jueves, 3 de febrero de 2011

Deseo

La "felicidad eterna" debe ser aburrida

Sólo tiene sentido ser feliz si se sabe que se puede ser infeliz.

De existir la felicidad eterna,

nadie la valoraría, pues no sabríamos que somos felices si antes no hemos tenido la experiencia del sufrimiento.

El sufrimiento da a la felicidad su fundamento y sentido.

Tampoco se podría ser totalmente infeliz, "eternamente infeliz.

Ningún sentimiento es eterno, sólo el deseo del hombre puede pretender que tal cosa suceda.

Y aun sabiendo que el deseo es deseo de algo finito que jamás podrá ser eterno, deseamos.

Es que sin desear el hombre ya no es hombre,

es el impulso vital que nos empuja a vivir, cuando hacerlo no es fundamental, sino accesorio, y hasta, en algunos casos, inútil.

La felicidad eterna es la consecución del deseo primordial del hombre.

De cumplirse, el hombre se extinguiría, sería otra cosa. Una cosa que no desea más nada.

Una cosa que no desea no es humana, es sólo cosa.

¿Qué sentido tiene ser feliz eternamente si se es eternamente cosa, cosa feliz?

Eso no es vida, pues como a la vida le sigue la muerte, a la felicidad, la desdicha.

Sin muerte, la vida carece de sentido,

sin dolor, no percibiríamos el goce,

viviríamos adormecidos, enfermos de felicidad, ciegos de vida y necesitados de dolor.

Somos una contradicción viviente,

una especie que se caracteriza por la facultad de desear,

pero, paradójicamente, hacemos los mejores esfuerzos por apagar el deseo, reprimirlo, negarlo,

para luego absolutizarlo y convertirlo en algo ridículo.

Transformamos algo magnífico en una cárcel eterna,

en la cual no hay conciencia que tenga lugar,

donde el gozo ya es soso.

Fantástico eres, ser humano.

Máquina perfecta que se autoestropea...

Razón recta, que se desvía, y mata...

Bondad absoluta, pretendida al menos, que nunca llega...

maldad incomparable, nuestra distinción natural...

Creatividad sin límites, más que los que nos autoimponemos.

Ilimitados destructores, limitados temporalmente.

Finito cuando mueres, infinito cuando crees que vives,

felíz quieres ser todo el tiempo que sea posible,

infeliz eres, cuando te das cuenta que no te queda tiempo.

Tiempo, tu mayor invento, tu perdición,

eterno quieres ser,

veraz parecer,

bondadoso ser llamado.

Escrupuloso ser enfermo de codicia,

que creas la verdad y vives en una mentira,

que otorgas fama ficticia y te autodesprecias al hacerlo.

No te conoces, temes hacerlo.

Eres carne, deseas carne, y te averguenzas por ello.

Eres carne, deseas paraíso, te mientes en ello.

Eres pensamiento, y desconoces que eso es producto de la pasión, tal vez no lo sepas, ya sabes por qué.

Tú creaste las artes, y en un gesto bondadoso las cediste, pues dijiste que robaste el fuego al dios.

Te mentiste, fue tuyo siempre.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos protagonistas de nuestra realidad social


Hoy vamos a hablar de una teoría social y epistemológica propuesta por el sociólogo estructuralista francés Pierre Bourdieu. Se plantea que la sociedad está compuesta por un conjunto de relaciones entre agentes (instituciones, grupos, clases). La posición que ocupa el agente en un campo (espacio de lucha, o de apuesta) determinado está determinada por el habitus (conjunto de percepciones de la realidad social que son internalizadas por los sujetos) y un capital específico (que es simbólico y material).



Este planteo puede perdernos en conceptualizaciones estructuralistas, pero es importante que destaquemos la practicidad y la vigencia de dicha concepción sociológica. Tener en cuenta que uno forma parte de un campo social determinado, en el cual están instaladas las reglas de juego que debemos seguir para mantener nuestra posición social, es fundamental para tomar consciencia de nuestra función activa dentro de un colectivo de subjetividades, que lejos de estar dispersas y perdidas, todas se hallan reguladas bajo una normativa específica dada por el campo en cuestión.
El ejemplo más claro es el del campo artístico: el arte es lo que da el peso específico al campo, los intereses del campo artístico no necesariamente deben ser los mismos que los del campo académico. A su vez, el capital del artista puede variar desde premios y reconocimientos por su producción, hasta la cotización monetaria de sus obras.
Al decir que los campos son dinámicos, nos referimos específicamente a la relación entre aquellos que ocupan una posición dominante y aquellos que se consideren subordinados o dominados. No hay un determinismo social que nos indique que unos están condenados al éxito y otros al fracaso. Todo lo contrario, la posición que se ocupe en la sociedad depende exclusivamente de lo que hacemos con lo que tenemos a la mano, es decir, nuestro capital simbólico y material, que son nuestras fichas con las cuales apostamos para movernos, para ascender o mantenernos en la posición que deseemos. Ser conscientes de la dinamicidad social nos pone en el plano activo de una política que requiere participación. Es una propuesta que nos invita a “apostar” por algo que vale la pena, a arriesgarnos y a movernos en este juego que no cesa jamás, al menos, en sociedades con democracias serias.
Cuando las posiciones que se ocupan en el campo social son estáticas, es decir, cuando los dominados se mantienen en su rango mientras que los dominantes incrementan su poder y mantienen su posición, ya no hablamos de un campo específico, sino de un “aparato” cuyo funcionamiento es previsible y controlable desde todo autoritarismo posible. La propuesta social de Bourdieu debe llevarnos a la reflexión acerca de qué tipo de campo social – o de aparato, si se da el caso- estamos conformando, y, sobre todo, nos lleva a pensar en nosotros mismos como miembros activos que ocupamos una posición a su vez definida por nosotros mismos de acuerdo a nuestra disponibilidad de capitales (reitero, no necesariamente materiales, sino también simbólicos).
Existe, sin dudas, una complicidad ontológica entre el campo y el habitus. Es decir, las estructuras de relaciones de poder dadas por un campo determinado son aquellas que imponen a los sujetos las cosmovisiones, los puntos de vista, las maneras de ver la realidad. En otras palabras, se piensa de acuerdo al campo al que se pertenece. El sujeto hace suyas las normas, los prejuicios, todas las valoraciones que le impone la estructura social –e histórica- a la cual pertenece. Uno es hijo de su tiempo y de su sociedad, de eso no cabe duda.
¿Por qué analizar esta teoría? ¿Por qué se nos invita a esta reflexión? Simplemente porque es fundamental que todo sujeto, más allá de toda alienación posible, debe saberse y reconocerse a sí mismo como actor social, no como víctima de un sistema que hace las cosas por uno mismo. Entramos al plano del ciudadano que juega el rol que le corresponde, que pone su capital en una apuesta, en un riesgo, que es el de la participación competitiva de toda sociedad. Negar tal competitividad es negar la esencia misma del hombre. La voluntad de dominio es inherente a la naturaleza humana, y por ello se nos invita a pensarnos como protagonistas de esta lucha, no como espectadores, simples sujetos con abulia por los cuales el Estado debe responder y jugar.
También esta concepción nos aleja de la asimetría que se hace entre conflicto y malestar, en oposición a consenso y bienestar. El conflicto es la base de todas las acciones humanas. Sin disenso no existe la democracia. Sin malestar no se llega al bien común. Los contrarios no se contraponen, sino que se correlacionan y coexisten necesariamente en la vida social. El hecho de haber logrado, a lo largo de la vida, nuestros logros profesionales y sociales, es el resultado de una lucha, de un esfuerzo, de una dinamicidad en la cual se sortean los obstáculos imposibles de eludir. El éxito depende de la apuesta que uno hace para conseguirlo, de las estrategias que uno trama para mantener o expandir el capital específico que nos es propio.
La distribución de tal capital es inequitativa, y esa forma de distribución causa la movilidad de las posiciones que ocupamos. La equidad como principio absoluto al cual todo Estado debe aspirar llegar con éxito, bajo esta perspectiva, es una quimera. No se hace una apología a la distribución inequitativa del capital (en el sentido económico), sino que aquí se analiza cómo dicha brecha- que es real- posibilita las relaciones sociales dentro de un marco de conflicto social.
Las revoluciones políticas han sido posibles siempre y cuando las posiciones que se ocupaban en el campo social fueran dinámicas. La dinamicidad promueve el cambio, y la reflexión acerca de nuestro actuar como protagonistas de una historia nos acerca a la concreción de tal cambio.
El problema aquí es el siguiente: debemos pensarnos, es decir, tener una actitud crítica respecto a lo que la estructura social del campo del que formemos parte nos presente como natural. Dudar acerca de nuestros puntos de vista como agentes sociales nos aleja, por suerte, de la actitud de naturalizar lo que es dado por imposición de la cultura a la que uno pertenece. No se trata aquí de hacer un paréntesis fenomenológico y dejar de lado totalmente lo que se nos presente como “lo normal”. Sino que debemos replantearnos si éstas percepciones, estas cosmovisiones, estos puntos de vista que se nos imponen a modo de bombardeo mediático son “naturales” o si ya es tiempo de desnaturalizar y desmitificar lo que hasta ahora se nos ha presentado como “lo mejor posible”.

