"Hay que volver a la muchedumbre, su contacto endurece y pule, la soledad ablanda y pudre."
jueves, 12 de enero de 2023
"Analizando el sentido de la esperanza " - Lisandro Prieto Femenía
"La amistad en tiempos de Avatares"
No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos
Juan 15:13-17
En la presente oportunidad intentaremos reflexionar en torno al concepto de “amistad” desde una perspectiva filosófica que nos permita comprender cómo es posible el vínculo amistoso en una sociedad que ha abrazado fuertemente el individualismo rapaz y la pérdida (casi total) de atención que nos prestamos los unos a otros.
Los aportes de la filosofía podrían ser interesantes desde un punto de vista pedagógico, considerando que la formación de nuestros infantes sobre el asunto de la amistad podría estar atravesada por la búsqueda del claro discernimiento entre vínculos mutuamente beneficiosos y desinteresados y de aquellos que se dan únicamente por una finalidad utilitaria en conformidad a un fin pragmático concreto.
En ese sentido, Aristóteles (384-322 a.C) nos legó una guía sencilla sobre este asunto, distinguiendo al menos tres tipos de relaciones sociales vinculadas a la amistad. En primer lugar, nos dice que la amistad utilitaria responde estrictamente a un interés particular o mutuo, y su duración y calidad dependerá de la consecución o no de los objetivos propuestos entre las partes. Es interesante explicitar este aspecto porque al momento de evaluar las amistades tenemos que tener en claro que el hecho de tener asuntos en común no nos obliga para nada a sostener prolongadamente un nexo con una persona. Eso sí, ambas partes deben tener claro que se trata de un acuerdo práctico con miras a la consecución de fines, de lo contrario podrían haber malentendidos.
En segundo lugar, Aristóteles nos menciona el tipo de amistad que nos causa placer, gozo, diversión o simple agrado mediante la compañía circunstancial de ciertas personas. En este caso puntual sucede casi lo mismo que en la amistad utilitaria: una vez terminada la experiencia satisfactoria, generalmente por el contexto y la madurez de las personas, se concluye la amistad como tal. Dijimos previamente “madurez” porque no a todas las personas nos sucede que nos divierte lo mismo durante toda la vida: habréis podido apreciar que hay personas que se ríen de los mismos chistes o disfrutan de la remembranza de las mismas anécdotas, sin importar la edad o el paso de los años, mientras que otros van mutando sus gustos con el tiempo. Más de uno de nosotros hemos tenido amistades en la adolescencia que nos han hecho pasar momentos maravillosos, pero al mirar atrás nos damos cuenta que fue una amistad circunscrita a un momento determinado de nuestras vidas.
Por último, nuestro filósofo nos indica que el modelo más importante de amistad es aquel que está guiado por la virtud y se va formando mediante un esfuerzo mutuo (recíproco) en vistas claras a la búsqueda de la excelencia (areté). En otras palabras, se trata de la construcción de una relación que nos hace ser mejores, en lo individual y en lo comunitario simultáneamente. Este tipo de vínculo sólo es posible mediante la honesta prudencia que permite que nos valoren de manera ecuánime como nosotros también apreciamos a los demás: es el milagro de sentir alegría genuina por el bienestar y éxito de otro ser que, a su vez, espera sentir lo mismo por mí.
Evidentemente, el concepto de amistad está estrictamente ligado al de felicidad en cuanto que contar con el privilegio de la buena amistad -que nada tiene que ver con la cantidad, sino con la calidad de las relaciones que se van entablando en la vida- apunta necesariamente a la búsqueda mancomunada de una vida plena (bien común, básicamente). Como habrán podido apreciar, esto de la amistad trasciende el simple contacto con una persona o más, sino que es la base de toda construcción comunitaria: una sociedad que no sabe construir amistad jamás podría entonces constituirse en “pueblo” o “nación” en tanto que el conjunto de los vínculos estarían destinados a regirse por un utilitarismo extremo que nos ha colocado en un punto en el cual absolutamente toda exigencia quiere convertirse en derecho al mismo tiempo que toda obligación es considerada un atropello reaccionario.
Al igual que todo aquello que vale la pena en la vida, la amistad es fruto de un proceso pedagógico que se debe cultivar desde la infancia, puesto que representa un aprendizaje fundamental para que nuestros hijos sean capaces de percibir en los otros parte de aquello que valoran de sí, pero también lo digno de valorar por fuera de su propio ego y sean críticamente capaces de “clasificar” dichos vínculos al momento de enfrentar la realidad en compañía de esas relaciones sociales que se entablen criteriosamente a lo largo del tiempo.
