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sábado, 13 de noviembre de 2021

Pensar la finitud para no vivir como muertos vivos

Pero hoy quisiéramos profundizar un poco más sobre el asunto existencial que le da sentido al razonamiento sobre dicha autenticidad, que lo precede y al mismo tiempo lo trasciende, a saber, la muerte, también conocida como la imposibilidad de todas las posibilidades.

Recordemos que el ser-ahí ('dasein', nosotros), ese ser arrojado a un mar de posibilidades inciertas, que no tiene más remedio que ser,  que es único en cuanto que no hay otro ser que se pregunte por su ser excepto él, una vez que es consciente que proviene de la nada y que su destino está estrictamente marcado por la temporalidad, naturalmente se angustia.

Ahora bien, dicha angustia ('angst'), lejos de ser un impedimento que va en detrimento de la existencia, podríamos interpretarlo como signo o revelación justamente de nuestra auténtica condición como seres existentes conscientes plenamente de la finitud que nos toca de manera esencial. 

Ante ello, generalmente, el ser humano no tiene la tendencia a problematizar su ser permanentemente ni mucho menos  intentar comprenderlo de manera cabal y/o contemplarlo evitando  escapar de la banalidad y la trivialidad, sino más bien que pretendemos olvidar dicho signo fáctico de la temporalidad que nos es dada (que nos lleva procesualmente a la muerte), correr nuestra mirada, distraernos frivolizando la existencia al no asumirla cabalmente.

Pensarnos en nuestro ser nos demanda una cierta búsqueda de comprensión de nuestro propio destino, la cual parece ser imposible en el marco de una vida atravesada por distracciones voluntarias, banales y mediocres que tan sólo sirven de placebo para tapar el sol con un dedo.

"La nada que queda del 'antes' y la nada del 'después' que no nos pertenecen en absoluto. ¿Angustiante verdad?"

Sabemos perfectamente que asumir la temporalidad sin permitir la intervención de las precitadas distracciones, es tremendamente difícil, puesto que no vivimos aislados en cuevas de montaña, sino prácticamente al amparo del rol social que nos toca jugar, es decir, de aquello que se espera de nosotros (lo que hagamos, digamos o pensemos).

La autenticidad que mencionamos previamente puede perderse fácilmente, y no es descabellado que así suceda, ya que nuestro propio modo de ser nos implica en la asunción radical de nuestra finitud: Aceptar la posibilidad de no poder dar cumplimiento a todas las posibilidades que podrían desplegarse ante nosotros, tomar decisiones que acarrean correr el riesgo de equivocarnos, o bien arrepentirnos y culparnos por aquellas elecciones que en el pasado abrazamos, no son más que síntomas de coexistir, de manera angustiante, con nuestra mortalidad.

De sabernos infinitos, eternos, nada nos provocaría lamentación o angustia alguna. Si nos angustiamos es justamente por nuestra condición mortal que revela la posibilidad de sentir culpa por un pasado irrecuperable, como también la sensación de abismo que provoca la cruda facticidad de una muerte que aguarda en un futuro incierto.

En ese sentido, nos dará a entender Heidegger, sólo nosotros somos propiamente finitos, en el sentido de que, por ejemplo, los animales no mueren sino que cesan. Al contrario, nosotros no pensamos la muerte como un mero cesar, pero ¿por qué no? Porque la muerte es la posibilidad vivida de que no haya más posibilidades para nosotros; es la posibilidad de que mi mismo ser sea imposible. Nuestra vida sería, entonces, un 'entre' extremos: La nada que queda del 'antes' y la nada del 'después' que no nos pertenecen en absoluto. ¿Angustiante verdad?

El análisis que nos ofreció Heidegger pretende acercarnos esta reflexión: nuestro ser puede interpretarse como una tensión entre pasado, presente y futuro que nos constituye. En otras palabras, somos literalmente temporalidad.

