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miércoles, 8 de junio de 2022

“Pensando en la estafa del Leviatán sin rumbo”- Lisandro Prieto Femenía

“El día que nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”

Thomas Hobbes

Todo comenzó cuando Thomas Hobbes (1588-1679) creó una mole conceptual que tuvo injerencia inescrutable en la política moderna que cambió la forma de constituirnos como comunidades autónomas denominadas Estados. Pues bien, a lo que hoy entendemos por Estado Hobbes lo simbolizó en un Leviatán, un monstruo bíblico que representa la fuerza inmensa y desmedida de una entidad ante la cual nos tenemos que subyugar a cambio de su protección frente a enemigos externos e internos (quien se atreva a desafiarlo desde afuera, recibirá guerra, quien ose de romper el contrato social interno, sufriría las consecuencias del peso de la ley). 

En la presente oportunidad intentaremos reflexionar en torno a desprotección del gigante al cual le hemos otorgado unánimemente el poder de custodiarnos, protegernos y albergarnos, a saber, la idea de Estado. Cuando Hobbes redactó el Leviatán en 1651, ya había vivido la revolución y la guerra civil que proclamó la República y decapitó a Carlos I, Rey de Inglaterra, Irlanda y Escocia en 1649. En tal contexto, el filósofo inglés no tuvo mejor idea que pensar que lo peor que podría sucederle a cualquier comunidad organizada era abrazar la anarquía en el fulgor de las típicas ínfulas de libertad que suelen despertar las revoluciones. Ante ello, la mayor inquietud del pensador inglés podría resumirse en una pregunta práctica esencial: ¿cómo podemos hacer los seres humanos para convivir, todos juntos en un lugar, sin causarnos daño, o vivir en una situación caótica permanente?

Para dar una respuesta a semejantes tiempos convulsos, ideó una filosofía estrictamente política que se antepusiera a la amenaza precedentemente enunciada. En pocas palabras, sus ideas defendieron ideales que sostenían la tesis acerca de que solamente un gobierno lo suficientemente fuerte (necesariamente autoritario) es el que puede garantizar la vida ordenada en sociedad. Incorporó al léxico político conceptos fundamentales, como el contractualismo.

Si bien “el hombre es un lobo para el hombre”, es decir, somos todos potencialmente malvados por naturaleza, sería entonces necesario establecer ciertas reglas para que esos “lobos” puedan convivir de una manera tensamente armoniosa. El motor motivacional, en definitiva, es el miedo de ser devorados por el salvajismo propio de un “estado de naturaleza” que no conocer de códigos de conducta, de cuidado y protección y mucho menos de respeto y tolerancia: es el imperio total de la fuerza de unos sobre otros. Menuda metáfora de Hobbes para definir nuestra naturaleza, pero, les pregunto queridos lectores ¿se equivoca? Aun viviendo en pleno “Estado de derecho”, ¿no cerráis con llave su casa o coche al salir?, ¿qué son esos barrotes en vuestras ventanas?, ¿para qué están esos dispositivos que suenan tan fuerte cuando alguien irrumpe en nuestra morada?, ¿por qué hay cada vez más cámaras de seguridad en la vía pública?

Pues sí, paradójicamente, vivimos en un Estado que tiene cárceles, fuerzas de seguridad, Cortes de Justicia y letrados que condenan a criminales, delincuentes, violadores, estafadores y violentos. Sí, tenemos de todo en el cuerpo de nuestro desgastado Leviatán, el cual parece no estar pudiendo protegernos cabalmente de aquel otro monstruo bíblico, a saber, el Behemot, clara representación de la anarquía y la guerra civil. El peligro permanente y latente de la precitada bestia atenta permanentemente contra el alma (la soberanía) y la razón (las leyes y la justicia). Dichos pilares que suelen mantener en pie nuestro Estado y nuestra forma de vida, más allá de los simbolismos, se encuentran en un estado de lucha permanente por su supervivencia en el marco de un campo de batalla agónico que trasluce la interminable lucha de intereses propios de nuestra naturaleza.

Pero, si hasta el día de hoy ha pervivido el sistema representativo democrático-republicano, es porque la gran mayoría de ciudadanos (antes, súbditos) han cedido el poder de ejercer la justicia y el orden a un Estado que si bien castiga al incumplidor, garantiza el orden al cumplidor. Pues bien amigos lectores, a la vista está que el modelo está completamente quebrado por la sustancial y evidente falta de confianza de quienes cedemos el poder al sumo ente de gobernabilidad. La sensación permanente de desprotección que sienten los miembros de Estados democráticos se deja traslucir, desde hace un tiempo considerable, ante la visible imposibilidad del “monstruo” de ser efectivo y ecuánime en algunos aspectos centrales.