Ahora bien, podemos mínimamente concordar en que actualmente estamos atravesados por una virtualización de las relaciones sociales, mediadas particularmente por el individualismo promocionado intencionalmente que nos ha hecho creer que “el otro” es simplemente un depositario de nuestro relato y emociones, impidiendo al menos un esbozo de diálogo sensato en el cual “el uso” del oído de los demás se ha vuelto una obsesión insoportable: ¿no han notado que cada vez con más frecuencia la gente sólo habla de sí misma y de su circunstancia, mostrando un desagradable desinterés explícito por cualquier circunstancia que le resulte externa, aun tratándose de un vínculo amistoso o familiar?
¿Qué clase de amistad es posible sin diálogo? Como bien sabemos, el diálogo no es la simple y vana conversación circunstancial, es el conocimiento a través de un vínculo que requiere la participación activa y coherente de más de una persona. ¿Con cuántos individuos puedes tú tener éste tipo de comunicación? La obsesión de querer ser vistos y escuchados nos ha llevado a un límite patético en el cual es explícito y vergonzoso el desinterés profundo que demostramos por el aprendizaje mediante un diálogo constructivo con otro ser humano. Lo paradójico de ello es que en medio de semejante auto-atomización a la que nos hemos sometido voluntariamente, acudimos a “ayudas” externas que nos indiquen medianamente el camino o nos brinde herramientas de socialización: no es casual del boom editorial de piezas de autoayuda que se centran específicamente en tu persona individual pero que olvidan categóricamente algo fundamental, que es que el eje debería estar puesto en “el otro” con el cual yo también me constituyo. Evidentemente, este tipo de manual de instrucciones relleno de recetas mágicas destinadas a una masa amorfa de personas (perdiendo totalmente de vista las vicisitudes que nos hacen ser únicos) si bien no ha dado resultados para mejorar nuestra forma de relacionarnos, ha brindado una especie de consuelo y esperanza individualista que tiene la misma vida útil que un yogurt con frutas.
En tiempos no tan lejanos, los consejos venían dados de redes sociales de carne y hueso conformados por amigos presenciales, padres, hermanos y vecinos. La sociabilidad que habíamos conseguido, sin pantallas ni likes de por medio, garantizaba de cierta manera que uno tuviera amparo ante alguien cercano. Cuando el individualismo empezó a arrasar el terreno de esa sociabilidad comunitaria y las relaciones se fueron virtualizando, las personas comenzaron a perder el hermoso beneficio de disponer de la compañía de otro mortal con quien pudiésemos llorar, pedir un consejo, confesar una situación personal que nos aqueja o disfrutar de una compañía mutuamente virtuosa al mismo tiempo que comenzamos a buscar salvavidas externos: profesionales de la salud mental o consejos de desconocidos mediante libros de autoayuda.
No estaría mal recuperar el valor de la amistad mediante el diálogo fructífero y valedero, pero ello implica, como todo lo bueno y necesario, trabajar pedagógicamente con los jóvenes haciendo particular hincapié en que los vínculos sociales significativos demandan una inversión de tiempo y de suma atención en pos de una búsqueda permanente de la felicidad y no en la obsesión de la inmediatez de novedades que nos brinda el universo de los objetos reales y virtuales, los cuales se conquistan con el simple hecho de la compra, mientras que la amistad depende de factores estrictamente racionales, emocionales, afectivos, comunicativos e incluso vitales.
A diferencia del consumo emocional que responde a la innecesaria premisa consumista de cumplir con las experiencias impuestas por figuras mediáticas, la amistad responde a una apuesta por una construcción de sentido existencial que nos permite seguir adelante, en significativa compañía, cuando todo parece estar perdido. En tiempos en los cuales absolutamente todo pretende venderse como una construcción social arbitraria, la filosofía no alineada con discursos globalizantes nos invita a un doble movimiento: retornar al origen del significado de “amigo” como otro que se constituye conmigo vitalmente por un vínculo de aprendizaje mutuo y beneficioso, como también afilar el lápiz de la crítica el momento de reflexionar en torno a la crucial diferencia entre compañía real, amistad y virtualidad en tiempos en los cuales ya no es sencillo distinguir en “los otros” el avatar que se muestra de la persona que allí se esconde.
domingo, 18 de septiembre de 2022
"Discutiendo la cultura del etiquetado moral" – Lisandro Prieto Femenía
jueves, 23 de junio de 2022
"Cuestionando el supuesto peligro de una inteligencia artificial que no piensa"- Lisandro Prieto Femenía
viernes, 27 de mayo de 2022
"Escarbando en la angustia que da sentido a la existencia"- Lisandro Prieto Femenía.
viernes, 29 de abril de 2022
“Comprendiendo la cobardía del difamar” – Lisandro Prieto Femenía
martes, 12 de abril de 2022
La estupidez le ha ganado la batalla a la sensatez?