"Hay algo peor que la consciencia de la finitud y la angustia que produce saber que vamos a morir eventualmente y fácticamente algún día, y es la posibilidad de haber vivido una vida vacía, llena de nada"

No es casual que nuestro filósofo considere al tiempo como horizonte de comprensión del ser, el cual es acontecimiento o advenimiento y no tanto presencia permanente. Existir pensando el tiempo sin evasiones clásicas de una vida trivial nos podría dar al menos la chance, considera Heidegger, de apropiarnos de un destino propio, con sentido, auténtico. 

¿A qué va todo ésto? ¿Dónde se supone se encuentra el consuelo? Pues amigo lector, la filosofía no es ni por cerca autoayuda, ni mucho menos pretende cumplir con funciones analgésicas ante los dolores propios de la existencia. Más si les puedo asegurar una cosa: Hay algo peor que la consciencia de la finitud y la angustia que produce saber que vamos a morir eventualmente y fácticamente algún día, y es la posibilidad de haber vivido una vida vacía, llena de nada.

Quien vive intensamente el regalo de la temporalidad, intentando comprender y dar sentido al acaecer de la existencia no es un ser-a-la-mano, un ser-útil ni mucho menos un ser que vivió sin siquiera haber tenido noción alguna de lo que ello implica.

El horror no debería producirse por pensar la muerte en sí misma como imposibilidad de toda posibilidad, sino por no haber considerado jamás posibilidad alguna de existencia que haya valido la pena haber sido vivida. En otras palabras, se trata de pensar nuestro ser desde la muerte para no vivir como muertos en vida.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Ser auténticos en un mundo inauténtico

En la presente oportunidad intentaremos abordar reflexivamente la posibilidad de la autenticidad de la existencia humana en un contexto global dominado estrictamente por la técnica y la globalización. Para ello, debemos brindar un primer esbozo de aquello que se entiende por “auténtico”. Generalmente se juzga que es aquello que es presentado como cierto y/o verdadero justamente por las características propias que definen a algo o a alguien. También es común interpretar algo como auténtico cuando es consecuente consigo mismo, es decir, que es tal cual se ve o como calificación de testimonio de identidad y marca fehaciente que certifica dicha autenticidad. Asimismo, cuando hablamos de la “era” del dominio de la técnica nos referimos a lo que Heidegger señalaba acerca del abandono de la pregunta por el ser y del peligro que representa el hecho de rendirle culto al ente, al punto tal de convertirse el ser humano en un útil, cosa o ser-a-la-mano. El no poder “recobrarse” por encontrarnos extraviados en el mundo informe y público del “se” (“se dice”-“se muestra”-“se aprecia”, etcétera) nos implica el surgimiento de la autenticidad, que no es más que el poder ser uno mismo. En otras palabras, se trataría del riesgo de convertirnos en esclavos de las “cosas” que nosotros mismos producimos y tornarnos un “ser-a-la-mano” de otros.

La ceguera moderna ante el ser de lo ente y su consecuente fe en una idea de progreso pudo haber instalado en las ilusiones de la humanidad la quimera de pensar que tenemos el poder de dominar completamente las entidades del mundo. A este respecto sólo queremos señalar pasajeramente que estamos presenciando anonadados, desde todos los rincones del globo, cómo un volcán de La Palma y la sublime facticidad de su poderío destrozan dicha ilusión. Pero respecto a la absurda obsecuencia de voluntad de dominio del hombre sobre la naturaleza, hablaremos en otra ocasión.

Ahora bien, no sólo ante cosas materiales la humanidad ha ido cediendo progresivamente su espacio de libertad y autenticidad. Cuando el discurso filosófico es propaganda de agendas globalistas que requieren de un marco discursivo que las avale, el mismo se convierte en producto enlatado de ideologías de no tan dudosa procedencia. La profunda masificación cultural mediante colosales empresas de propagación y difusión de supuestos marcos teóricos que dicen ser “de nuestro tiempo” no hacen más que caer en la repetición publicitaria de intereses concretos que se muestran como preponderantemente acuciantes, cuando en el fondo no son más que panfletos falaces que venden perspectivas supuestamente pluralistas. Así pues, como podemos apreciar, también en el caso del mundillo de los intelectuales se promueve el servilismo y el abandono a toda pretensión de autenticidad, puesto que, como solía señalar Lippmann, “donde todos pensamos igual, nadie piensa”.

