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miércoles, 15 de diciembre de 2021

“Intentando comprender el mal” – Lisandro Prieto Femenía

Es sustancialmente imposible abarcar en un artículo de opinión el problema del mal. Aún así, en la presente ocasión nos interesa presentar al menos algunas aristas de este asunto, que no ha sido indiferente para la historia del pensamiento, desde Epicuro (341 A.C)  hasta nuestros días. Y tomaremos justamente  al filósofo griego como punto de partida porque fue el primero en brindarnos una formulación del problema dejando de lado cualquier justificación del mismo que aluda a tirar la pelota a la cancha de los dioses: el mal es nuestra responsabilidad.

Una cosa es la palabra, y otra muy distinta el concepto. El vocablo “mal”, en latín “măle”, apócope de “malo”- “malus”, en griego “mélas”, “mélanos” significante de una raíz sánscrita de “mala”, haciendo referencia a la adjetivación de “negro” en el sentido de “sucio”, utilizado, por ejemplo, en la terminología médica para designar al “melanocarcinoma”, también conocido como tumor. Por su parte, el concepto del mal tiene tantas significaciones históricas como corrientes de pensamiento existentes, aunque es preciso indicar algunas continuidades en la polisemia precedentemente enunciada.

Resulta difícil encarar el origen del problema del mal intentando quitar del medio la injerencia que se le ha dado a Dios sobre este asunto. La paradoja que nos presenta Epicuro consiste en pensar que: o Dios es un ser perverso que nos castiga creando la entidad maligna, pudiendo evitarla, o bien que la divinidad queda exenta de nuestra participación al mal y a las consecuencias que acarrea ser libres en este mundo. Otro ejemplo de dicha paradoja es presentado también en el Antiguo Testamento, específicamente en el Libro de Job y la descripción de todas las desgracias por las que tuvo que atravesar su existencia, siendo la misma una puesta a prueba constante a la fe. Y usted querido lector se preguntará: ¿qué diablos tiene que ver la fe con el problema del mal?

Justamente, para intentar responder a esa pregunta, asistiremos a la ayuda de un pensador bastante enemistado con cualquier tipo de esperanza que provenga de la fe, nuestro gran y simpático amigo Arthur Shopenhauer, quien sostenía que el mal no tiene otro origen más que nosotros mismos, puesto que es parte constituyente de nuestra naturaleza, al igual que otras pasiones como la violencia, el deseo o el amor. Arthur, con buen atino, nos señala que nuestra alma alberga de manera suficiente estos aspectos contradictorios, pero sobre todo el aspecto maligno, al cual lo considera desde un punto de vista positivo (puesto que “nos hace sentir”).

¿Qué nos hace sentir el mal? Dependiendo la mente que lo piense, seguramente, obtendremos una multiplicidad de posibles respuestas. Pero podríamos simplificar aquí que el mal nos produce un sobrecogimiento propio de cualquier fenómeno que nos resulte incomprensible: ¿Es comprensible que una madre mutile, torture, quiebre y asesine a su propio hijo de 5 años de edad? ¿Es comprensible la aniquilación de una aldea completa en algún rincón arenoso de nuestro planeta mediante un bombardeo de munición pesada guiado por un drone? ¿Es comprensible que un ser humano adulto corrompa y abuse sexualmente de un niño? ¿Es comprensible un taller clandestino de textiles donde las costureras usan pañales porque no tienen permitido siquiera asistir al baño? ¿Es comprensible que, existiendo absolutamente todos los medios posibles para evitarlo, aún hoy, muera gente de hambre en este mundo? Como podemos apreciar, no. No es comprensible. Lo que sí es, siempre, indignante.

Tal vez, como señaló Epicuro y reforzó Schopenhauer, el error ha consistido en pensar que aquello que acabamos de definir incomprensible forma parte de una esfera externa a la razón humana. Y, como hemos señalado en múltiples ocasiones, el mal siempre es racional. Los campos de exterminio no son construidos por pasiones, sino por gobernantes, ingenieros, funcionarios, capataces y albañiles, con nombre y apellido: el mal siempre tiene un autor y generalmente está acompañado por sus respectivos seguidores, que suelen ser las personas registradas en el padrón electoral.

Como habéis podido apreciar, el mal desde este punto de vista, nada tiene que ver con la simbología demoníaca o con la personificación material de una fuerza metafísica. Al decir que se trata de una condición inherente a la esencia de lo propiamente humano, estamos declarando lisa y llanamente nuestra responsabilidad al respecto. La posibilidad de hacer daño, de provocar males en otros, no nos viene dada por infusión de un genio maligno, sino que nace de nuestras capacidades más propias. Incluso, hay que añadir, adoptando posturas pasivas e indiferentes ante la injusticia (forma del mal más frecuente) estamos siendo siervos obedientes del accionar violento de autoría de otros (recordemos levemente la sentencia de Luther King: “me duele más el silencio de los buenos que el accionar de los malvados”).