lunes, 27 de septiembre de 2010

En el océano de palabras naufrago y me ahogo.
Hay tantas palabras como gotas en el mar.
Los vientos y tempestades de las pasiones y afecciones no dejan izar mi vela.
Choco contra el iceberg de la imprudencia una y otra vez.
No son aguas profundas en las que navego, pero el ancla ya está hundida,
el tiempo y el espacio inmovilizan el timón de mi barca.

miércoles, 16 de junio de 2010

La corrupción está en nosotros

"Existen diversas formas legales de combatir a la corrupción, pero, hay una sola para luchar contra nosotros mismos y nuestra hipocresía: la autorreflexión que niega la autojustificación de nuestros actos."

La ética y los valores solían ser el fundamento de la vida humana en tiempos remotos. Todavía quedan resabios de ciertas normas de conductas que antes solían considerarse "decentes'' y que convertían a los seres humanos en "'personas de bien''. Todas estas categorías mencionadas son ahora un recuerdo de un pasado del cual nos estamos distanciando cada vez más.

La corrupción, en el sentido generalizado de la palabra, solía ser parte de la categoría de "los otros''. Eran "los otros'' quienes cometían fraude, evadían impuestos, cobraban un salario sin ir a trabajar, sacaban tajada de tratos con los gobiernos o con los ciudadanos mismos. Hoy la categoría del corrupto es el "nosotros'', aunque nadie quiera admitirlo. Es que estamos tan inmersos en esta nueva cultura del desinterés por la ética, que el "todo vale'' es ley y regla de vida.

Hace al menos 50 años, uno podía dejar la puerta de su casa abierta por las noches, su vehículo con las llaves puestas, las ventanas sin rejas y los niños en la calle hasta altas horas de la noche. ¿Qué nos pasó? ¿Acaso a nadie le causa nostalgia aquellos viejos tiempos? ¿No era una mejor vida, más tranquila? Lo desesperante no es el recuerdo, sino que tal vivencia no va a poder ser vivida, nunca más.

La distancia que nos separa de aquellos tiempos no son los años en sí mismos, sino los valores que la sociedad portaba y defendía. La brecha entre aquél pasado y este presente está dada por una "transvaloración de los valores'', diría Nietzsche. Hubo un giro, o varios, un cambio de tal envergadura que es prácticamente imposible retomar aquello que antes se consideraba "lo bueno''.

Toda transvaloración no remite a destrucción de valores y sustitución por la nada. Hemos cambiado unos por otros todos aquellos aspectos que considerábamos convenientes, saludables, necesarios.

La gente mayor constantemente se pregunta "¿dónde está el respeto?''. Cómo responder a una pregunta así en medio de un ámbito social donde al niño se lo manda a mendigar, al joven se le abren todas las puertas del consumismo absurdo que lo estupidiza de tal manera que lo mantiene en estado adolescente hasta adulto, al adulto que se le recuerda constantemente que no va a ser nadie si no pisa al que está abajo y adula al que está arriba, y ¿qué decir de los viejos? Al menos en nuestra sociedad, los ancianos son la clase social más descuidada material y valorativamente. Ya no existe el ideal del "viejo sabio'', el valor de la moneda de la experiencia está tan devaluado que quien la porta no puede usarla.

En medio de este panorama, no es fácil describir el fenómeno "corrupción''. Cuando algo se corrompe se hace en función de un valor que determina tal quiebre. El problema es que no es fácil detectar hoy en día la "guía básica'' que determine en la conciencia de las personas qué es lo que se debe y lo que no. Voy a dar un ejemplo simplísimo para aclarar el asunto: resulta que en un partido de fútbol hay un choque entre dos jugadores; el árbitro interpreta que es falta y cobra penal a favor de un equipo; pero, el jugador del seleccionado que saldría beneficiado luego de tal determinación, se acerca al árbitro y le dice "no fue penal, ni siquiera me tocó''. Inmediatamente el juez anula el penal y sigue el juego. Seamos sinceros, ¿cómo reaccionamos ante tal suceso? ¿No nos parece idiota por parte del jugador benefactor haber hecho semejante confesión? Es que pareciera que la honestidad también ha caído bajo las garras del oportunismo, que es silencioso y muy dañino. Nos cuesta creer que nuestros gobernantes son honrados porque, en el fondo, nosotros mismos no lo somos. Y lo peor del caso es que no sólo no somos honestos, sino que no lo reconocemos y, desde ese "desconocimiento'' nos damos el lujo de criticar y enjuiciar a los demás, a los "otros'', que, aunque no queramos admitirlo, somos "'nosotros''.

Esta hipocresía en la que estamos inmersos nos hace vivir en una realidad ficticia, en la cual el hombre que cobra un sueldo pero no asiste al trabajo, ése mide con su vara, con su sentimiento de inocencia y pulcritud al "otro'', es decir, al funcionario que ocupa un alto cargo público, al juez, al empresario, al vecino que se compró un vehículo nuevo, etc. ¿Cómo llegamos al punto de creernos modelos, arquetipos de personas cuando estamos haciendo lo mismo que le criticamos a los demás? Algunos dirán que esta actitud es natural al hombre y que ha existido siempre. Contra ese argumento no vamos a discutir. Sólo afirmamos que este empobrecimiento ético está tan generalizado que ahora los que antes eran considerados "buenas personas'', "honestos'', "honrados'', "respetuosos'', etc. son motivo casi de burla.

No veamos a la ética solamente como un instrumento de dominio. Buscar la mejor convivencia es también parte de una ética que nos compete a todos y la cual pareciera que no nos sentimos miembros activos de su creación. Todos nuestros actos, sublimes o cotidianos, hacen de nosotros lo que somos.

Dejemos de una vez por todas de ver "lo corrupto'' como una entidad metafísica ausente de nuestro yo, ajena a nuestra realidad cotidiana y comencemos a sincerarnos con nosotros mismos.