En
un célebre artículo del New York American titulado "El triunfo de la
estupidez", el filósofo británico Bertand Russell nos legó un pensamiento
que hasta nuestros días nos da qué pensar que versa así: "el problema de
la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes
están llenos de dudas". En una ocasión previa hemos hecho mención
explícita de la típica bravuconería de los soberbios e ignorantes con poder,
pero en el día de hoy quisiéramos reflexionar en torno al desafío que nos
propuso Russell, a saber, que estamos completamente convencidos que quienes
toman las decisiones que marcan nuestro rumbo a lo largo de la vida
(gobernantes, dirigentes, secretarios, subsecretarios, asesores, y cuanto cargo
burocrático se les ocurra) hacen gala apoteósica de su inutilidad e
incongruencia, mientras que vemos las grandes mentes descubridoras, creativas y
desafiantes bajo el yugo del silencio de una servidumbre voluntaria que parece
aclamar desmedidamente la mediocridad intelectual.
En
palabras del gran Aristófanes, podríamos reafirmar que su máxima "la juventud pasa, la inmadurez se
supera, la ignorancia se cura con educación y la embriaguez con sobriedad, pero
la estupidez dura para siempre". ¿Por qué tiene tanto poder y preeminencia
la estupidez? Pues bien, intentemos deshilachar este problema. El vocablo
"estúpido" proviene del latín "stupidus"
y del verbo "stupere"
que significan "estar aturdido" o "paralizado". Estupenda
descripción inicial: el estúpido, como buen aturdido, no tiene chance alguna de
escuchar atentamente a absolutamente nadie, puesto que su postura respecto a la
comunidad que tiene que soportarlo es completamente egoísta y cerrada
(egocéntrica e individualista). Ya la palabra nos da un gran indicio de
comprensión: estar mareado, aturdido e inmovilizado es la postura excepcional
para describir a una persona que, pudiendo aprender algo de otros, decide creer
en el mito del autoconocimiento absoluto y descartar cualquier atisbo de
colaboración intelectual por cualquiera que lo rodee.
Es imprescindible aclarar en este punto que en
el pasado se le decía "estúpidos" a toda persona que tuviera algún
tipo de discapacidad o dificultad de aprendizaje. Por suerte, en nuestros días
ya no está permitido referirse a esas personas de esa manera, dejándonos el
mote disponible exclusivamente a quienes realmente les corresponde: aquellos
que pudiendo no ser imbéciles, optan serlo por decisión propia y convicción
personal.
Ahora bien, es interesante que tratemos de
comprender por qué los estúpidos, a pesar de su inestabilidad fundante, se
sienten tan seguros de sí mismos y por qué reciben tanto crédito por parte de
la sociedad. En este punto tenemos que recurrir al gran Sócrates (470 a.C – 399
a.C), a quien se le atribuye la frase “sólo sé que no sé nada”, la cual se
deriva de la interpretación de un pasaje de la obra platónica “Apología de
Sócrates”. Querefonte, amigo del enjuiciado filósofo precitado, asiste al
oráculo de Delfos para averiguar si cabe alguna posibilidad de que exista
alguien más sabio que Sócrates. Al recibir el resultado que la pitonisa de
Apolo deja entrever indicando justamente que no hay nadie más sabio que
Sócrates, éste, incrédulo, puesto que pensaba que no sabía nada, decide
implementar un experimento social: consultaría a todos los especialistas que
disponían de cierto reconocimiento, fama y calificativo de sabio, cada uno en
su rama, para verificar aquello que el oráculo había sentenciado.
Lamentablemente, el resultado de su investigación le terminó dando la razón a
la profecía: todos los “sabios” entrevistados estaban bastante flojos de
papeles y no podían dar fe de lo que decían saber en profundidad. La moraleja
de este relato radica en que el más sabio lo es justamente porque es capaz de
reconocer su ignorancia. A ello hay que añadir un detalle que no es menor: esa
“ignorancia” tiene que ver con el reconocimiento de una realidad digna de ser
conocida, pero inabarcablemente inmensa por un solo pensante, revela el desafío
concreto de la vida sabia: jamás se deja de aprender.
En las antípodas de dicho desafío, el perfil
clásico del bravucón estúpido se caracteriza básicamente por hacer gala de lo
poco que conoce y de la nula necesidad que tiene de aprender un poco más. Visto
así, suena horrible ¿verdad? Ahora bien, en el plano de la praxis es
apabullante y escalofriante ver cómo en nuestra sociedad (y esto es un problema
global) se ha naturalizado la banalidad que propicia la estupidez de la
petulancia ignorante que no sólo retrasa en términos epistémicos, sino que
entorpece seriamente, en términos políticos porque, hay que decirlo, contamos
entre nuestros máximos exponentes y altos representantes de la estupidez
aquellos que suelen tener un bolígrafo cuya firma condiciona nuestra existencia
mediante decisiones cruciales.