En una entrevista realizada a la filósofa española Carmen Rovira en el año 2018[1] señala con precisión aquello que previamente señalamos cuando afirmó que los filósofos de hoy son cobardes, básicamente porque no se interesan en “dar la cara” frente a un mundo que exige ser pensado rigurosamente. Rovira sostiene que el pensamiento filosófico en nuestro tiempo a veces es motivo de burla justamente porque provoca temor. ¿Temor a qué, se preguntará ud., señor lector? Básicamente temor a la libertad que es capaz de expedir el ejercicio del riguroso pensar filosófico que apunta a “descubrir” o comprender verdades que comprometen el estado de normalidad de la existencia comunitaria. En otras palabras, el pensamiento formativo filosófico implica en la sociedad la constante necesidad de pensarse, para encontrar respuestas y soluciones a aquello que nos es presentado como pensamiento único. La filosofía que no es de mercaderes discursivos implica siempre, en mayor o menor medida, una mirada que apunta al cambio. ¿Se comprende ahora el por qué de la campaña de total desprestigio y de mercantilización discursiva?

Aun así, es necesario contar con el recaudo que nos ofrece Arendt en su Capítulo III de “Ensayos de comprensión”, al afirmar que no ve necesaria la primacía del “ser-si-mismo” sobre el “ser-uno-más”. Coincidimos plenamente, puesto que la pretensión de una supuesta superioridad de uno sobre otro conduce inexorablemente a clasismos y elitismos excluyentes. Pero la salvedad que hay que añadir aquí es la siguiente: se puede ser “uno-mas” en cuanto miembro activo de una comunidad y ser, simultáneamente, “uno mismo” en cuanto sujeto individual pensante. El problema surge cuando se es “uno-mas” y se renuncia a la posibilidad de ser el ser que se pregunta por su ser. Conocemos perfectamente las consecuencias políticas, sociales, económicas, judiciales y humanistas de dicha degradación: pasamos a ser un útil “entre otros” que son “uno-más”.

Dicho esto, llegamos a la provisoria conclusión de que querer comprender es siempre un acto revolucionario. No es posible ni es concebible pensar en la autenticidad de nuestra existencia si somos rehenes de bienes, servicios, productos y discursos hegemónicos incuestionables. El peligro que advertía Heidegger hace más de medio siglo se nos hace hoy patente cuando notamos que tenemos temor al pretender pensar, cuando nos da miedo preguntar y, sobre todo, cuando vivimos en estado permanente de suspensión del juicio por prevención ante la eventual cancelación.

 

 

 

 



[1] http://revistamaquina.net/el-filosofo-debe-asumir-una-postura-ante-su-tiempo/

martes, 31 de agosto de 2021

Buscando el encuentro

 

"Buscando el encuentro". Por: Lisandro Prieto Femenía 

En plena era de las telecomunicaciones, redes sociales y educación virtual es preciso preguntarnos ¿es auténtico nuestro encuentro con "el otro"? Para intentar ofrecer un esbozo de respuesta, tomaremos como punto de partida un texto breve de 1934 de Martin Heidegger titulado "¿Por qué permanecemos en la provincia?".

Primeramente, es fundamental que previamente a la reflexión en torno a "otro" que coexiste con yo, comprendamos qué entendemos por "uno" mismo. Uno es ese yo, ese ser en el mundo, ser para la muerte, finito, arrojado desde su comienzo a un mar de posibilidades que se dan en la existencia, en el tiempo. Ahora bien, si uno es-en-el-mundo, es con otros, indefectiblemente. Conjuntamente, el "ahí" del ser, el tiempo, funda las bases para la constitución de acontecimientos, los cuales fenomenológicamente tienen el carácter de tiempo pasado, a la vez que son vividos fácticamente por el hombre que se anticipa siempre, esperando un porvenir. La incertidumbre del futuro, lejos de ser un problema, es el sustento de todo sentido existencial, puesto que en la proyección que hacemos, mientras, vivimos y vamos dando sentido, siempre con la mirada puesta en la posibilidad de un mañana.