 

FUENTE: https://www.diariodecuyo.com.ar/columnasdeopinion/Sentido-de-corrupcion-20110412-0182.html

viernes, 29 de enero de 2010

"El secreto de mis ojos"

Fantaseo un poco y me imagino yo, viejo, sentado en un café de una bonita ciudad con un amigo que me pregunta por vos. Resulta que mi amigo no te conoce, y pocas veces me ha oído hablar de vos, quiere saber como has sido todos estos años. Tomo mucho aire y suspiro, antes de contestar, pienso mucho y me cuesta decirle a este hombre lo que él quiere escuchar.


La dificultad radica en que si bien llevamos ya 45 años juntos, te sigo viendo todos los días como la niña de 18 años que conocí en aquella fiesta. Tu cara está llena de surcos, y aunque ya no ríes tanto, de vez en cuando me regalas una carcajada cuando hablamos de boberías. Si bien han pasado los años tu piel no ha perdido su inmensa suavidad y ese olor que sólo vos podes tener. Nuestra vida ha sido difícil y te han rodeado mil motivos para dejarte desvanecer en la tristeza, pero aún hoy me miras como aquella primera vez que me dijiste que me amabas estando en mi coche, en la entrada de tu casa en una madrugada maravillosa.

Pienso en las cinco mil discusiones que tuvimos en plena juventud y en lo mal que nos hicieron, pero no sé por qué, al recordarlas, se me hace una mueca, se dibuja en mi cara una sonrisa de haber vivido esos perros momentos y poder recordarlos con agrado me llena de orgullo. Orgullo porque nos hemos demostrado mutuamente que pudimos afrontar los desafíos de llevar adelante una vida juntos.

Ya no pierdo el tiempo repasando tus defectos, he aprendido a quererlos y a considerarlos necesarios. Cuando pienso en todas esas conversaciones tirados los dos en la cama en una noche de verano me viene a la mente cada uno de los proyectos que surgían sobre ese viejo colchón.

Me has acompañado heroicamente a través del tiempo y, aunque yo pensaba que me habías perdido de vista, siempre estuviste ahí, aunque estuvieras ausente y callada. Es que tu silencio siempre dijo más que tus palabras. Aprendí a decodificar tus pausas y tus misterios. Todavía me equivoco a la hora de adivinar que piensas, pero sólo que ahora en vez de sentirme frustrado me alegra que a nuestra edad todavía queden cosas por descifrar. Siempre fuiste un cofre profundo con cosas guardadas en el fondo. Lo bello es que cuando yo me doy por vencido y me canso de buscar en él, sin quererlo, a vos se te escapa lo que querías guardar.
De jóvenes me decías que yo sería el "malo" con nuestros hijos, no puedo evitar reirme mientras escribo, pues nuestros hijos respetan y obedecen todavía lo que les dices, y a mí recurren cuando los desaprobás. Es que si bien no has perdido la dulzura, tampoco has perdido la capacidad de mando, y hoy, con 63 años seguís teniendo la autoridad que tenías a los 30. Y yo me siento el hombre más afortunado del mundo por haber encontrado una madre como vos para nuestros hijos.

Siempre me dices que no te deje sola, todavía le tenés miedo a la oscuridad y a la muerte. Has logrado que me sienta un héroe, siendo un viejo arrugado, sólo por acompañarte a buscar agua en la cocina en medio de la noche.

Nuestro amor fue siempre algo especial y enigmático, todavía nos preguntamos qué fue lo que nos unió por tanto tiempo. Nunca nos lo decimos, pero se que lo pensamos. Y sin embargo, si tuviéramos que volver al 2008, nos encantaría volver a encontrarnos.

No me dejás escribir cosas tristes, ni yo te dejo ver las noticias. Sin embargo cada uno hace lo suyo a escondidas del otro. Somos dos adolescentes que todavía están aprendiendo a quererse ya queriéndonos.
No voy a olvidar nunca cuando tuvimos al niño, vos todavía estabas internada y cansada, y mientras él dormía me decías: "no lo puedo creer, es mío!!!" jaja y yo te contesté: "nuestro, querrás decir", a lo que muy seria respondiste: "las pelotas, mío mío mío". Dejaste de pensar ya en nosotros dos para pensar en ustedes dos. Por un tiempo pensé que te habías olvidado de mi existencia, hasta que un día me dijiste, al verlo caminar: "mirá, el nene arrastra los pies como vos, que rico".

Estoy parado a pocos pasos del umbral que delimita el fin de la vida con lo vivido, y ahí estas, tirándome del saco hacia tus brazos, diciéndome "ni se te ocurra morirte", orden que me encantaría obedecer, pero ineludiblemente algún día desobedeceré. Te apena pensar en eso, a mí también, pero miramos para otro lado y seguimos viendo qué hacer con la cocina que me hiciste remodelar unas siete veces, o me llevás al jardín y me proponés plantar todo tipo de flores exóticas de esas que te gustan, o me preguntás "¿qué me vas a cocinar de rico hoy?" y así, de a poco, nos vamos olvidando de lo que nos pone tristes.

Todo eso se me pasó por la cabeza, y parecía que el tiempo se había detenido en aquél café, mi amigo todavía espera una respuesta y yo exhalo y le contesto: no me imagino mi vida sin ella, he tratado, pero no puedo, me encuentro ante un abismo lleno de nada. Es lo mejor que me pudo pasar en la vida, mi mejor riesgo, mi mayor inversión, mi apuesta más grande, que hoy puedo decir que gané más de lo que puede tener un ser humano al haberte conocido. No hizo falta decirle lo maravillosa que habías sido durante todos estos años, sólo me miró y notó en el brillo de mis ojos la felicidad que sólo vos me pudiste dar.

miércoles, 20 de enero de 2010

Busqueda necesaria de contrarios



No hace falta ser un intelectual para darse cuenta de que en nuestro país carecemos de una fuerte oposición política. Cuando digo "fuerte" no me refiero a una oposición que se levante con armas, eso es claro que ya no funciona en los tiempos que corren. Estoy hablando de un partido que en una situación electoral pueda hacer frente al partido oficialista, no con un insignificante porcentaje, sino que refleje en los resultados de las urnas la diversidad de opciones que pueda tener el país. Desde el presente resulta claro que para las próximas elecciones todo candidato que se muestre como posible contrincante al oficialismo carece de apoyo masivo y tiene en sobreabundancia una dosis de desconfianza que da temor. ¿Por qué será que nos ligamos a una facción política y nos autoconvencemos de que sólo ellos pueden sacarnos adelante? ¿No alcanzan las incesantes decepciones de los últimos 25 años?
Vamos a ser claros: desde la restauración de la democracia el pueblo argentino ha demostrado y sigue demostrando que sólo puede convivir y sentirse "comodo" bajo el mando de toda facción que provenga del peronismo. El partido radical sin dudas ha tenido logros inconmensurables, pero sigue siendo blanco de críticas infundadas basadas en prejuicios de una sociedad conformista que prefiere seguir bajo el yugo del mismo sistema antes que arriesgarse al cambio. He nombrado el radicalismo no porque sea la mejor opción, que hoy, a decir verdad descepciona y mucho, sino que es es al menos el "representante" de la oposición que hasta hace 10 años tenía su voz presente y respetada tanto en las calles como en el congreso.




El miedo al cambio tiene su explicación: la gente no es estúpida y sabe muy bien lo que le conviene. ¿Cuál es el problema? Es el siguiente: lamentablemente el pueblo argentino ha decidido tomar (ya desde Perón en adelante) una metodología política conformista que brinda una sensación de estabilidad y bienestar para muchos y de persecución y tortura para otros. El torturado en este país, bajo el modelo que acabo de nombrar, es nada menos que el asalariado que no depende del Estado y todo aquel pequeño y mediano productor que debe luchar día a día para subsistir contra los embistes de un gobierno que parece estar mandado a ir en contra del sentido común, y lo que es peor, del bien común.
La metodología de brindar incesantemente bienes, servicios, salarios, educación, salud, justicia, etc. sólo al sector carenciado de la población es morbosa. 