Siendo estrictamente fiel a la etimología
precitada del término “estupidez”, el gran Ortega y Gasset inventó un
neologismo espectacular para poder comprender la actitud prototípica de la
abulia que produce el abrazar la ignorancia con tanto amor. Precisamente llamó
“hemiplejía moral” al estado intelectual simbólico en el que se encuentran las
personas que se auto-determinan bajo el marco de una ideología específica (él
menciona, por su época, a la “izquierda” y la “derecha”, pero hoy tenemos otras
variantes que cumplirían el mismo rol). Ese estado de parálisis impediría
acceder a un pensamiento complejo, extenso, sensato por la limitación evidente
que devela el centrar la interpretación de la vida con las gríngolas que sirven
de “protector” que se suele colocar en los ojos a los caballos para que sólo
puedan mirar un punto fijo y no se distraigan con el entorno.
Salir de la caverna es siempre una invitación
válida y un desafío acuciante. Quitarse las anteojeras para mirar a los
costados fue, es y debería seguir siendo, el único motor que intente impulsar
la educación para la libertad. Como hemos podido apreciar en las líneas
precedentes, no será fácil (nunca lo fue) escapar del yugo del imperio de la
estupidez. Aún así, a no desanimarnos: siempre estamos a tiempo de dar el
primer paso, que no es más que dejar de aceptar sin dudar nada de nadie, y
mucho menos, de parte de estúpidos.
viernes, 18 de marzo de 2022
Desmontando la romantización de la indignidad – Lisandro Prieto Femenía
miércoles, 15 de diciembre de 2021
“Intentando comprender el mal” – Lisandro Prieto Femenía
Es sustancialmente imposible abarcar en un artículo de opinión el problema
del mal. Aún así, en la presente ocasión nos interesa presentar al menos
algunas aristas de este asunto, que no ha sido indiferente para la historia del
pensamiento, desde Epicuro (341 A.C) hasta nuestros días. Y tomaremos justamente al filósofo griego como punto de partida
porque fue el primero en brindarnos una formulación del problema dejando de
lado cualquier justificación del mismo que aluda a tirar la pelota a la cancha
de los dioses: el mal es nuestra responsabilidad.
Una cosa es la palabra, y otra muy distinta el concepto. El vocablo “mal”,
en latín “măle”, apócope de “malo”- “malus”, en griego “mélas”, “mélanos” significante
de una raíz sánscrita de “mala”, haciendo referencia a la adjetivación de
“negro” en el sentido de “sucio”, utilizado, por ejemplo, en la terminología
médica para designar al “melanocarcinoma”, también conocido como tumor. Por su
parte, el concepto del mal tiene tantas significaciones históricas como
corrientes de pensamiento existentes, aunque es preciso indicar algunas
continuidades en la polisemia precedentemente enunciada.
Resulta difícil encarar el origen del problema del mal intentando quitar
del medio la injerencia que se le ha dado a Dios sobre este asunto. La paradoja
que nos presenta Epicuro consiste en pensar que: o Dios es un ser perverso que
nos castiga creando la entidad maligna, pudiendo evitarla, o bien que la
divinidad queda exenta de nuestra participación al mal y a las consecuencias
que acarrea ser libres en este mundo. Otro ejemplo de dicha paradoja es
presentado también en el Antiguo Testamento, específicamente en el Libro de Job
y la descripción de todas las desgracias por las que tuvo que atravesar su
existencia, siendo la misma una puesta a prueba constante a la fe. Y usted
querido lector se preguntará: ¿qué diablos tiene que ver la fe con el problema
del mal?
Justamente, para intentar responder a esa pregunta, asistiremos a la ayuda
de un pensador bastante enemistado con cualquier tipo de esperanza que provenga
de la fe, nuestro gran y simpático amigo Arthur Shopenhauer, quien sostenía que
el mal no tiene otro origen más que nosotros mismos, puesto que es parte
constituyente de nuestra naturaleza, al igual que otras pasiones como la
violencia, el deseo o el amor. Arthur, con buen atino, nos señala que nuestra
alma alberga de manera suficiente estos aspectos contradictorios, pero sobre
todo el aspecto maligno, al cual lo considera desde un punto de vista positivo
(puesto que “nos hace sentir”).
¿Qué nos hace sentir el mal? Dependiendo la mente que lo piense,
seguramente, obtendremos una multiplicidad de posibles respuestas. Pero
podríamos simplificar aquí que el mal nos produce un sobrecogimiento propio de
cualquier fenómeno que nos resulte incomprensible: ¿Es comprensible que una
madre mutile, torture, quiebre y asesine a su propio hijo de 5 años de edad?
¿Es comprensible la aniquilación de una aldea completa en algún rincón arenoso
de nuestro planeta mediante un bombardeo de munición pesada guiado por un
drone? ¿Es comprensible que un ser humano adulto corrompa y abuse sexualmente
de un niño? ¿Es comprensible un taller clandestino de textiles donde las
costureras usan pañales porque no tienen permitido siquiera asistir al baño?
