lunes, 4 de julio de 2022

“Redescubriendo el inmenso valor del ser frente al parecer”- Lisandro Prieto Femenía

“Toda la vida de aquellas sociedades en las que prevalecen las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que una vez fue directamente vivido se ha transformado en mera representación”

Guy Debord

En previas ocasiones nos hemos expresado en torno a la afectividad circulante y reinante de nuestro siglo, caracterizada por una “empatía envuelta en celofán de 08 bits” para referirnos a la superflua y ficticia forma que hemos optado de querer y hacernos querer mediante una realidad virtual en la cual todos participan para ser vistos pero raramente para interactuar con sentido. Pero hoy nos interesa profundizar, paralelamente, sobre un aspecto fundamental que merece la pena ser tratado: el valor inconmensurable que en nuestros días tiene la privacidad y el anonimato frente a la cultura de la permanente e insoportable exposición constante.

En su obra “La sociedad del espectáculo” (1967), el escritor, cineasta y  filósofo Guy Debord (1931-1994) expone claramente un modelo de vida que se viene instalando en las sociedades occidentales desde comienzos del siglo XX. Básicamente, lo que nuestro pensador nos quiso expresar es que vivimos en un teatro existencial con forma de pantalla en el cual el sentido de existir depende directamente de la exposición y la “necesidad” de ser vistos todo el tiempo. La traducción ontológica de lo que acabamos de expresar sería “si no me ven, no existo” (pensar que veníamos de l “pienso, luego existo”, ya se veía un declive fuerte del horizonte de sentido). En este tipo de discurrir existencial, no importa tanto lo que uno piensa o hace, sino lo que se proyecta en una representación que debe ser digna de ser vista y disfrutada.

Puede parecernos que el planteo de Debord es exagerado, pero, queridos lectores, si se toman unos instantes, suspendan provisoriamente la lectura de este humilde artículo, tomad vuestro móvil, abrir cualquier red social que se encuentre instalada y comiencen a deslizar vuestro dedo índice hacia arriba en la sección “noticias”: encontrarán información personal e íntima de más de 300 personas que voluntariamente han decidido mostrar absolutamente todos los recovecos de su intimidad gratuitamente. La supuesta excusa del uso de estos dispositivos es “poner en contacto” o “conocer” a las personas, pero yo les pregunto ¿se conoce realmente a una persona mediante una red social? Lo que no me queda duda es que conoceréis dónde se fueron de vacaciones, a qué evento cultural asisten, dónde y qué comen, cómo visten y donde compran lo que usan, con quién se relacionan y a quien admiran, pero quiénes son, lo dudo seriamente. 

Tal vez habéis oído hablar del “panóptico”, puesto que al ponerse de moda la lectura de un pensador en una época determinada, resurgen algunos conceptos y junto con tal renacer, vienen acompañando millares de nuevas y licuadas re-interpretaciones. Un panóptico es un tipo de estructura carcelaria ideada por el jurista y filósofo inglés  Jeremy Bentham(1748-1832) que tenía como finalidad lograr un control total de vigilancia en una superficie determinada, instalando en el centro de la misma una especie de torre que les permita a los guardias tener visibilidad completa y clara sobre cada una de las celdas de los reclusos. La idea revolucionó la arquitectura no sólo de las cárceles, sino también de la mayoría de las construcciones de uso público (juzgados, escuelas, consultorios médicos u hospitales, etc.) e incluso se incorporó en el diseño de los propios hogares de los ciudadanos. La utilidad específica del panóptico se centraba en la capacidad de ver sin ser visto, de vigilar a quien no sabe que está siendo vigilado, puesto que si bien todos sabemos que hay puestos de observación, nunca vemos la cara del que observa.

El ser vistos sin ver al que nos ve nos produce una sensación de vigilancia permanente y de alerta ante dicho desconocimiento que tenía la función de causar su correspondiente temor para evitar cualquier tipo de comportamiento indebido. Ahora bien, lo que nos interesa hoy mediante esta breve reflexión es que podamos ver cómo hemos pasado de vivir entre dispositivos de vigilancia a ser nosotros mismos los proveedores de información y auto-vigilantes al servicio de mega-corporaciones que nos venden el dispositivo para entretenernos pero que en el fondo es una máquina de producir información y datos mediante la exposición voluntaria de nuestros “perfiles”.

