me miras como aquella primera vez que me dijiste que me amabas estando en mi coche, en la entrada de tu casa en una madrugada maravillosa.

Pienso en las cinco mil discusiones que tuvimos en plena juventud y en lo mal que nos hicieron, pero no sé por qué, al recordarlas, se me hace una mueca, se dibuja en mi cara una sonrisa de haber vivido esos perros momentos y poder recordarlos con agrado me llena de orgullo. Orgullo porque nos hemos demostrado mutuamente que pudimos afrontar los desafíos de llevar adelante una vida juntos.

Ya no pierdo el tiempo repasando tus defectos, he aprendido a quererlos y a considerarlos necesarios. Cuando pienso en todas esas conversaciones tirados los dos en la cama en una noche de verano me viene a la mente cada uno de los proyectos que surgían sobre ese viejo colchón.

Me has acompañado heroicamente a través del tiempo y, aunque yo pensaba que me habías perdido de vista, siempre estuviste ahí, aunque estuvieras ausente y callada. Es que tu silencio siempre dijo más que tus palabras. Aprendí a decodificar tus pausas y tus misterios. Todavía me equivoco a la hora de adivinar que piensas, pero sólo que ahora en vez de sentirme frustrado me alegra que a nuestra edad todavía queden cosas por descifrar. Siempre fuiste un cofre profundo con cosas guardadas en el fondo. Lo bello es que cuando yo me doy por vencido y me canso de buscar en él, sin quererlo, a vos se te escapa lo que querías guardar.
De jóvenes me decías que yo sería el "malo" con nuestros hijos, no puedo evitar reirme mientras escribo, pues nuestros hijos respetan y obedecen todavía lo que les dices, y a mí recurren cuando los desaprobás. Es que si bien no has perdido la dulzura, tampoco has perdido la capacidad de mando, y hoy, con 63 años seguís teniendo la autoridad que tenías a los 30. Y yo me siento el hombre más afortunado del mundo por haber encontrado una madre como vos para nuestros hijos.

Siempre me dices que no te deje sola, todavía le tenés miedo a la oscuridad y a la muerte. Has logrado que me sienta un héroe, siendo un viejo arrugado, sólo por acompañarte a buscar agua en la cocina en medio de la noche.

Nuestro amor fue siempre algo especial y enigmático, todavía nos preguntamos qué fue lo que nos unió por tanto tiempo. Nunca nos lo decimos, pero se que lo pensamos. Y sin embargo, si tuviéramos que volver al 2008, nos encantaría volver a encontrarnos.

No me dejás escribir cosas tristes, ni yo te dejo ver las noticias. Sin embargo cada uno hace lo suyo a escondidas del otro. Somos dos adolescentes que todavía están aprendiendo a quererse ya queriéndonos.
No voy a olvidar nunca cuando tuvimos al niño, vos todavía estabas internada y cansada, y mientras él dormía me decías: "no lo puedo creer, es mío!!!" jaja y yo te contesté: "nuestro, querrás decir", a lo que muy seria respondiste: "las pelotas, mío mío mío". Dejaste de pensar ya en nosotros dos para pensar en ustedes dos. Por un tiempo pensé que te habías olvidado de mi existencia, hasta que un día me dijiste, al verlo caminar: "mirá, el nene arrastra los pies como vos, que rico".

Estoy parado a pocos pasos del umbral que delimita el fin de la vida con lo vivido, y ahí estas, tirándome del saco hacia tus brazos, diciéndome "ni se te ocurra morirte", orden que me encantaría obedecer, pero ineludiblemente algún día desobedeceré. Te apena pensar en eso, a mí también, pero miramos para otro lado y seguimos viendo qué hacer con la cocina que me hiciste remodelar unas siete veces, o me llevás al jardín y me proponés plantar todo tipo de flores exóticas de esas que te gustan, o me preguntás "¿qué me vas a cocinar de rico hoy?" y así, de a poco, nos vamos olvidando de lo que nos pone tristes.