Para simbolizar semejante resquebrajamiento, traemos como ejemplo el siempre intemporal tango argentino titulado “Cambalache”, escrito por de Enrique Santos Discépolo y Raul Seixas en 1934, en el cual se expone un panorama sombrío de entreguerras que explicita una decadencia moral y política, aparentemente sin precedentes, de un mundo que a simple vista se muestra totalmente irresoluto. Básicamente se declara, bien al estilo de Schopenhauer, que el mundo fue, es y será una “porquería” en cuanto que siempre existieron delincuentes, personajes maquiavélicos dirigiendo nuestros destinos y estafados. Nuestros tangueros, anonadados con el Siglo XX y su asqueroso despliegue de maldad insolente, aún no podían avizorar el reinado de la perversión que haría gala en el siglo siguiente. 

Aun así, el sentimiento de una canción escrita hace casi cien años, mantiene su vigencia, en cuanto que la comunidad percibe cotidianamente y tangiblemente la estafa que representa vivir en una sociedad en la que da lo mismo ser honesto que traidor, ignorante que sabio, ladrón y estafador que generoso. ¿Acaso nos habrán borrado el horizonte con una esponja? Cuando Nietzsche realizaba su crítica a la metafísica occidental acerca de la moral platónico-cristiana occidental y hacía referencia a una decadencia se refería exclusivamente a ese sentido imposibilidad de poder contemplar un sentido: cuando la existencia no dispensa vida, reina la muerte y la decadencia, la total imposibilidad de distinción entre lo correcto y lo nefasto. Como bien sabemos, el arte en general, y la poesía y la música en particular pueden expresar sencillamente los problemas filosóficos y existenciales más críticos y amargos. En este sentido el tango logra expresar de manera sublime lo que casi todos los seres humanos sentimos cada mañana al abrir nuestros ojos, vivamos donde vivamos: “¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualado... Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que si es cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”, o, en palabras de Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

La falta de respeto y el atropello a la razón que representa la estafa de vivir en un sistema político y económico que en la mole legal que invisten nuestras Constituciones Nacionales aseguran la preservación y el cuidado de nuestros derechos humanos básicos, a la vez que fuera de la letra de la jurisprudencia nada se cumple con rigurosidad y persevera la hipocresía que entrona como Señores a ladrones y denigra a profesores (sobre todo de filosofía), médicos, científicos y personas probas en general, termina produciendo una herida moral en la comunidad muy difícil de subsanar, hecha carne mediante una justicia que no dispensa penas y castigos correctamente ni garantiza la libertad ciudadana; una fuerza de seguridad que no te cuida; un sistema educativo que no forma seres libres y pensantes; un sistema de salud permanentemente colapsado y un mercado salvaje que impide que un trabajador que cumple con todas sus obligaciones no pueda darle a su familia una vida digna y un sistema político representativo que, tras las elecciones, no representa a nadie.

Amigos lectores, sentirnos identificados con la clara lectura crítica de la decadencia política, moral y económica en la que estamos inmersos, cada uno desde su rincón del globo, no es suficiente. Así como Marx, en su Tesis 11 sobre Feuerbach nos decía que “hasta ahora los filósofos nos hemos encargado de interpretar al mundo, de lo que se trata es de cambiarlo”, nosotros, sí, Ud. y yo, simples ciudadanos que intentan pensar, tenemos que sentirnos parte activa de una sociedad que se corroe permanentemente por la desidia, el desinterés y la abulia cívica. En este sentido consideramos fundamental desnaturalizar el fin del tango, específicamente la prosa que versa insistiendo en que da lo mismo lo que seamos, puesto que a nadie le importa si nacimos honrados. Pues no, sí importa, sí nos tiene que importar. La clave puede estar, creo humildemente, en que los honrados, sensatos y talentosos dejen de “estar sentados a un lado” de la vida ciudadana activa (política), porque mientras los buenos se retraen, los sátrapas avanzan y sin pudor ocupan ese lugar de poder  y de decisión, el comando de mando de un Leviatán que se está quedando sin pies y sin cabeza, pero aún tiene latidos en su corazón.


jueves, 26 de agosto de 2021

El lado positivo del prejuicio: estar abierto a la opinión del otro

En la presente ocasión, tomaremos como puntapié para la reflexión un breve pasaje de la obra monumental de Hans Georg Gadamer, precisamente en el Volumen II de "Verdad y Método", en el apartado titulado "La historicidad de la comprensión como principio hermenéutico", comienza planteando un problema que es crucial: la apertura al sentido que conlleva el "texto" del otro. Es preciso aquí señalar que por "texto" podemos entender no sólo la escritura formal, sino también lo dicho, expresado, por un otro. ¿Por qué plantearse la necesidad de dicha apertura? Pues bien, al parecer los seres humanos cargamos con ideas previas, preconcebidas, de aquello sobre lo cual se nos está hablando.