Más allá del puro narcisismo que representa estar colgando fotos de nuestra vida íntima permanentemente en redes sociales, es interesante evaluar lo que perdemos en la dinámica enfermiza que representa la vida del maniquí viviente. Lo que se resguarda y no se muestra es valioso, digno de respeto e incluso sagrado, mientras que lo que se expone gratuitamente es siempre comidilla de cotillas y fuente de banalización masiva de una horda de desinteresados con el poder de opinar. Pensar que mi vida no tiene sentido porque no es vista por extraños totalmente desconocidos es lo mismo que pensar que si cierro los ojos dejo de existir. Si asistimos a un partido de cualquier deporte, se supone que es para ver el espectáculo, ya sea en solitario o en compañía pero al parecer, la experiencia cultural sólo tiene sentido si la miro mediante una cámara que comparte en vivo y en directo con todos mis contactos lo que estoy apreciando. Les pregunto con sinceridad ¿tiene sentido alguno dar a conocer a un millar de desconocidos mi ubicación geográfica y la plena vista de lo que estoy realizando? ¿Es real la experiencia cuando está tan tamizada por representación pictórica que creamos nosotros mismos para que los demás vean lo que estoy viendo?

Al fin, parece que no podemos superar la caverna que Platón utilizó para explicar tantos aspectos fundamentales de la vida, el conocimiento y el sentido de la existencia. Vivir de la sombra que producimos para otros es exactamente lo mismo que ser esclavos de nuestra propia sombra, creada permanentemente con filtros y stickers cuya única finalidad no es decir “esto soy yo” sino más bien “esto es lo que yo quiero que tú creas que soy yo”. Retomando con la ficticia motivación de las redes sociales: ¿eso es conocer gente? Vaya sorpresa se llevarán a diario cientos de miles de personas cuando corroboran que el ser humano que tienen delante en la mesa nada tiene que ver con el personaje expuesto en la pantalla del móvil. La gente real poco tiene que ver con la ficción representada que se presenta en los feed’s y en las historias musicalizadas de las redes sociales. 

Para corroborar esto sólo me basta con asistir a la salida de un colegio esperando que mi hija termine su horario escolar: no menos de 80 padres y madres, uno parado al lado del otro, todos con el cuello inclinado hacia una pantalla y nadie dialogando con nadie, nadie conociendo a nadie; nadie sabiendo quien es nadie. La alienación que se produce es tal que hemos preferido conocer el perfil digital de una persona antes que tener que tediosamente charlar personalmente con ella. El nivel de abstracción y de individualismo que representa el abandono de la vida social real y concreta nos ha llevado justamente a trivializar nuestra existencia y la de los demás de una manera que causa espanto y temor: si te sucede algo y lo publicas, recibirás reacciones y comentarios; si te sucede algo en la calle y necesitas ayuda, recibirás silencio: en fin, nos estamos convirtiendo en ciudadanos antisociales atomizados y subyugados por prisiones  con panópticos que nosotros mismos instalamos en nuestras vidas.

En el fondo, el problema filosófico aquí presentado tiene que ver con la preservación de nuestro ser y de nuestros afectos mediante la conservación del anonimato frente a la exigencia mediática constante que nos coacciona insistentemente para que seamos “notorios” y notados para creer que existimos verdaderamente. Las consecuencias éticas de este tipo patético de existencia representa una entrega personal y voluntaria de aspectos estrictamente íntimos ante “una legión de imbéciles que antes sólo hablaban en el bar sin dañar a nadie” (Umberto Eco). Hemos visto cómo se han arruinado vidas y reputaciones de personas mediante filtraciones de material audiovisual que retrata aspectos que no deben ser masivamente divulgados. Y por más que la cultura posmoderna progresista y nihilista nos indique que dicha exposición es fruto de un ideal de libertad, corroboramos que ello es mentira cuando la víctima de divulgación de información íntima sufre y pide a gritos que se baje dicho contenido de las páginas web o solicita desgarradoramente que por favor se deje de compartir esa foto o ese video. 

En fin, y como siempre sostenemos, el desafío al que la filosofía crítica (no servil y justificadora de atrocidades) nos invita es al abandono del servilismo voluntario de la alienación permanente que, mientras nos entretiene, nos expone y nos entrega en lo más íntimo de nuestro ser, equiparándonos ontológicamente a la cosa digna de ser vista y consumida en lugar de presentarnos como seres humanos dignos de ser  realmente queridos y conocidos por lo que realmente somos.

 

 

 


jueves, 23 de junio de 2022

"Cuestionando el supuesto peligro de una inteligencia artificial que no piensa"- Lisandro Prieto Femenía

Hace apenas unos días se ha viralizado una “noticia” que señala que uno de los ingenieros de Google habría sido despedido por revelar ciertos detalles del funcionamiento de un dispositivo específico que interactúa con humanos mediante inteligencia artificial. Nada de otro mundo. Lo que hoy quisiéramos pensar con vosotros es en la inquietud que provoca a muchos en nuestros días acerca de las capacidades y condiciones que puede llegar a tener un mecanismo artificial para realizar acciones similares al “pensar” y “sentir”. 