Todo eso se me pasó por la cabeza, y parecía que el tiempo se había detenido en aquél café, mi amigo todavía espera una respuesta y yo exhalo y le contesto: no me imagino mi vida sin ella, he tratado, pero no puedo, me encuentro ante un abismo lleno de nada. Es lo mejor que me pudo pasar en la vida, mi mejor riesgo, mi mayor inversión, mi apuesta más grande, que hoy puedo decir que gané más de lo que puede tener un ser humano al haberte conocido. No hizo falta decirle lo maravillosa que habías sido durante todos estos años, sólo me miró y notó en el brillo de mis ojos la felicidad que sólo vos me pudiste dar.

miércoles, 20 de enero de 2010

Busqueda necesaria de contrarios



No hace falta ser un intelectual para darse cuenta de que en nuestro país carecemos de una fuerte oposición política. Cuando digo "fuerte" no me refiero a una oposición que se levante con armas, eso es claro que ya no funciona en los tiempos que corren. Estoy hablando de un partido que en una situación electoral pueda hacer frente al partido oficialista, no con un insignificante porcentaje, sino que refleje en los resultados de las urnas la diversidad de opciones que pueda tener el país. Desde el presente resulta claro que para las próximas elecciones todo candidato que se muestre como posible contrincante al oficialismo carece de apoyo masivo y tiene en sobreabundancia una dosis de desconfianza que da temor. ¿Por qué será que nos ligamos a una facción política y nos autoconvencemos de que sólo ellos pueden sacarnos adelante? ¿No alcanzan las incesantes decepciones de los últimos 25 años?
Vamos a ser claros: desde la restauración de la democracia el pueblo argentino ha demostrado y sigue demostrando que sólo puede convivir y sentirse "comodo" bajo el mando de toda facción que provenga del peronismo. El partido radical sin dudas ha tenido logros inconmensurables, pero sigue siendo blanco de críticas infundadas basadas en prejuicios de una sociedad conformista que prefiere seguir bajo el yugo del mismo sistema antes que arriesgarse al cambio. He nombrado el radicalismo no porque sea la mejor opción, que hoy, a decir verdad descepciona y mucho, sino que es es al menos el "representante" de la oposición que hasta hace 10 años tenía su voz presente y respetada tanto en las calles como en el congreso.




El miedo al cambio tiene su explicación: la gente no es estúpida y sabe muy bien lo que le conviene. ¿Cuál es el problema? Es el siguiente: lamentablemente el pueblo argentino ha decidido tomar (ya desde Perón en adelante) una metodología política conformista que brinda una sensación de estabilidad y bienestar para muchos y de persecución y tortura para otros. El torturado en este país, bajo el modelo que acabo de nombrar, es nada menos que el asalariado que no depende del Estado y todo aquel pequeño y mediano productor que debe luchar día a día para subsistir contra los embistes de un gobierno que parece estar mandado a ir en contra del sentido común, y lo que es peor, del bien común.
La metodología de brindar incesantemente bienes, servicios, salarios, educación, salud, justicia, etc. sólo al sector carenciado de la población es morbosa. 



Considero que la estategia de usar el lema "igualdad" o, más literalmente, "re-distribución justa de la riqueza" para hacer todo lo contrario nos ha llevado (y mientras escribo nos sigue llevando) a caer cada vez más en el abismo de lo incivilizado y caótico, característico de los pueblos que no han aprendido todavía a emanciparse de Estados externos y de intereses personales que nada tienen que ver con el fin último de toda política: la búsqueda del bien común.

Argentina no sabe lo que es ver a su presidente confrontando en el congreso las opiniones de los opositores. Se sigue gobernando como en la época de Julio Cesar, en la que era absurdo ser opositor, ello implicaba la muerte. No de manera tan explícita pero sí al fin y al cabo, sucede esto en nuestro país. Es lamentable, estando en el 2010 que estas cosas sigan sucediendo.