La misión hermenéutica por excelencia es saber conciliar nuestros prejuicios con aquello que nos es dado como sentido por un otro, mediante la comprensión. Ahora bien, para comprender cabalmente lo que el otro me quiere decir necesito de dos movimientos paralelos: el primero, no puedo negar obstinadamente la opinión del otro. Para lograr comprender un "texto" debo tener esa apertura, que se describe en la necesidad de dejarse decir algo por él. Sin eso, no hay esbozo de entendimiento ni de comprensión alguno. El segundo, y complementario, consiste en articular esa apertura a la posibilidad del sentido expresado por un otro con la clara dilucidación previa de mis opiniones previas, a las cuales no puedo acallar ni considerarlas pretendidamente neutrales. No debemos olvidar, sobre este segundo aspecto, que nuestros prejuicios forman parte de nuestros juicios cotidianos, y la labor hermenéutica lejos de consistir en eliminarlos o autocancelarlos, sino que lo que busca es darles la lucidez necesaria para que podamos incluso hacernos cargo de ellos mismos. Ésto último, que resulta tan agradable a los oídos, puede resultar más difícil de lo que esperamos: poner a juicio nuestros prejuicios, echar luz sobre ellos para descartar aquellos que sean incorrectos (malentendidos) y poder, aunque no sean políticamente correctos, asumirlos y abrazarlos al mismo tiempo que habilitamos un espacio de receptividad al sentido de un otro que no piensa de la misma manera, ¿nada sencillo verdad?

Gadamer, comprendiendo perfectamente el legado heideggeriano, nos dirá que "una comprensión llevada a cabo desde una conciencia metódica intentará no llevara término directamente sus anticipaciones sino más bien hacerlas conscientes para poder controlarlas y ganar así una comprensión correcta desde las cosas mismas". Ante ello, podríamos decir que el problema que nos atañe precisamente hoy podría ser el siguiente: la facticidad de las cosas no es un problema. Si todo cuanto existe es simplemente construcción del lenguaje por medio de consensos arbitrarios, ¿dónde está la cosa? Tanto a Hedidegger como a Gadamer les interesaba pensar la hermenéutica desde la posibilidad de la comprensión de una facticidad, una referencia a algo (el ente, el ser, la cosa) que nos oriente en la brújula del sentido. Ahora bien, ¿cómo podríamos, en la actualidad, plantearnos un pensamiento que requiera anclaje a realidad alguna, si por doquier se nos indica que la totalidad de lo real es mera construcción linguística?

Es, justamente, el prejuicio totalmente percibido y explícito de negarle cualquier posibilidad de dotación de sentido a "la cosa" el que nos hace sordos ante esa búsqueda de comprensión. Resulta que hemos pasado, desde la Ilustración, de criticar el prejuicio contra todo prejuicio (desvirtuando así la tradición, diría Gadamer) a establecer que ningún prejuicio es válido, o políticamente correcto, si no se adecúa al discurso dominante de lo políticamente correcto, instalando de esta manera una dictadura del sentido que, lejos de ser tan pretendidamente pluralista como dice ser, fomenta a diario ese sentimiento de auto-cancelación del que hablábamos previamente.

La lectura peyorativa misma del concepto "prejuicio" inquieta a Gadamer, y nos advierte convenientemente que es necesario recuperar el sentido y la función del mismo para poder comprender mejor la realidad que nos atraviesa. Y no sólo ello, puesto que con la comprensión sola no alcanza. De lo que se trata de de buscar un buen pensar, un pensar sensato, que se pueda dar en el ámbito de una libertad propicia para el ámbito democrático, el cual, en teoría, podría habilitar los espacios de diálogo respetuoso entre diversas y divergentes tesis y antítesis coexistiendo en una misma sociedad.

"Prejuicio", nos dice el pensador alemán, "no significa pues en modo alguno juicio falso, sino que está en su concepto el que pueda ser valorado positivamente o negativamente". Previamente, en su texto precitado, indicó que dicho concepto significa, nada más y nada menos, "un juicio que se forma antes de la convalidación definitiva de todos los momentos que son objetivamente determinantes". Ese poner en marcha al juicio de manera anticipada, lejos de ser un inconveniente (como lo plantearon los modernos, y lo llevaron a su máxima expresión los postmodernos), es el puntapié crucial para que nuestros juicios se nutran de criterio. Cancelar dicha anticipación, bajo coacción del mandato de la moda de lo indecible por lo políticamente correcto epocal, lejos de brindarnos una madurez discursiva y reflexiva, nos bloquea primeramente y nos detiene en la tan hermosa tarea de la confección de juicios propios que sirvan, siempre, al diálogo respetuosos entre desiguales.

La tarea de la hermenéutica filosófica en la educación podría ser crucial para atender la precitada problemática. Un alumno que se forma en un ámbito no represivo (ni repetitivo, ni memorístico) a la vez que accede a dichas herramientas metodológicas de la comprensión, podrá tener altas posibilidades de construir conocimientos de manera sensata y de contribuir de manera sustancialmente crítica, positiva y libremente en la comunidad en la que habita. El desafío está planteado.

 

Lisandro Prieto Femenía

Docente. Escritor. Filósofo.

San Juan- Argentina

mail: lisiprieto@hotmail.com

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