Considero que la estategia de usar el lema "igualdad" o, más literalmente, "re-distribución justa de la riqueza" para hacer todo lo contrario nos ha llevado (y mientras escribo nos sigue llevando) a caer cada vez más en el abismo de lo incivilizado y caótico, característico de los pueblos que no han aprendido todavía a emanciparse de Estados externos y de intereses personales que nada tienen que ver con el fin último de toda política: la búsqueda del bien común.

Argentina no sabe lo que es ver a su presidente confrontando en el congreso las opiniones de los opositores. Se sigue gobernando como en la época de Julio Cesar, en la que era absurdo ser opositor, ello implicaba la muerte. No de manera tan explícita pero sí al fin y al cabo, sucede esto en nuestro país. Es lamentable, estando en el 2010 que estas cosas sigan sucediendo.




Todos aquellos que pensamos la realidad actual sin las bendas en los ojos de los subsidios de por vida que brinda este "Estado benefactor" buscamos una voz que represente el hartazgo que sentimos al ver como se desmorona el país en el que vivimos. Necesitamos candidatos que promulguen que los subsidios de por vida (y post mortem también) a cambio de nada deben ser eliminados, que la educación sea un modelo rentable, una inversión y no un gasto. Lo ideal sería que en las próximas elecciones algún partido condene la política que en estos últimos 8 años ha torturado a los inversores nacionales.




He aquí el problema: nuestro país cuenta con una cantidad considerable de ciudadanos que no van a votar tal propuesta, y eso es respetable, porque es necesario que existan diferencias, pero, como decía, el problema yace en que la desvalorización de los puntos anteriores se va a fundamentar en argumentos absurdos y comunes que sostienen que éste país sólo puede ser gobernado por tal o cual partido (peronismo, justicialismo, frente para la victoria, etc..) No es conveniente postularse a presidente y anunciar que se acabaron los subsidios absurdos, alentadores de la vagancia y de la delicuencia. El tipo que diga estas cosas no va a ganar, como el tipo que dice lo que yo digo recibe severas críticas e insultos por lo que piensa.




¿Qué hacemos, entonces, cuando vivimos en un país cuyo germen ya instalado hace más de 50 años, se ha convertido en una enfermedad crónica? Los anticuerpos son débiles, la infección es agresiva y la sangre se pudre día a día.
Espero que algún día podamos entender que el camino a seguir es el opuesto al que venimos soportando (muchos otros disfrutando). Fomentar la abulia destruye el futuro. ¿Cómo llegamos al punto de considerar que el trabajo es la peor opción? ¿cómo fue que perdimos la verguenza de ser mendigos? ¿por qué consideramos una gracia, o un don el hecho de sacar provecho de todo aquello que va en contra de la honradez?.




Marx confiaba que algún día la historia y su dialéctica iban a provocar el paraíso obrero. Eso nunca sucedió, y eso que la clase proletaria es considerablemente populosa y extensa. Algunas personas piensan que las cosas van a cambiar porque la historia está destinada a rodarse en la dialéctica de los contrarios. Eso es un grave error. Los contrarios existen, pero ello no garantiza cambio alguno. Es que mientras sigamos en la posición pasiva que sostiene que la historia hace al hombre y no al revés nunca llegaremos a ver mientras vivamos tales rupturas.
Vivimos en un tiempo en el que es tentador sentirse descepcionado. La realidad nos pega en la cara, y fuerte. Pensar en un cambio, aunque sea paulatino, es casi un acto de fe religiosa. De todos modos los invito a reflexionar sobre lo siguiente: interpretar al mundo es sumamente valioso, pero lo importante es cambiarlo (Tesis 11 sobre Feuerbach). ¿Cómo? De todas las maneras posibles, todas menos una: la pasividad, el desasosiego, el sentirse derrotado ante la avalancha de injusticias diarias. Nadie puede decir que la vida es simple, fácil. Quien realmente se anima a pensar, independientemente de lo que nos vende la televisión, debe ver esta situación como un desafío. El ser humano se caracteriza por luchar, está en su naturaleza hacerlo. Cada uno desde su lugar puede aportar una dosis de racionalidad en medio de este caos. Callándose nadie gana nada.




Las revoluciones son imposibles en los tiempos que corren, asi que no se me malinterprete. La invitación que ofrezco es sencilla, no demanda derramamiento de sangre ni tampoco incita la falta de respeto, todo lo contrario, creo que hay que ganarle a la insensatez con sabiduría, calma y muchísimo respeto.
Tal vez somos un pueblo jóven, o simplemente algunos podrán pensar que estamos condenados a vivir en este estado de alienación constante para siempre. El optimismo, aunque abarrotado, no se ha perdido, todavía existen muchas personas que comparten un proyecto de país que nada tiene que ver con la mafia actual que nos gobierna. Confiemos en que el trabajo y la creación de fuentes de trabajo, la gran apuesta por la educación y la formación de nuestros jóvenes y niños es la única guía por la que podemos empezar a pensar un mañana mejor.