¿Qué sucedería si dicha anticipación, ese proyectarse en un posible porvenir, se enfrenta con la cruenta realidad que presenta la desdichada desesperanza? Vivimos en un presente complejo, en el cual la juventud no hace grandes muestras de interés por la participación política ciudadana. Estamos inmersos todos en un contexto de incertidumbre y muerte, llamado pandemia global. Vemos a diario cerrar comercios, fábricas, gente perdiendo el empleo por un supuesto "reordenamiento" que produce el contexto sanitario. Vemos que el acceso a la vacuna en ciertas partes del mundo es un lujo inalcanzable. Si, como pensaba el pensador alemán, el ser-ahí (nosotros) se piensa a sí mismo en su acaecer, y dicho acontecer está completamente dominado por el temor y la incertidumbre, esa expectación de la nada, se hace presente en el presente bajo la forma de abismo.

En dicho panorama, intentemos pensar cómo es posible pensar siquiera en la idea de "comunidad". Como hemos mencionado reiteradamente, en un contexto epocal donde prima la disgregación y reina el individualismo con la bandera salvaje del "sálvese quien pueda", cuesta bastante pensar en un "mundo" (ese "espacio-entre") común. El vivir para las cosas no estaría permitiendo la posibilidad de vivir con otros entre las cosas. El desafío planteado por Heidegger es pensar el abandono de la precitada inautenticidad y buscar un auténtico encuentro con un otro que dote de sentido la existencia.

¿Cómo encarar dicho desafío? Heidegger sugerirá, como primer paso, la búsqueda de nuestra singularidad mediante la soledad. En este sentido, es preciso señalar que no se refiere en absoluto a la soledad que duele, al abandono de sí o el separarse de todos. Se refiere a la soledad a la que tanto tememos en nuestros días, esa instancia de autoconsciencia que nos posiciona frente a nuestra condición finita y nos hace cabalmente reflexionar en torno a nuestra limitada existencia temporal y al destino inexorable al que todos apuntamos, la muerte, el fin de toda posibilidad.

En el texto referenciado precedentemente, Heidegger pone como ejemplo la mirada que tiene el hombre de ciudad cuando percibe al campesino, solitario, en la montaña. No se trata de un "quedarse sólo", señala, sino más bien de acoger a la soledad, la cual es considerada una fuerza primigenia que lejos de aislarnos, arroja sobre nuestra existencia una "extensa vecindad con las cosas". Difícilmente "el hombre de ciudad puede estar a solas" y experimentar dicha experiencia. De más está decir que podemos nosotros mismos constatar la innumerable cantidad de gente que vive completamente sola en el centro de ciudades pobladas por millares.

La paradoja está planteada: vivir en la ciudad demanda permanentemente un mostrarse, un venderse, desde el punto de vista estrictamente estético, a la vez que conlleva, según Heidegger, al riesgo de perder el interés por la pregunta por el ser (el riesgo de perder "autenticidad"). La mismidad se encuentra en la soledad que nos acerca a las cosas justamente porque nos estaríamos alejando de ese ser uno más, o en otras palabras, ser cualquiera entre tantos. De esta manera, ser yo mismo ante mi mismo me abre a la posibilidad del pensamiento cabal acerca de un otro que es conmigo. Posteriormente, en "Carta sobre el humanismo" (1947) Heidegger nos dirá que lo particular ("extrañante") de este pensar (originario) del, que se encuentra en la auténtica soledad, es la sencillez. No es el ruido, la innecesaria compañía que sirve de relleno, el televisor prendido para hacernos sentir acompañados, no.