Todos aquellos que pensamos la realidad actual sin las bendas en los ojos de los subsidios de por vida que brinda este "Estado benefactor" buscamos una voz que represente el hartazgo que sentimos al ver como se desmorona el país en el que vivimos. Necesitamos candidatos que promulguen que los subsidios de por vida (y post mortem también) a cambio de nada deben ser eliminados, que la educación sea un modelo rentable, una inversión y no un gasto. Lo ideal sería que en las próximas elecciones algún partido condene la política que en estos últimos 8 años ha torturado a los inversores nacionales.




He aquí el problema: nuestro país cuenta con una cantidad considerable de ciudadanos que no van a votar tal propuesta, y eso es respetable, porque es necesario que existan diferencias, pero, como decía, el problema yace en que la desvalorización de los puntos anteriores se va a fundamentar en argumentos absurdos y comunes que sostienen que éste país sólo puede ser gobernado por tal o cual partido (peronismo, justicialismo, frente para la victoria, etc..) No es conveniente postularse a presidente y anunciar que se acabaron los subsidios absurdos, alentadores de la vagancia y de la delicuencia. El tipo que diga estas cosas no va a ganar, como el tipo que dice lo que yo digo recibe severas críticas e insultos por lo que piensa.




¿Qué hacemos, entonces, cuando vivimos en un país cuyo germen ya instalado hace más de 50 años, se ha convertido en una enfermedad crónica? Los anticuerpos son débiles, la infección es agresiva y la sangre se pudre día a día.
Espero que algún día podamos entender que el camino a seguir es el opuesto al que venimos soportando (muchos otros disfrutando). Fomentar la abulia destruye el futuro. ¿Cómo llegamos al punto de considerar que el trabajo es la peor opción? ¿cómo fue que perdimos la verguenza de ser mendigos? ¿por qué consideramos una gracia, o un don el hecho de sacar provecho de todo aquello que va en contra de la honradez?.




Marx confiaba que algún día la historia y su dialéctica iban a provocar el paraíso obrero. Eso nunca sucedió, y eso que la clase proletaria es considerablemente populosa y extensa. Algunas personas piensan que las cosas van a cambiar porque la historia está destinada a rodarse en la dialéctica de los contrarios. Eso es un grave error. Los contrarios existen, pero ello no garantiza cambio alguno. Es que mientras sigamos en la posición pasiva que sostiene que la historia hace al hombre y no al revés nunca llegaremos a ver mientras vivamos tales rupturas.
Vivimos en un tiempo en el que es tentador sentirse descepcionado. La realidad nos pega en la cara, y fuerte. Pensar en un cambio, aunque sea paulatino, es casi un acto de fe religiosa. De todos modos los invito a reflexionar sobre lo siguiente: interpretar al mundo es sumamente valioso, pero lo importante es cambiarlo (Tesis 11 sobre Feuerbach). ¿Cómo? De todas las maneras posibles, todas menos una: la pasividad, el desasosiego, el sentirse derrotado ante la avalancha de injusticias diarias. Nadie puede decir que la vida es simple, fácil. Quien realmente se anima a pensar, independientemente de lo que nos vende la televisión, debe ver esta situación como un desafío. El ser humano se caracteriza por luchar, está en su naturaleza hacerlo. Cada uno desde su lugar puede aportar una dosis de racionalidad en medio de este caos. Callándose nadie gana nada.




Las revoluciones son imposibles en los tiempos que corren, asi que no se me malinterprete. La invitación que ofrezco es sencilla, no demanda derramamiento de sangre ni tampoco incita la falta de respeto, todo lo contrario, creo que hay que ganarle a la insensatez con sabiduría, calma y muchísimo respeto.
Tal vez somos un pueblo jóven, o simplemente algunos podrán pensar que estamos condenados a vivir en este estado de alienación constante para siempre. El optimismo, aunque abarrotado, no se ha perdido, todavía existen muchas personas que comparten un proyecto de país que nada tiene que ver con la mafia actual que nos gobierna. Confiemos en que el trabajo y la creación de fuentes de trabajo, la gran apuesta por la educación y la formación de nuestros jóvenes y niños es la única guía por la que podemos empezar a pensar un mañana mejor.