martes, 22 de diciembre de 2009

El misterio de nuestra existencia

Cuando nos planteamos la pregunta ¿qué es el hombre? salen a la luz todo tipo de respuestas posibles. Una de ellas, que es la que vamos a plantear aquí es la siguiente: el hombre es un ser arrojado en el mundo de las posibilidades. Ésta respuesta la dio Heidegger en Ser y Tiempo. Allí destaca que el "dasein", o "ser ahí" (que interpretamos "hombre") es un "ser-en-el-mundo".
La preocupación de Heidegger en el inicio de su obra era el problema del ser, no del hombre. ¿Cómo llegó a plantear la problemática de la existencia del hombre? El proceso es simple: el único ser que se pregunta por el ser es el "ser ahí", o sea, el hombre. Para comprender, ante todo, lo que es el ser debemos fijar nuestra atención en el interrogador por el ser.
La afirmación que declaramos anteriormente acerca de que el hombre está eyectado sobre sus posibilidades se explicita si mencionamos, más claramente, que es un ser que está proyectando permanentemente mientras existe. Nuestros proyectos se basan en posibilidades, es decir, se pueden concretar o no de acuerdo a las circunstancias contextuales en las que vivimos. Ahora bien, existe una posibilidad que abarca todos nuestros proyectos y que, a la vez, puede anularlos: la muerte.
El hombre que ha logrado reconocerse como un ser finito, que tiene plena consciencia de que algún día va a morir, ese ha logrado entrar en lo que Heidegger llama una "existencia auténtica". También están aquellos que pretenden ocultarse de la muerte, es decir, que niegan la posibilidad de la finitud de la existencia y que creen que el morir sólo les toca a los demás. Vivir de esa manera "inauténtica" sólo nos puede llevar a ser parte de un todo en el cual somos anónimos e intrascendentes.
El problema que nos planteamos aquí es el siguiente: ¿cómo hace el hombre que sí acepta su naturaleza mortal, que sí reflexiona acerca de su finitud, y, al mismo tiempo, hace proyectos y trata de concretarles de todas maneras?. Es cierto que cuando nos ponemos a pensar en la muerte nos angustiamos. El sólo hecho de sabernos finitos nos deja sólos, aislados del mundo, pues nuestra muerte es intransferible (nadie muere por nosotros). Aún así los hombres seguimos adelante con entereza. El misterio que responde a ésta pregunta puede ser tratado desde múltiples dimensiones y enfoques de pensamiento. Nosotros creemos que el hombre asume esta angustia y sigue viviendo porque ahora es más consciente que nunca que su tiempo en el mundo es precario y debe aprovecharlo. ¿Aprovecharlo en qué? Decidimos creer que quien quiere hacer buen uso de su temporalidad busca la felicidad en ella. Aquí entran a jugar un papel fundamental los principios éticos y morales de las personas. No todos vamos a asumir nuestra finitud de la misma manera, ni todos vamos a actuar similarmente.
En otras ocasiones hemos dicho que uno de los motores que impulsan al hombre a seguir viviendo es la búsqueda de la concreción de "propósitos" o proyectos que, dependiendo de la persona, serán trascendentes. Nadie busca propósitos intrascendentes como sostén de la vida misma. La trascendencia es un concepto muy subjetivo, es decir, no todos consideramos las mismas cosas a la hora de decidir si son o no trascendentes. De todas maneras, aquí surge otro problema en la existencia humana: ¿qué sucede si mi proyecto resulta ser intrascendente?, o ¿y si mi paso en este mundo fuese intrascendente?.
Este también es un motivo de angustia, pues con proyectarnos simplemente no logramos la felicidad inmediatamente, en algunos casos es necesario concretar nuestros proyectos para sentirnos satisfechos. Bueno, eso para nosotros no es realmente tan estricto. Pues, si bien algunos propósitos pueden ser frustrados por cualquier acontecimiento, el hombre siempre sigue proyectando, sigue buscando respuestas y logros dentro de sus posibilidades, no se estanca, sigue. ¿Cómo lo hace?
En muchos casos la angustia ante el fracaso truncan todos nuestros planes de antemano. Dependiendo de la seguridad personal que tengamos, podremos o no iniciar un proyecto aún sabiendo que podemos fracasar.
En la historia están reflejados miles de hombres que, con miles de dificultades de por medio, decidieron lanzarse al mar de las posibilidades y lograron concretar sus proyectos. No hace falta que nos remitamos a grandes personajes de la historia universal, fijemos nuestra atención en quienes nos rodean: familiares, amigos, conocidos, etc. seguramente encontraremos un caso ejemplar. Es que el esfuerzo de vivir y de ser feliz, aún sabiendo que vamos a morir, es parte de nuestra naturaleza, de nuestro ser.
Todos estamos "llamados" a atravesar la temporalidad y sus tempestades y lograr en ella nuestros anhelos. Los fracasos no son más que la imposibilidad de una de todas las posibilidades que tenemos ante nosotros. No perdamos la esperanza ante la negativa de un mundo que nos dice constantemente "no puedes".
La búsqueda de la autenticidad es una de las vías posibles para afrontar (nunca escapar a) la angustia existencial. Todo hombre que hace uso pleno de su consciencia, que hace valer su voz frente a la de todos los demás, que afronta los problemas vivenciales con entereza y valentía, que se rige por el camino de la honradez y la sinceridad, llega al final de sus días con proyectos por hacer, no con frustraciones y negatividad.
Afrontar la vida no quiere decir evitar la muerte. Ocultarse de la muerte es absurdo, es como querer esconderse del sol, que aunque no lo veamos, sigue ahí. El desafío del hombre actual debe consistir en revalorar la vida desde la finitud. Debemos terminar ya con esta constante ideología impuesta por el consumismo de pretender ser eternos en la finitud mundana. La búsqueda incesante de "lo nuevo", "lo inédito" sólo nos lleva a un estado de soledad producido por la falta de profundización en lo que ya existe, o mejor, en quienes ya existimos. El olvido "del otro" sólo nos deja sólos frente al abismo de la nada. Todas nuestras acciones deben estar referidas a nosotros mismos pero sin olvidarnos, fundamentalmente, de la presencia de los otros que viven en nuestro mismo mundo.
Trascender los límites de lo banal, lo absurdo y el sin-sentido es una misión que nos debemos imponer si pretendemos que nuestro paso efímero por nuestra existencia terrenal valga de algo, tanto para nosotros como para los demás.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Hasta cuando?

La historia nos demuestra que America Latina ha sido y, lamentablemente, sigue siendo un territorio que no puede aprovechar sus recursos naturales. Podemos apreciar que desde Bolivia con el problema del gas e incluso nosotros los argentinos con el petróleo, los recursos minerales y hasta ganaderos, todos somos países que nos mostramos incapaces de explotar nuestras propias fuentes de riquezas. Esto ha sucedido desde los tiempos de la conquista hasta nuestros días. El mundo, o mejor dicho, el primer mundo está repleto de especialistas, académicos, escritores, filósofos, antropólogos, etc. que se dedican pura y exclusivamente a analizarnos como ratas de laboratorio. Es que si bien esos países son los que contribuyen a la exclusión comercial de America Latina, en ellos hay una creciente preocupación por el estado de inanición de los Estados tercermundistas que se muestran impotentes a la hora de desarrollar industria propia. Sin dudas que se trata de un juego de poder, de conflictos políticos, de compromisos adquiridos (deudas al Banco Mundial, entre otros) sin sentido alguno. Es obvio que el pueblo latinoamericano se da cuenta de este estado alienante en que vive. Es realmente incomprensible que siga circulando ese discurso que afirma que no explotamos nuestros recursos naturales por falta de recursos monetarios que creen la industria y fomenten el cultivo por parte de los mismos habitantes de las tierras. Eso es una falacia y lo sabemos todos. Sobran los medios y la disponibilidad de colocar industrias nacionales, de promover a los pequeños y medianos productores, de incentivar el trabajo y la educación. Pero esto no sucede, es evidente que no sucede y es ilógico que no suceda. Una vez que hemos desmitificado la justificación erronea del por qué no se puede crear industria nacional pasemos al siguiente punto. Superada la imposibilidad de invertir en nuestro suelo nos queda preguntarnos: ¿por qué no lo hacemos de una vez por todas?. El plano sobre el cual se sientan todas estas cuestiones es muy complicado, complejo y posee una gran dificultad: la falta de transparencia de los Estados que gobiernan los países latinoamericanos no ayudan para nada a la reflexión y mucho menos a la práctica de lo que proponemos. ¿Con qué fin o utilidad un presidente decide subirle extraordinariamente, sin consultarlo con el senado, los impuestos de exportación a los productores?, ¿qué se gana, a nivel país haciendo eso? Absolutamente nada. Queda claro, pues, que se trata de intereses personales de un sector que se enfrenta a otro. En el medio de tal enfrentamiento queda expectante y sin posibilidades de hacer nada un país conformado por trabajadores que cobran lo mismo desde hace aproximadamente 10 años, o cobra menos, a eso le sumamos el detalle de que los precios crecen día a día, los productos indispensables (paradójicamente producidos en nuestra tierra, no todos en manos de capitales extranjeros) están desabastecidos, el nivel de pobreza aumenta, la escolaridad en zonas rurales o urbanas indigentes pierde adeptos, paros, cortes de ruta, etc... Repito ¿quién gana con esas políticas?. La gente debe preguntarse ¿qué hay detrás de esas decisiones incongruentes?. La pregunta por lo que subyace a lo que vemos por la TV es muy sana. Sólo podemos estar al tanto de lo que sucede cuando dejamos de confiar ciegamente en lo que nos dicen los discursos y las mesas de debates que se transmiten por los medios. No digo que los medios mienten (si es por eso, yo estaría mintiendo), sino que los invito a DUDAR, a buscar en el fondo del tarro lo que no nos quieren mostrar. Ante una injusticia de tal magnitud lo menos que podemos hacer es plantearnos la pregunta por el trasfondo de los tiroteos mediáticos. Pongamos sobre la balanza las prioridades y saldrán a la luz los intereses personales. ¿Qué es más productivo para el país, que haya fútbol gratis para todos o que se equipen los hospitales con mejores tecnologías de diagnóstico de enfermedades?. La pregunta se responde por sí sola si el que la lee tiene sólo un poco de sentido común. La política es una actividad preciosa, sublime, debería ser la demostración de que los seres humanos tenemos el don de la razón para hacer algo importante con nosotros mismos, para organizarnos civilizadamente y, sobre todas las cosas, para lograr el bien común. ¿Dónde se puede apreciar el bien común en el panorama político actual? Se confunde equidad social con desprestigio del motor económico de la nación. Se compra el voto con subsidios y se regalan recursos naturales a cambio de regalías absurdas. Se insulta al asalariado, al jubilado, al inversor, al terrateniente, etc. Quitarle al que más tiene para darle al que menos es una política ancestral que pocas veces a funcionado. No se deben confundir las cosas. Tal método no funciona, y mucho menos cuando se dan las disposiciones para que TODOS tengan mucho. La "clase media" o asalariada está siendo torturada día a día por las decisiones que, a modo de decreto (como lo hacen especialmente los tiranos) la perjudican y la apalean. Una persona cuyo sueldo es el mismo a medida que la inflación disparara los precios de las cosas, que resiste con pesar los puñetazos que le da la inseguridad en las calles, que tiene que enrejar su casa y mantenerla herméticamente cerrada a toda hora, etc. aguanta hasta donde puede. Todos tenemos un límite. Sería una exageración decir que el asalariado es un mártir, pero no muy lejos está de serlo. Los estallidos sociales son propiciados, sea por un sector que lo financia, sea por el consenso general de un pueblo que se cansó de decir "está bien". No esperemos que ésto que ficticiamente llaman República vuelva a ser (o mejor dicho, siga siendo) un campo de batalla, donde no metafóricamente, sino literalmente, corre sangre a diario de gente que tiene que sufrir las consecuencias de inadaptados corruptos que hacen de la carrera política un fin, y no un medio, para concretar objetivos que distan mucho de beneficiar y hacer progresar un país.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Encarcelados en casa