Es entonces la sencillez, que hace magnífico a este pensar que nos revela el sentido más profundo (poético) de comprendernos para finalmente poder darnos a otros. Sólo allí acaece la nostalgia de totalidad (ser parte constitutiva de un todo, con otros, y no simplemente "ser uno más"). En el poderío de la banalidad reinante, no hay lugar para ésto que acabamos de mencionar. Justamente porque la inautenticidad opera banalmente sobre la base de un ser que ha decidido voluntariamente desconocerse a sí mismo y, por consecuencia lógica natural,  a los demás.

Para concluir, es menester realizar un esbozo del puente que vincula el problema de la inautenticidad, el yo y los otros con los cuales se forma comunidad. Evidentemente no es posible conocerse a sí mismo si uno se pasa la vida escapando a la posibilidad del pensar. Ahora bien, si la existencia inauténtica de este ser que puede preguntarse por su ser, pero que no tiene el menor interés de hacerlo bajo ninguna circunstancia lo empuja a relacionarse con otros, es estrictamente por interés. No hay, en ese caso, un "darse a". Es simplemente "requerir de". La diferencia es crucial para que entendamos que uno puede simplemente existir para tomar de los demás aquello que considero necesario. El vínculo auténtico con un otro debe basarse, primeramente, en el respeto y el reconocimiento de la base esencial de un pensamiento originario que nos hace ser plenamente conscientes de nuestra existencia en pos de un porvenir común. Dicho coloquialmente: carece de sentido filosófico la existencia de un ser que pudiendo pensar y actuar por un futuro mejor, para sí y para los demás, decide voluntaria y libremente proclamar un renunciamiento explícito el pensar.

Ante ese vacío, ese espacio de renuncia total o parcial al pensar y al actuar, es fundamental que pensemos en un porvenir que no nos ha sido arrebatado aún.

jueves, 26 de agosto de 2021

El lado positivo del prejuicio: estar abierto a la opinión del otro

En la presente ocasión, tomaremos como puntapié para la reflexión un breve pasaje de la obra monumental de Hans Georg Gadamer, precisamente en el Volumen II de "Verdad y Método", en el apartado titulado "La historicidad de la comprensión como principio hermenéutico", comienza planteando un problema que es crucial: la apertura al sentido que conlleva el "texto" del otro. Es preciso aquí señalar que por "texto" podemos entender no sólo la escritura formal, sino también lo dicho, expresado, por un otro. ¿Por qué plantearse la necesidad de dicha apertura? Pues bien, al parecer los seres humanos cargamos con ideas previas, preconcebidas, de aquello sobre lo cual se nos está hablando.

La misión hermenéutica por excelencia es saber conciliar nuestros prejuicios con aquello que nos es dado como sentido por un otro, mediante la comprensión. Ahora bien, para comprender cabalmente lo que el otro me quiere decir necesito de dos movimientos paralelos: el primero, no puedo negar obstinadamente la opinión del otro. Para lograr comprender un "texto" debo tener esa apertura, que se describe en la necesidad de dejarse decir algo por él. Sin eso, no hay esbozo de entendimiento ni de comprensión alguno. El segundo, y complementario, consiste en articular esa apertura a la posibilidad del sentido expresado por un otro con la clara dilucidación previa de mis opiniones previas, a las cuales no puedo acallar ni considerarlas pretendidamente neutrales. No debemos olvidar, sobre este segundo aspecto, que nuestros prejuicios forman parte de nuestros juicios cotidianos, y la labor hermenéutica lejos de consistir en eliminarlos o autocancelarlos, sino que lo que busca es darles la lucidez necesaria para que podamos incluso hacernos cargo de ellos mismos. Ésto último, que resulta tan agradable a los oídos, puede resultar más difícil de lo que esperamos: poner a juicio nuestros prejuicios, echar luz sobre ellos para descartar aquellos que sean incorrectos (malentendidos) y poder, aunque no sean políticamente correctos, asumirlos y abrazarlos al mismo tiempo que habilitamos un espacio de receptividad al sentido de un otro que no piensa de la misma manera, ¿nada sencillo verdad?