¿Es comprensible que, existiendo absolutamente todos los medios posibles para
evitarlo, aún hoy, muera gente de hambre en este mundo? Como podemos apreciar,
no. No es comprensible. Lo que sí es, siempre, indignante.
Tal vez, como señaló Epicuro y reforzó Schopenhauer, el error ha consistido
en pensar que aquello que acabamos de definir incomprensible forma parte de una
esfera externa a la razón humana. Y, como hemos señalado en múltiples
ocasiones, el mal siempre es racional. Los campos de exterminio no son
construidos por pasiones, sino por gobernantes, ingenieros, funcionarios, capataces
y albañiles, con nombre y apellido: el mal siempre tiene un autor y
generalmente está acompañado por sus respectivos seguidores, que suelen ser las
personas registradas en el padrón electoral.
Como habéis podido apreciar, el mal desde este punto de vista, nada tiene
que ver con la simbología demoníaca o con la personificación material de una
fuerza metafísica. Al decir que se trata de una condición inherente a la esencia
de lo propiamente humano, estamos declarando lisa y llanamente nuestra
responsabilidad al respecto. La posibilidad de hacer daño, de provocar males en
otros, no nos viene dada por infusión de un genio maligno, sino que nace de
nuestras capacidades más propias. Incluso, hay que añadir, adoptando posturas
pasivas e indiferentes ante la injusticia (forma del mal más frecuente) estamos
siendo siervos obedientes del accionar violento de autoría de otros (recordemos
levemente la sentencia de Luther King: “me duele más el silencio de los buenos
que el accionar de los malvados”).
Ahora bien, es imprescindible pensar el mal desde su completitud, y la
misma está dada por su antagónico, aquel que solemos llamar “bien”. Según
Agustín de Hipona, el mal no es más que ausencia de bien. Lejos de tener
entidad propia, el mal aparece cuando el bien se retrae, así como la oscuridad
es ausencia de luz y el odio privación de amor. En la lógica de la teología
agustiniana, lo que se quiere demostrar es que el sumo bien, representado por
Dios, se dona y se entrega a criaturas que libremente participan de él de
manera libre y proporcional.
Por su parte, Hannah Arendt, lectora atenta de Agustín, nos legará una
reflexión sobre ese mal sin raíz esencial propia, considerándolo desde su
banalidad, su superficialidad, tomando como modelo a Eichmann, un nazi
condenado por un tribunal israelí por su participación en el exterminio judío
por parte del régimen de Adolf Hitler. La representación de este mal banal se
sustentó en la descripción de un sujeto que había renunciado al principio de
libertad al justificar sus actos con argumentos como “era mi deber”, “como
soldado, tenía que acatar órdenes”, y similares apreciaciones dignas de un ser
indigno. Lo que Arendt nos quiere mostrar es que el mal es portado y
participado por millares de personas tanto en contextos de guerra (en estado de
excepción) como en democracia (en Estado de Derecho), de manera gratuita e
innecesaria. Esa liviandad con la cual ciudadanos comunes son artífices,
testigos y participantes de la maldad fáctica, es tan aterrador como su
concepto de “mal radical”, que se refiere puntualmente a las acciones concretas,
planificadas y ejecutadas con meticulosidad por parte de regímenes totalitarios
que implícita o explícitamente gestan agendas de exterminio y depreciación de
todo rasgo que pueda considerarse humano sobre otros pueblos, etnias o
comunidades concretas. Podemos avizorar con claridad que los dos tipos de males
descritos por Arendt son totalmente conciliables, puesto que uno pretende
aniquilar cualquier capacidad individual de las personas, mientras que el otro
es el mal efectuado por las personas que han abrazado renunciar a su condición
libre (en otras palabras, ciudadanos que avalan atrocidades por la cobardía
propia de no querer decir “no” jamás).
Todo lo previamente explicitado no es un planteamiento meramente
intelectual o académico. Se trata de un esbozo de esfuerzo de comprensión para
un fenómeno que si bien está totalmente naturalizado, a muchos nos duele
cotidianamente. La banalización de la criminalización, el hambre, la guerra y
la injusticia nos ha pretendido crear un cuero moral demasiado duro que nos quiere
hacer impermeables a la compasión y a la acción. La frivolidad y la inacción,
en ese sentido, han sido siempre el alimento preferido del autoritarismo y
cualquier forma de maldad.
Somos
conscientes que se nos escapan de las manos un millar de aspectos fundamentales
propios del análisis apropiado del problema del mal. Y seguramente, ésta es tan
sólo una de las ocasiones de las cuales tendremos para continuar pensándolo.