En los últimos años hemos visto la creciente ola de inseguridad que azota nuestra sociedad. Éste es un fenómeno que a muchos ya no sorprende, sino que ha pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana, y en cierto punto, es verdad. Nos hemos acostumbrado de cierta manera a dejar de pasar por ciertas zonas, evitamos calles en horarios nocturnos, enrejamos nuestras casas, blindamos nuestros automóviles, algunos incluso compran armas, etc. En definitiva, vivimos en un estado muy similar al de una guerra. Nos estamos preparando constantemente para lo peor. ¿Eso es vida? ¿ésto es democracia? ¿dónde está la libertad? ¿quién es libre y quién está preso?. El sentido común indica que quienes deben circular tranquilamente por las calles son las personas libres de todo delito. Causa náuseas e impotencia saber que tal sentido común no es tan común en el lugar en el que residimos. Cabe ahora plantearnos lo siguiente: Es posible que las personas vivan atemorizadas, encerradas, encarceladas en sus propios hogares, ¿es lo que corresponde? No vamos a criticar en esta nota la responsabilidad o, mejor dicho, la irresponsabilidad de las fuerzas de seguridad. Es ilógico que la calle ya no sea un lugar de libre circulación, que las veredas estén desiertas en las noches de verano (muchos sabrán que en San Juan era típico hace ya muchos años que la gente pusiera sus sillas en los veredines por las noches para tomar aire fresco, charlar con los vecinos y mirar a los chicos mientras jugaban bajo la luz del reflector). Todos gritan a viva voz: ¡¿Donde está la tranquilidad?! Esta sociedad exige y clama por tranquilidad, nada más y nada menos. ¿Quién puede estar tranquilo sabiendo que en las calles circulan chicos, menores de edad, con armas cargadas y neuronas quemadas por las drogas? Si de por sí un joven lúcido es peligroso con un revólver, imagínense lo terrorífico que es ése mismo joven con una dosis de cualquier alucinógeno en su sangre y una pistola calibre 38 en su mano. "Esto es una jungla", he oído en varios medios. Sinceramente yo pienso que la situación de inseguridad en la que estamos inmersos es mucho más preocupante que la del escenario selvático. Pues en la selva todo se rige por leyes naturales: la leona caza lo que encuentra para alimentar a sus crías y al macho de la manada, esto ha sido así siempre y no por ello ha desaparecido especie alguna. Ahora bien, que entre los hombres nos estemos cazando, persiguiendo, matando, torturando, secuestrando, robando, amenazando, etc. no tiene sentido alguno. Tales acciones no responden a ninguna ley natural. Lo hacemos porque creemos necesitar algo que no tenemos y que, en definitiva, no es necesario ni vital. Aquí no hablamos del famoso fulano que roba la gallina para alimentar a sus hijos, nos referimos exclusivamente a aquellos que golpean y lastiman a los jubilados para sacarle monedas, hacemos referencia a esas criaturas inservibles y asquerosas que creen que pueden violar y matar sin recibir castigo alguno. Estamos viviendo en una etapa crítica de la historia. Los valores a los que recurríamos antes cuando estábamos en crisis han sido borrados del mapa. El respeto ha sido reemplazado por la indiferencia. La honradez pierde día a día su peso y se respeta (por temor) a la figura del deshonesto y corrupto. Quienes nos deberían proteger nos persiguen, y nosotros, en nuestra desesperación, ingenuos, recurrimos a ellos. ¿A quien debemos recurrir cuando todos nos dan la espalda? Sólo se respira desaliento y preocupación, descreimiento y temor. Y la gente honesta y trabajadora se pregunta ¿hasta cuando?. Hay esperanza, apostemos por un futuro mejor, eduquemos nuestros hijos, hagamos valer nuestros derechos. Callándose nadie logra nada. Tenemos un suelo precioso y fértil, utilizándolo responsablemente a nadie le debería faltar nada. Desprendernos de la cultura del subsidio eterno ayudaría muchísimo a esta sociedad. La propuesta sigue en pie, esto no es un dilema, se trata de cambiar el rumbo hacia el cual nos dirigimos, y el timón si bien se maneja desde el Estado y sus ejecutores, no olvidemos jamás que somos los ciudadanos los que conformamos tal Estado, los que votamos y elegimos a quienes maniobran este barco, somos los responsables de cambiar lo que nos sucede. El hombre hace la historia, y no a la inversa. Es cuestión de ser conscientes que nuestra voz no es muda, siempre alguien escucha, siempre alguien lee, siempre alguien hace algo. Seamos ese alguien y dejemos de esperar un "salvador" que nos despierte de esta pesadilla.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La metáfora "Madre-Estado"