Gadamer, comprendiendo perfectamente el legado heideggeriano, nos dirá que "una comprensión llevada a cabo desde una conciencia metódica intentará no llevara término directamente sus anticipaciones sino más bien hacerlas conscientes para poder controlarlas y ganar así una comprensión correcta desde las cosas mismas". Ante ello, podríamos decir que el problema que nos atañe precisamente hoy podría ser el siguiente: la facticidad de las cosas no es un problema. Si todo cuanto existe es simplemente construcción del lenguaje por medio de consensos arbitrarios, ¿dónde está la cosa? Tanto a Hedidegger como a Gadamer les interesaba pensar la hermenéutica desde la posibilidad de la comprensión de una facticidad, una referencia a algo (el ente, el ser, la cosa) que nos oriente en la brújula del sentido. Ahora bien, ¿cómo podríamos, en la actualidad, plantearnos un pensamiento que requiera anclaje a realidad alguna, si por doquier se nos indica que la totalidad de lo real es mera construcción linguística?

Es, justamente, el prejuicio totalmente percibido y explícito de negarle cualquier posibilidad de dotación de sentido a "la cosa" el que nos hace sordos ante esa búsqueda de comprensión. Resulta que hemos pasado, desde la Ilustración, de criticar el prejuicio contra todo prejuicio (desvirtuando así la tradición, diría Gadamer) a establecer que ningún prejuicio es válido, o políticamente correcto, si no se adecúa al discurso dominante de lo políticamente correcto, instalando de esta manera una dictadura del sentido que, lejos de ser tan pretendidamente pluralista como dice ser, fomenta a diario ese sentimiento de auto-cancelación del que hablábamos previamente.

La lectura peyorativa misma del concepto "prejuicio" inquieta a Gadamer, y nos advierte convenientemente que es necesario recuperar el sentido y la función del mismo para poder comprender mejor la realidad que nos atraviesa. Y no sólo ello, puesto que con la comprensión sola no alcanza. De lo que se trata de de buscar un buen pensar, un pensar sensato, que se pueda dar en el ámbito de una libertad propicia para el ámbito democrático, el cual, en teoría, podría habilitar los espacios de diálogo respetuoso entre diversas y divergentes tesis y antítesis coexistiendo en una misma sociedad.

"Prejuicio", nos dice el pensador alemán, "no significa pues en modo alguno juicio falso, sino que está en su concepto el que pueda ser valorado positivamente o negativamente". Previamente, en su texto precitado, indicó que dicho concepto significa, nada más y nada menos, "un juicio que se forma antes de la convalidación definitiva de todos los momentos que son objetivamente determinantes". Ese poner en marcha al juicio de manera anticipada, lejos de ser un inconveniente (como lo plantearon los modernos, y lo llevaron a su máxima expresión los postmodernos), es el puntapié crucial para que nuestros juicios se nutran de criterio. Cancelar dicha anticipación, bajo coacción del mandato de la moda de lo indecible por lo políticamente correcto epocal, lejos de brindarnos una madurez discursiva y reflexiva, nos bloquea primeramente y nos detiene en la tan hermosa tarea de la confección de juicios propios que sirvan, siempre, al diálogo respetuosos entre desiguales.

La tarea de la hermenéutica filosófica en la educación podría ser crucial para atender la precitada problemática. Un alumno que se forma en un ámbito no represivo (ni repetitivo, ni memorístico) a la vez que accede a dichas herramientas metodológicas de la comprensión, podrá tener altas posibilidades de construir conocimientos de manera sensata y de contribuir de manera sustancialmente crítica, positiva y libremente en la comunidad en la que habita. El desafío está planteado.

 

Lisandro Prieto Femenía

Docente. Escritor. Filósofo.

San Juan- Argentina

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