Pero al menos hemos dado un pequeño paso en dirección a la comprensión: todo mal
efectuado por una persona, sea banal o radical, es racional. Las pasiones
juegan un rol importante, del cual no nos hemos ocupado en este escrito, pero
es necesario que separemos la justificación del mal mediante las emociones y
dispongamos del razonamiento necesario para comprender esto que nos atraviesa
en la cotidianidad. Los filósofos que hemos expuesto hoy coinciden en este
punto: generalmente hay mal cuando hay renuncia a la libertad; se sirve al mal
cuando se abandona el pensar; se es partícipe del mal, cuando hay compromiso
por el individualismo y el desinterés. En otras palabras, querido amigo lector:
la mayoría de las atrocidades que acontecieron, acontecen y acontecerán, son,
en gran medida evitables. No hay un destino fijado, ni tampoco somos marionetas
de seres que habitan en el Olimpo. La pelota está en nuestro campo, ¿en qué posición
jugaremos esta partida? Piénsalo.
jueves, 4 de noviembre de 2021
¿Te animas a ser tú, por siempre?
viernes, 29 de octubre de 2021
Desnaturalizando la servidumbre voluntaria – Lisandro Prieto Femenía
En una emblemática y conocidísima editorial de su programa, el periodista y escritor español Jesús Quintero nos regaló un mensaje exquisito que hoy vamos a analizar respecto a un asunto inquietante para muchos, pero intrascendente para una gran mayoría, a saber, el tipo de existencia que responde a la servidumbre voluntaria. Nos advierte Quintero: “Siembre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como una vergüenza. Nunca como ahora, la gente había presumido de no haberse leído un p#@* libro en su jo#*@* vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate. Los analfabetos de hoy son los peores, porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación: saben leer y escribir, pero no ejercen. Cada día son más, y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión cada vez se hace más a su medida. Las parrillas de los distintos canales compiten ofreciendo programas pensados para una gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura, que quiere que la diviertan o que la distraigan aunque sea con los crímenes más brutales o con los más sucios trapos de portera. El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría, amigos. Todo es superficial, frívolo, elemental, primario, para que ellos puedan entenderlo y digerirlo. Esos son socialmente la nueva clase dominante aunque, siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas. Y así nos va… a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad, un poquito más hombre, un poquito más…”
Muchos de los actualmente existentes hemos tenido la oportunidad de experimentar en nuestra vida la experiencia de un bisabuelo o abuelo que a veces o, en el mejor de los casos, a duras penas, pudo terminar su educación primaria o elemental. Se trataba de un mundo que no exigía doctorados para acceder al empleo y/o al emprendimiento de cualquier tipo de empresa. Y sí, como bien indica Jesús, uno notaba en ellos que el no saber leer o escribir, lejos de ser motivo de orgullo, producía una sensación de carencia que conllevaba a cierto tipo de vergüenza, básicamente porque en ese mundo y en ese tiempo, “no saber” o “no poder” era literalmente una limitación en absoluto ponderada. Claro ejemplo de ello es la consideración que se tenía sobre los docentes en ese entonces: se trataba de un ciudadano ilustre, totalmente digno de respeto y admiración por parte de su sociedad, el cual disponía de un capital cultural que le permitía ocupar un lugar social (de prestigio, no económico) privilegiado, justamente porque en los docentes devenía la responsabilidad de educar a los hijos y nietos de esa generación mayoritariamente analfabeta.
Pues bien, nos dice Quintero, de ese mundo al actual, hubo una transvaloración diametralmente opuesta que le quitó el velo de la vergüenza a ese “no saber” y lo convirtió, literalmente, en un talento. Sí, en un talento. Y no es necesario dar ejemplos concretos, puesto que todos los que puedan estar leyendo este artículo conocen perfectamente el tipo de contenidos virales, masivos y deseados que circulan por las redes sociales y el prime-time de la TV. En la casi totalidad de dichos contenidos, el modelo no es el profesor que mencionábamos precedentemente, no es la brújula moral que busca equilibrar la coherencia entre pensar, decir y hacer, sino más bien todo lo contrario. Cuanto más vulgar, trivial, banal e insensible es el contenido que se ofrece, mas poder de consumo recibe. Esto no es casual ni accidental: los productos “culturales” más vendidos son aquellos que tienden a la entretención sin implicación interpretativa o crítica alguna y se presentan benevolentemente como medios para “desenchufarnos” de una existencia agobiante.
El hecho de contar con poblaciones formalmente “educadas”, con acceso a la educación y con un mercado laboral que hace imprimir certificaciones académicas a la manera que la casa de la moneda imprime billetes y, al mismo tiempo, asistir a un tiempo en el cual se celebra abiertamente el abandono el pensar crítico, es lo que Quinteros señala cuando nos indica que “saben leer y escribir, pero no ejercen”. Este asunto es particularmente grave dado que nos encontramos en un tiempo catastróficamente paradójico: nunca en la historia la humanidad tuvo tantas facilidades y medios para acceder al conocimiento como hoy y, sin embargo, nunca se ha registrado que dicha población capacitada renuncie tan cabalmente a cualquier atisbo de actitud crítica ante “lo dado”. Podemos apreciar cómo se pasó de la ilusión de la educación (y el arte) como medio emancipador o de ruptura al status quo, de movilidad social, a su opuesto trágico: la educación y la cultura como accesorio, medios de consumo para la adquisición de capital cultural que acredita puntaje y no necesariamente saber.