Ahora bien, es imprescindible pensar el mal desde su completitud, y la misma está dada por su antagónico, aquel que solemos llamar “bien”. Según Agustín de Hipona, el mal no es más que ausencia de bien. Lejos de tener entidad propia, el mal aparece cuando el bien se retrae, así como la oscuridad es ausencia de luz y el odio privación de amor. En la lógica de la teología agustiniana, lo que se quiere demostrar es que el sumo bien, representado por Dios, se dona y se entrega a criaturas que libremente participan de él de manera libre y proporcional.

Por su parte, Hannah Arendt, lectora atenta de Agustín, nos legará una reflexión sobre ese mal sin raíz esencial propia, considerándolo desde su banalidad, su superficialidad, tomando como modelo a Eichmann, un nazi condenado por un tribunal israelí por su participación en el exterminio judío por parte del régimen de Adolf Hitler. La representación de este mal banal se sustentó en la descripción de un sujeto que había renunciado al principio de libertad al justificar sus actos con argumentos como “era mi deber”, “como soldado, tenía que acatar órdenes”, y similares apreciaciones dignas de un ser indigno. Lo que Arendt nos quiere mostrar es que el mal es portado y participado por millares de personas tanto en contextos de guerra (en estado de excepción) como en democracia (en Estado de Derecho), de manera gratuita e innecesaria. Esa liviandad con la cual ciudadanos comunes son artífices, testigos y participantes de la maldad fáctica, es tan aterrador como su concepto de “mal radical”, que se refiere puntualmente a las acciones concretas, planificadas y ejecutadas con meticulosidad por parte de regímenes totalitarios que implícita o explícitamente gestan agendas de exterminio y depreciación de todo rasgo que pueda considerarse humano sobre otros pueblos, etnias o comunidades concretas. Podemos avizorar con claridad que los dos tipos de males descritos por Arendt son totalmente conciliables, puesto que uno pretende aniquilar cualquier capacidad individual de las personas, mientras que el otro es el mal efectuado por las personas que han abrazado renunciar a su condición libre (en otras palabras, ciudadanos que avalan atrocidades por la cobardía propia de no querer decir “no” jamás).

Todo lo previamente explicitado no es un planteamiento meramente intelectual o académico. Se trata de un esbozo de esfuerzo de comprensión para un fenómeno que si bien está totalmente naturalizado, a muchos nos duele cotidianamente. La banalización de la criminalización, el hambre, la guerra y la injusticia nos ha pretendido crear un cuero moral demasiado duro que nos quiere hacer impermeables a la compasión y a la acción. La frivolidad y la inacción, en ese sentido, han sido siempre el alimento preferido del autoritarismo y cualquier forma de maldad.

Somos conscientes que se nos escapan de las manos un millar de aspectos fundamentales propios del análisis apropiado del problema del mal. Y seguramente, ésta es tan sólo una de las ocasiones de las cuales tendremos para continuar pensándolo. Pero al menos hemos dado un pequeño paso en dirección a la comprensión: todo mal efectuado por una persona, sea banal o radical, es racional. Las pasiones juegan un rol importante, del cual no nos hemos ocupado en este escrito, pero es necesario que separemos la justificación del mal mediante las emociones y dispongamos del razonamiento necesario para comprender esto que nos atraviesa en la cotidianidad. Los filósofos que hemos expuesto hoy coinciden en este punto: generalmente hay mal cuando hay renuncia a la libertad; se sirve al mal cuando se abandona el pensar; se es partícipe del mal, cuando hay compromiso por el individualismo y el desinterés. En otras palabras, querido amigo lector: la mayoría de las atrocidades que acontecieron, acontecen y acontecerán, son, en gran medida evitables. No hay un destino fijado, ni tampoco somos marionetas de seres que habitan en el Olimpo. La pelota está en nuestro campo, ¿en qué posición jugaremos esta partida? Piénsalo.

 

 

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

El cliché del abandono del pensar

Hoy reflexionaremos en torno a dos categorías fundamentales para pensar nuestro modo de existencia, a saber, el perdón y la comprensión, nociones cruciales presentadas por Hannah Arendt en sus “Ensayos de comprensión” (1930-1954). 

En su Capítulo Nº31 titulado “Comprensión y política (dificultades de la comprensión)” comienza con la arrolladora afirmación que desmonta un mito político que sostiene que “no se puede combatir el totalitarismo sin comprenderlo”. Ciertamente, si bien es reconfortante pensar en ello, Arendt nos aclara que es totalmente falso. De ser cierta dicha pronunciación, estaríamos condenados, puesto que una cosa es comprender, y otra muy distinta contar con la información correcta. Mientras que la comprensión no tiene fin, porque es un modo de estar en el mundo a través del cual nos reconciliamos con la realidad mediante un sinnúmero de cambios y variaciones, el conocimiento fáctico solo nos muestra una cara explícita de un hecho concreto. 