Hace poco tiempo escuche al presidente de Brasil, el señor Lula da Silva decir en una entrevista las siguientes palabras: "El Estado es como una madre, se encargará de los hijos más débiles y necesitados, al que más hambre pase le dará el biberón, y no por ser el más lindo, ni el más inteligente, sino porque es el que más lo necesita", luego asistía: "...los ricos no requieren de la ayuda del Estado".
Más allá de lo que cada uno piense, estas palabras dan mucho que hablar. De todos modos aquí sólo voy a dar mi opinión acerca de qué tipo de madre-Estado tenemos aquí en la Argentina.
Si bien es cierto que una madre siempre fija más su atención en aquellos hijos desvalidos, nunca quita su mirada del resto. Quien posea el título lo sabrá mejor que yo. Pareciera ser que en este país la institución llamada Estado actúa de la siguiente manera hacia con la totalidad de sus hijos: a todos aquellos que hayan podido lograr cierta solvencia económica no sólo los ignora, sino que les pone trabas día tras día, no los deja crecer más de lo que deberían según los cánones que "ella" impone. A todos aquellos que trabajan y pagan sus impuestos (que en esta familia llamada Argentina no son una contribución, son una imposición que crece día a día) los castiga día a día aumentándoselos, a modo de penitencia por hacer bien las cosas. ¿A qué "hijos" mima esta madre-Estado argentina?, ¿a quienes castiga?, ¿son realmente los débiles e indefensos los que más atención reciben? Vamos a los hechos y de hecho podemos apreciar que estas preguntas se responden por sí solas. De ser cierto que el modelo Estado-madre funciona metafóricamente de tal manera, debería también serlo la disminución paulatina de la pobreza, indigencia, analfabetismo, etc. Es que esta madre nos ha mal acostumbrado y nos ha enseñado que mediante su subsidio debemos vivir, nos ha impuesto un modelo de progreso que depende directamente de sus decisiones y condiciones, a modo de decretos, a las cuales no podemos eludir.
Coincido con el presidente brasilero en que el Estado no puede ignorar a sus ciudadanos más necesitados. Ahora bien, ¿nuestro Estado, el argentino, subsidia, ayuda y provee de soluciones a aquellos que quieren "salir del pozo" de la indigencia?, ¿acaso un plan jefe de hogar es un incentivo para que las personas comiencen a buscar un nuevo rumbo y se inserten en el campo laboral? No nos engañemos. Seguramente hay casos en los que el objetivo de subsidiar al que lo necesita funciona para reactivar la economía, pero siempre tal situación debería darse de manera temporal, hasta que se estabilice la crisis y todo aquel que hasta ese entonces era acreedor de esa ayuda estatal pueda emanciparse de tal dependencia y seguir su camino de manera autónoma. Claro esta que lo que acabo de decir suena irreal a la hora de ver la situación de nuestro país. Ni el Estado pretende emancipar a los subsidiados, ni la mayoría de los subsidiados pretende lograr tal independencia.
No se puede progresar económicamente cuando se tienen los índices de pobreza y de manutención como los que tenemos. Tampoco lo vamos a lograr siguiendo el ejemplo de nuestra madre-Estado que nos hace cada vez más complicada la existencia tanto a quienes desean prosperar como aquellos que lo han logrado y han sido castigados por hacerlo.
El problema aquí generalmente se trata bajo el término "equidad". Es ésa una palabra cuyas implicaciones políticas no son fáciles de analizar. Si tratamos de ser objetivos, vamos a decir que es tan injusto ignorar a los necesitados como quitarle la renta a quien la ha ganado con el sudor de su frente. Las implicaciones éticas de la equidad no son comúnmente acordadas entre los diversos sectores políticos porque utilizan el vocablo en favor o en contra de intereses que nada tienen que ver con la realidad misma. El Estado actual dirá que es ético y equitativo subir los impuestos de exportación, pues con tales fondos se ayuda a millones que lo necesitan. Los trabajadores o propietarios de las tierras dirán que nada malo le han hecho ellos ni a su madre-Estado ni a sus hermanos necesitados para recibir tal castigo. ¿Cómo decidimos, pues, lo que es justo y equitativo en este marco actual?. Si siguiéramos la metáfora de Lula al pie de la letra, podríamos expresar que a veces las madres no son justas con algunos de sus hijos, pero que tal injusticia está siempre basada en una decisión crucial e indiscutible. De niños nos ha resultado a todos imposible poder comprender el por qué de la negativa de nuestra madre a la hora de otorgar un permiso.
Es realmente ridículo tomar la metáfora al pie de la letra, porque de hacerlo terminaríamos aceptando todo decreto que a priori fuese presentado sin consulta alguna a los ciudadanos (que es lo que en verdad hacen las madres) debe ser aceptado con resignación. El país ha "crecido", ya no es un niño que debe acatar "ordenes", si bien somos, en lo que respecta al tiempo que llevamos como Nación regida por la democracia, jóvenes y nos queda mucho por aprender. Pero lejos de seguir el esquema presente del poder que nos rige, debemos apartarnos de la idea de que el Estado tiene la obligación de meter las manos en los bolsillos de los que trabajan para calmar a aquellos que prefieren no hacerlo. No estoy diciendo que todo aquel que reciba un subsidio no quiere trabajar, pero sí digo y no me retracto, que es vergonzoso que lleguemos al punto de considerar "normal" que una familia reciba de por vida el seguro por desempleo. Bajo ese modelo nos va a resultar prácticamente imposible crear una nación pujante, que salga adelante mediante su trabajo y su esfuerzo. Todo lo contrario, considero que esta forma de actuar del Estado (que no es precisamente una metodología de el gobierno actual, sino que viene siendo practicada hace ya muchos años y cuyo precursor fue Perón, entre otros) más que un mecanismo de ayuda al más necesitado es un dispositivo de control masivo de los medios económicos de gran parte de la sociedad. La dependencia económica absoluta de gran parte de los habitantes de un país hacia con el Estado sólo trae consecuencias drásticas y poco prometedoras.
Incentivar el trabajo, promover la industria, facilitar los medios para que los productores puedan crecer y dar a su vez fuentes de trabajo, estimular una cultura guiada por la educación de todos son las pautas que todo ciudadano honrado debería esperar del Estado. No confundamos ayuda en tiempos de crisis con mantenimiento de por vida y entorpecimiento económico a largo plazo
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domingo, 11 de octubre de 2009