En ese sentido, consideramos interesante el aporte que nos brindaron Adorno y Horkheimer en torno al tratamiento de la “industria cultural” como el dispositivo de poder que instala un mercado de mercancías culturales que le arrasan a la obra de arte su capacidad de ruptura, que no es nada más ni nada menos que su potencia para develar críticamente aquello con lo cual la sociedad no está conforme. Como también oportunamente lo señaló Benjamin al referirse a la pérdida del aura de la obra de arte, confluyen aquí en considerar que dicha industria reemplaza lo crítico por lo entretenido, a los fines prácticos de mantener el malestar apaciguado, disfrazando dichos productos en medios para “desenchufarnos”. A fin de cuentas, como pudimos apreciar en la maravillosa obra de hermanos Wachowski (“The Matrix”), en la quimera de una supuesta liberación de los pesares se encuentra la clave de nuestra esclavitud.
Justamente por ello es fundamental recordar, aunque sea por un instante, aquello que nos advertía Étienne de La Boétie (1530-1563) en su inmortal “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” al expresar que “la libertad, un bien tan grande y deseable” una vez que se pierde, “todos los males sobrevienen, y aún los bienes que quedan después pierden por completo su gusto y saber corrompidos por la servidumbre”. ¿Cómo renunciar al bombardeo mediático y cultural-mercantil al que somos sometidos cotidianamente? No es para nada sencillo responder a dicha pregunta en un breve artículo de opinión, pero si de algo nos sirve el aporte de La Boétie, podemos ofrecer un atisbo de dilucidación: “así también los tiranos, cuanto más roban, más exigen, más arruinan y destruyen, más se les da y más se les sirve, tanto más se mortifican y se hacen continuamente más robustos y vigorosos para aniquilarlo y destruirlo todo, pero si no se les da nada y no se les obedece, sin combatirlos ni golpearlos quedan desnudos y desechos y no son ya nada…” . En resumidas cuentas, a veces no obedecer ciegamente, es suficiente como para considerarlo un comienzo para nada despreciable que nos invita a darnos cuenta que es posible otro camino, el de permitirnos detenernos un segundo a dudar y cuestionar a la vorágine de consumo innecesario que nos implica tiempo, energía e incluso cierta pérdida de nuestra capacidad crítica reflexiva.
Consecuentemente, el contemporáneo filósofo surcoreano Byung-Chul Han nos demuestra en su discurso en torno a la autoexplotación voluntaria que en la precitada lógica de la industria cultural el nivel de alienación es tal que ni siquiera somos conscientes que estamos siendo explotados. Y eso no es todo, puesto que agrega que en la banalidad de creer (o comprar el paquete de idea) que “nos estamos realizando”, no hacemos más que explotarnos a nosotros mismos. Coincidiendo con La Boétie (a pesar de los 6 siglos que los separan) Byung-Chul Han nos remarca que el nivel de sofisticación del neoliberalismo es tal que ni siquiera podemos apuntar la mira a un enemigo visible, lo cual nos convierte a nosotros mismos en nuestros propios regentes domadores y promotores del servilismo voluntario, acarreando con ello las consecuencias que paga nuestro cuerpo y nuestro entorno social más íntimo.
Como hemos podido apreciar, los medios para atender al kantiano “sapere aude” (atrévete a saber; ten el valor de usar tu propia razón) los tenemos al alcance de la mano, generalmente a través de dispositivos de pocas pulgadas que sostiene la palma de una mano. Pero eso no es suficiente si no comenzamos a sentir la necesidad de superar la superficialidad banal con la que se nos muestra una realidad inexistente pero entretenida. Ese clamor de “un poquito má hombre!” debe dejar de ser un tabú de una minoría que no encuentra su lugar en el escenario caótico y divertido que subyuga toda posibilidad de alzar la frente y preguntar ¿es esto suficiente?, ¿qué nos estamos perdiendo por aceptar servilmente la naturalización de la vulgaridad?, ¿qué vida hay más allá de los límites del reinado de la trivialidad entretenida?
jueves, 30 de septiembre de 2021
Ser auténticos en un mundo inauténtico
En la presente oportunidad intentaremos abordar reflexivamente la
posibilidad de la autenticidad de la existencia humana en un contexto global
dominado estrictamente por la técnica y la globalización. Para ello, debemos
brindar un primer esbozo de aquello que se entiende por “auténtico”.
Generalmente se juzga que es aquello que es presentado como cierto y/o
verdadero justamente por las características propias que definen a algo o a
alguien. También es común interpretar algo como auténtico cuando es consecuente
consigo mismo, es decir, que es tal cual se ve o como calificación de
testimonio de identidad y marca fehaciente que certifica dicha autenticidad.