Es innegable que la comprensión es un paso previo esencial para llegar a la reconciliación, pero el acto del perdón en sí no es ni por cerca condición necesaria para comprender. Para entender esto, es crucial que diferenciemos brevemente los términos. El perdón, nos dice Arendt, es sin lugar a dudas una de las más grandes capacidades humanas, “y tal vez una de las más osadas acciones”, puesto que su motivación se enfoca en un imposible: “aparentar deshacer lo que se ha hecho” en busca de un nuevo comienzo, allí donde todo se presentaba finiquitado. En términos prácticos, es un accionar particular que concluye en un acto singular.

Por su parte, el acto de comprender no puede producir jamás resultados definitivos puesto que no tiene fin. Se trata de un proceso que inicia en el nacimiento de la persona y concluye con su deceso, lo cual lo constituye en el “modo específicamente humano de estar vivo”, en el sentido de que necesitamos reconciliarnos con un mundo al que hemos sido arrojados cual extraños en un entorno que nos resultará ajeno “en razón de la unicidad” que representamos en cuanto personas. Y usted, señor lector, se preguntará ¿qué tiene que ver comprender con perdonar? Dejemos que Arendt nos muestre el puente: en la medida en que surjan gobiernos totalitarios (acontecimiento central de nuestro mundo), comprender el totalitarismo no implica en absoluto un indulto, sino que habilita posibilidad de reconciliarnos (poder existir) “en un mundo en que tales cosas son posibles”. Somos parte de ese mundo que dispensa muerte, miseria, injusticia, hambruna y violencia. No querer comprenderlo implicaría un abandono voluntario al pensar que se convierte inmediatamente en un servicio a la banalidad del mal de dicho mundo. 

Todos estos indicios nos precipitan a pensar que el mito falseado precedentemente se sustenta en la supuestamente bienintencionada intención de instruir mediante el cliché de que los libros pueden ser armas, o que es posible combatir con las palabras. Pues no, lamentablemente la violencia es la hija predilecta del poder, es muda y a su vez, silenciadora: “la violencia empieza donde el discurso acaba”. El peligro que aquí señalamos es el siguiente: cuando las palabras son utilizadas como medio de combate, pierden completamente su efectividad de discurso y se convierten en clichés al infiltrarse en la cotidianidad de un lenguaje al extremo de anular completamente la posibilidad de hablar mediante discursos que cancelan cualquier posibilidad honesta de resolver nuestras diferencias. De esta manera es que el autoritarismo se adueña de la palabra, la convierte en receptáculos estancos de comprensión que sirven de arma discursiva para silenciar cualquier esbozo o intento de comprensión serio. 

La práctica que acabamos de mencionar, propia del autoritarismo de manual de cualquier gobierno totalitario del siglo XX, ha tenido sus mutaciones mediante sofisticados acomodamientos epocales que han convertido el silenciamiento en política estatal en todas las retículas institucionales ya sea a nivel nacional o global. Arendt la rotula como “adoctrinamiento”, que no es más que un “atajo” que evita la comprensión e invita, consecuentemente, a la destrucción concreta de su accionar. Dicho atajo conlleva, por consecuencia lógica, a una perversión simbolizada en la imposibilidad de reconciliación con el mundo en el que habitamos y sufrimos. En este punto es crucial señalar que la perversión silenciadora del adoctrinamiento es propia de la suspensión de la comprensión, no del conocimiento. Abandonar el pensar no implica no entender lo que sucede. Lo que se logra mediante el mecanismo autoritario es que la gente pueda conocer una realidad y no poder hacer absolutamente nada al respecto. 

Todo sistema totalitario se nutre justamente de la irreconciliación con la realidad mediante la comprensión, instaurando un orden de las pasiones inmediatas que bajo el velo ilusorio y provisorio de un supuesto "pensamiento crítico" como arma de combate. En este sentido, creemos pertinente traer a colación una sentencia interesante que recientemente hemos escuchado en boca de un profesor español de matemáticas, que desde su jubilación, tras treinta y cuatro años de servicio en la educación dijo: "...un fundamentalista no es más que un ignorante repleto de espíritu crítico". Arendt reforzará dicha reflexión diciéndonos que podremos identificar claramente al adoctrinamiento fundamentalista de los totalitarismos cuando notemos que hay una incapacidad o resistencia a distinguir en absoluto entre hechos y opiniones. 

El régimen totalitarista del relativismo absoluto, ese que nos vende el cliché de que absolutamente toda opinión es válida como verdad posible, nos ha llevado a absurdos con consecuencias fácticas atroces como la consideración naturalizada de considerar que se puede hacer prescindir completamente de las garantías, derechos y obligaciones del estado de derecho a ciertos grupos poblacionales, etnias o individuos particulares. El peligro que advierte Arendt, desde su tiempo, sigue vigente, tal vez más vigente y sofisticado que en ese entonces. La invitación a una construcción política-comunitaria que eduque y gobierne desde el eje vertebrador de la comprensión, sigue en pie esperando su llamada. 

Lisandro Prieto Femenía. 

Escritor. Docente. Filósofo. San Juan- Argentina. 

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