El hombre y su actividad de institucionalizar la vida

El afán y la necesidad de institucionalizar nuestras actividades humanas es un arma de doble filo. Porque si bien el aval de una institución nos posiciona y nos favorece en ciertos campos, también nos excluye y nos restringe en otros.
¿Por qué tenemos esa manía de crear grupos de personas (jurídicas) que se dediquen - no a controlar - sino a evaluar y a determinar si uno pertenece o no, o si merece o no tener tales o cuales derechos y garantías. Vamos a ser más claros: al moverse el hombre siempre en el "campo de luchas", se está jugando una apuesta, y,como en todo juego, debe existir un juez, referí que determine qué es válido,aceptable, cierto, necesario y qué no. A simple vista parece la descripción de una partida de poker, pero en realidad aquí estamos hablando de otra cosa. Incesantemente las personas nos sentimos seguros al tener tras nuestra subjetividad esa mole jurídica, de la cual no todos confiamos, pero creemos que sin ella no podemos vivir en paz, aparato que si bien es útil en toda sociedad democrática, es sumamente peligroso en comunidades cuya inestabilidad política es ya un folklore.
Al peligro que hago alusión es muy fácil apreciarlo, o sospecharlo, si uno se lo propone. Cuando la institución encargada de brindar y asegurar, por ejemplo, paz en las calles y seguridad en los hogares, hace todo lo contrario y a su vez, realiza actividades antónimas a las que debería realizar de acuerdo a los reglamentos burocráticos, pero, por su puesto, avalada por dicha institución y las leyes que la rigen, se lleva a conclusiones sumamente absurdas, pero formalmente válidas.
Acabamos de ver en qué casos la instauración de instituciones en sociedades poco acostumbradas a la vida democrática,es sumamente peligroso por el hecho de que mediante ella se pone en el plano de lo legal para unos pocos, lo que para casi todos debería ser ilegal. Pero no todo este planteo tiene un tinte pesimista. Cuando ponemos este tema en debate no nos vamos a detener a pensar en el dilema absurdo que plantee la posibilidad de una sociedad sin instituciones. No nos vamos a meter en ese tema porque creemos que es una discusión sin salida y sacada de todo contexto posible al actual.
Pareciera que- al estilo kantiano- traemos en nuestra naturaleza tal necesidad de crear instituciones que avalen y regulen todas las actividades que realizamos. ¿Para qué lo hacemos? Hay muchas maneras de interpretarlo, pero vamos a admitir que se debe a la necesidad de crear una persona jurídica, que representa a la mayoría y, bajo su forma, se impone porque ha sido creada por el consenso. Le damos muchísimo valor al consenso, y creemos que todo lo que es consensuado es bueno. Cuidado con ésto también, pues con consenso el ser humano ha hecho atrocidades innombrables. Tal vez sea por la necesidad de imponer límites a la conducta y ambiciones, al pensamiento, al lenguaje, etc. ¿Pero esto está mal? Aquí no podemos plantear un tema tan complicado como el jurídico bajo coordenadas de bien y mal. Sin embargo siempre, como animales que sienten la obligatoriedad de juzgar y valorar que somos, tendemos a evaluar las cosas bajo esos ejes. Siempre existió la paranoia y el temor a vivir en una sociedad sin instituciones, sin ellas pareciera que se nos viene todo abajo, todo pierde sentido porque todo carecería de valor, y sin valor el hombre cree quedarse con las manos vacías. Este tema lo trata de manera maravillosa Nietzsche en su relato del "loco" que anuncia por las calles la muerte de Dios. En ese caso en particular, se plantea un desafío muy grande: si muere Dios, ¿qué hacemos los hombres? ¿qué leyes tienen vigor?, ¿qué tiene sentido?, ¿ahora quién decide quien es el loco y quien es el cuerdo?, ¿donde encontramos ahora la verdad?. Es un texto maravilloso y lo recomiendo pues tiene el encanto único que puede brindar su autor.
Dejo abierto el debate: ¿se puede vivir (ubiquemosnos en el contexto actual, pues vivimos hoy, ahora) sin instituciones?, ¿son necesarias?, ¿los incluyen, nos excluyen o hacen ambas cosas a la vez?, ¿se puede plantear en el siglo XXI una vida des-institucionalizada?, ¿qué sucede con aquellas personas que piensan que tal creación humana es simplemente simbólica, evolutiva y hasta perecedera?.

martes, 6 de octubre de 2009

Los jóvenes de hoy y la actividad política

Hasta hace no muchos años se podía apreciar que la juventud se ha mantenido al margen del contexto político en todo sentido. Éste era, y todavía lo es, un tema que preocupa a aquellas generaciones que hoy son parte activa de todo movimiento político. ¿Qué sucedió con aquellos ideales contestatarios, participativos y comprometedores que tenían antes los jóvenes? Es tan sólo una de las miles de cuestiones que se ponen en la mesa del debate a la hora de analizar la importancia que le están dando hoy las nuevas generaciones a la actividad política.
Es probable que se haya producido una secularización de todo interés político, entre tantas cosas, porque no se educa a los jóvenes para que sean aptos en la vida social y a servicio del bien común. El rasgo que determina esta actitud es el creciente individualismo, mimado y favorecido por una sociedad de consumo que lo último que hace es presentar inquietud alguna por el compromiso público. Estamos hablando, y ya sin dar rodeos, de desinterés e indiferencia.
Cuando nada nos inquieta o interesa, nada tenemos que hacer para cambiar ninguna situación. Este estado de abulia ha provocado un daño grave, sino irreversible en las mentes de los jóvenes. ¿Quién es responsable de ésto?, ¿los padres, el Estado, las instituciones educativas, la sociedad asqueada de vivir en una democracia rotulada? Contestar semejante cuestionamiento implica un extensivo análisis que aquí no vamos a desarrollar. Simplemente nos parece, de modo apresurado y por el momento, que todos aquellos tienen algo de responsabilidad.
Por un lado, es escasa la transmisión de ideologías políticas de padres a hijos hoy. Se ve que, en general, se trata de evitar en nuestros hogares todo tipo de debate que tenga que ver con posiciones políticas diferentes. Se ha reemplazado la discusión por el silencio. Esto no es nuevo, y no sólo está sucediendo en este instante; todos aquellos adultos que han tenido participación en cualquier partido han tenido que afrontar, no sin dificultad, la oposición dentro de sus propios hogares. Me animo a destacar que, el hecho de que exista confrontación ayuda firmemente al desarrollo de un pensamiento crítico y situado, con fundamentos, expectativas, esperanzas y frustaciones. Es hasta sano el hecho de se pueda disputar en una conversación acerca de fenómenos sociales, porque es hasta una manera de participar activamente de la vida pública, es una muestra de interés por la relación Estado-ciudadanos y entre las personas mismas, estén del lado que estén. Cuando se cierra el paso al diálogo, nada bueno se puede esperar. Mucho menos cuando se confunde el debate político con conversaciones cerradas y sin sentido, como hoy, desgraciadamente, se valora tal comportamiento que, en definitiva, es una necesidad humana como comer y vestirse. La cultura del silencio y del desvío sólo nos lleva a la individualidad y al desinterés por los demás seres humanos.
¿Qué referentes tienen hoy los jóvenes argentinos, con respecto a cualquier ideología política?,¿en qué principios y bajo qué circunstancias puede manifestar hoy una persona que se está adentrando a la adultez, lo que piensa acerca del Estado, sus beneficios y sus deficiencias?, ¿qué pueden proponer una generación que ha sido, y lo es mientras escribo, adormecida por el consumo desenfrenado y el escapismo a toda realidad "cruda" que implique su participación para con los demás miembros de una comunidad?. Toda pregunta implica en ella una respuesta. Aquí dejo en manos su subjetividad y su ideología para contestarlas.
Es cierto que cabe la posibilidad de que éstas generaciones hayan podido apreciar por su cuenta que en muchos casos el poder es un fin y no un medio. En este sentido, el campo político es "un campo de luchas", como diría Bourdieu, donde cada uno hace su apuesta y se juega todo su "capital" (recursos, humanos, intelectuales y económicos o materiales). Al parecer éste no es un juego que provoque tentación alguna en los jóvenes de hoy. Habría que buscar los por qué y luego tratar de proponer soluciones.
Son varios los pilares que sostienen este "ser político" llamado Estado. Ahora bien, para no desviarnos del tema, apreciemos que un componente significativo y absolutamente necesario para que se dé tal institución simbólica, no es más que sus ciudadanos. Lo inquietante es que esos miembros sean conscientes de que posición en el mapa público es importante, necesario y, por qué no, obligatorio. Uno no puede decidir dejar de ser ciudadano en el país en el que vive. A priori tenemos derechos y obligaciones. Es obligatorio votar, pero no lo es participar en ninguna medida en algún partido, facción o posición política. Apreciamos que esta contrariedad nos ha llevado al límite de encontrar en los resultados de las urnas decepciones apabullantes. Que un ciudadano consiga mediante elecciones la presidencia con sólo el 22% de los sufragios lo demuestra.
A lo que queremos llegar, finalmente, es a la afirmación y a la búsqueda de un consenso que avale no sólo el incentivo de todo tipo a la participación política desde la juventud, sino también la necesidad de admitir que en este estado de las cosas no se puede seguir ¿por qué? porque mientras se siga alimentando el egoísmo y el desprecio a la actividad que con tanto esfuerzo y pasión el hombre ha denominado "política", seguiremos siendo víctimas de todo tipo de manipulación y engaño.