Asimismo, cuando hablamos de la “era” del dominio de la técnica nos referimos a
lo que Heidegger señalaba acerca del abandono de la pregunta por el ser y del
peligro que representa el hecho de rendirle culto al ente, al punto tal de
convertirse el ser humano en un útil, cosa o ser-a-la-mano. El no poder
“recobrarse” por encontrarnos extraviados en el mundo informe y público del
“se” (“se dice”-“se muestra”-“se aprecia”, etcétera) nos implica el surgimiento
de la autenticidad, que no es más que el poder ser uno mismo. En otras
palabras, se trataría del riesgo de convertirnos en esclavos de las “cosas” que
nosotros mismos producimos y tornarnos un “ser-a-la-mano” de otros.
La ceguera moderna ante el ser de lo ente y su consecuente fe en una idea
de progreso pudo haber instalado en las ilusiones de la humanidad la quimera de
pensar que tenemos el poder de dominar completamente las entidades del mundo. A
este respecto sólo queremos señalar pasajeramente que estamos presenciando
anonadados, desde todos los rincones del globo, cómo un volcán de La Palma y la
sublime facticidad de su poderío destrozan dicha ilusión. Pero respecto a la
absurda obsecuencia de voluntad de dominio del hombre sobre la naturaleza,
hablaremos en otra ocasión.
Ahora bien, no sólo ante cosas materiales la humanidad ha ido cediendo
progresivamente su espacio de libertad y autenticidad. Cuando el discurso
filosófico es propaganda de agendas globalistas que requieren de un marco
discursivo que las avale, el mismo se convierte en producto enlatado de
ideologías de no tan dudosa procedencia. La profunda masificación cultural
mediante colosales empresas de propagación y difusión de supuestos marcos
teóricos que dicen ser “de nuestro tiempo” no hacen más que caer en la
repetición publicitaria de intereses concretos que se muestran como
preponderantemente acuciantes, cuando en el fondo no son más que panfletos falaces
que venden perspectivas supuestamente pluralistas. Así pues, como podemos
apreciar, también en el caso del mundillo de los intelectuales se promueve el
servilismo y el abandono a toda pretensión de autenticidad, puesto que, como
solía señalar Lippmann, “donde todos pensamos igual, nadie piensa”.
En una entrevista realizada a la filósofa española Carmen Rovira en el año
2018[1]
señala con precisión aquello que previamente señalamos cuando afirmó que los
filósofos de hoy son cobardes, básicamente porque no se interesan en “dar la
cara” frente a un mundo que exige ser pensado rigurosamente. Rovira sostiene
que el pensamiento filosófico en nuestro tiempo a veces es motivo de burla
justamente porque provoca temor. ¿Temor a qué, se preguntará ud., señor lector?
Básicamente temor a la libertad que es capaz de expedir el ejercicio del
riguroso pensar filosófico que apunta a “descubrir” o comprender verdades que
comprometen el estado de normalidad de la existencia comunitaria. En otras
palabras, el pensamiento formativo filosófico implica en la sociedad la
constante necesidad de pensarse, para encontrar respuestas y soluciones a
aquello que nos es presentado como pensamiento único. La filosofía que no es de
mercaderes discursivos implica siempre, en mayor o menor medida, una mirada que
apunta al cambio. ¿Se comprende ahora el por qué de la campaña de total
desprestigio y de mercantilización discursiva?
Aun así, es necesario contar con el recaudo que nos ofrece Arendt en su
Capítulo III de “Ensayos de comprensión”, al afirmar que no ve necesaria la
primacía del “ser-si-mismo” sobre el “ser-uno-más”. Coincidimos plenamente,
puesto que la pretensión de una supuesta superioridad de uno sobre otro conduce
inexorablemente a clasismos y elitismos excluyentes. Pero la salvedad que hay
que añadir aquí es la siguiente: se puede ser “uno-mas” en cuanto miembro
activo de una comunidad y ser, simultáneamente, “uno mismo” en cuanto sujeto
individual pensante. El problema surge cuando se es “uno-mas” y se renuncia a
la posibilidad de ser el ser que se pregunta por su ser. Conocemos
perfectamente las consecuencias políticas, sociales, económicas, judiciales y
humanistas de dicha degradación: pasamos a ser un útil “entre otros” que son
“uno-más”.
Dicho esto, llegamos a la provisoria conclusión de que querer comprender es
siempre un acto revolucionario. No es posible ni es concebible pensar en la
autenticidad de nuestra existencia si somos rehenes de bienes, servicios,
productos y discursos hegemónicos incuestionables. El peligro que advertía
Heidegger hace más de medio siglo se nos hace hoy patente cuando notamos que
tenemos temor al pretender pensar, cuando nos da miedo preguntar y, sobre todo,
cuando vivimos en estado permanente de suspensión del juicio por prevención
ante la eventual cancelación.