Independientemente del impacto mediático que causó la declaración del ingeniero Blake Lemoine al afirmar que su «Modelo de lenguaje para aplicaciones de diálogo» (LaMDA) ha expresado experimentar ciertos sentimientos o que se siente feliz o triste a veces”, es importante que despejemos un poco la nube de humo publicitario que envuelve esta supuesta controversia, puesto que pretender dilucidar si una máquina puede pensar igual que un humano mientras que aún no comprendemos en su completitud los procesos cognitivos de los mismos humanos es como querer descubrir si crece hierba en algún planeta de otra galaxia mientras que desconocemos que tenemos debajo de la suela de nuestros zapatos. 

Alan M. Turing (1912-1954), el padre de la computación y la informática, y probablemente el responsable de la existencia de lo que hoy utilizamos básicamente para casi todo en nuestra cotidianidad, el internet, postuló la posibilidad de que una máquina pueda llegar a pensar. En el año 1947 Turing planteó la pregunta en el National Physical Laboratory y posteriormente en 1950 en un artículo titulado “Máquinas computadoras e inteligencia” dio el puntapié para la investigación concreta de la inteligencia artificial, sosteniendo que una máquina “piensa” si su interlocutor humano, al comunicarse por escrito con ella, no es capaz de distinguirla de los demás interlocutores (ver “Test de Turing”). Estos indicios (básicamente, la resolución de teoremas complejos y creativos por parte de esa inteligencia), le dieron al brillante matemático británico la pauta para pensar que en menos de un siglo sería posible algo más grande. 

Ahora bien, adentrándonos en el ámbito de la filosofía para poder comprender este fenómeno, es inmediata la pregunta ¿qué entendemos por pensar? Es imposible responder esa pregunta en un artículo de opinión, pero intentemos dar algunos esbozos.  Si nuestro propio software natural entra en conflicto cuando intentamos comprender preguntas cómo “¿por qué hay algo, y no más bien nada?”, imaginemos una inteligencia artificial que sea capaz de responder semejante incógnita existencial. Aún con todo el anaquel de teorías científicas y conocimiento histórico que disponemos no hemos logrado comprender cabal y definitivamente conceptos como tiempo y espacio (recordemos a un tal Agustín que señalaba que si le preguntan qué es el tiempo, lo sabe, pero si lo tiene que explicar, no puede), ni las ciento cincuenta mil posibles respuestas cargadas en un dispositivo podría siquiera acercarse a dar una respuesta medianamente reflexiva. Lo cierto es que, como decía René Descartes, pensamos porque existimos, y sabemos que existimos, porque pensamos, y dudo seriamente que entre millares de alternativas de respuesta de una Alexa encontremos un ápice de pensamiento complejo que apunte a la comprensión del sentido. Quienes dispongan de cualquier dispositivo con IA, por favor, pregúntenle ¿qué es la belleza? Escucharán muchísimas definiciones precargadas, lecciones históricas, recopilados de pensamientos, procesamiento de teorizaciones realizadas por terceros, pero jamás les dirá qué piensa sobre ella, ni mucho menos hará el esfuerzo de intentar definirla por su cuenta. 

Pero vamos más allá, indaguemos un poco más. Suponiendo que los avances tecnológicos han logrado un nivel de sofisticación supremo mediante el cual la máquina puede chatear casi de igual a igual con nosotros, ¿es eso un diálogo? Hagan una pequeña prueba: actualmente las empresas, para evitar contratar al fastidioso personal humano, han instalado en sus plataformas de contacto con los usuarios mecanismos de IA que brindan respuestas automáticas bajo el estímulo de palabras clave que el mismo sistema pide para continuar. Pues bien, ante un inconveniente técnico de cualquier tipo en el consumo de un servicio, se nos impone que hablemos en clave con una matriz para que la misma nos muestre una serie de soluciones previstas previamente por un informático humano que parece disponer el mismo nivel de sensibilidad que el simpático avatar que lejos de ayudarnos, nos da tarea para la casa. Repito, aún con el mayor avance posible ¿eso es un diálogo?  

No es fundado el temor por el permanente y creciente avance tecnológico de la IA. La ciencia ficción nos ha bombardeado durante años mediante exquisitas metáforas con advertencias que indican que algún día la máquina va a tomar nuestro lugar. El problema es que ya lo tomó, y no por cuenta propia, sino porque abarata costos de manera significativa en cualquier ámbito productivo. La gravedad del asunto no pasa por la posibilidad de un gobierno federal a cargo de un robot pensante, sino por el uso y el lugar que le damos al mismo, pero por sobre todas las cosas, el mayor de los peligros es que pensemos que un dispositivo que hace algo parecido a pensar pueda imitarnos, cuando lo que en el fondo hace, es quitarnos miles de fuentes laborales a diario: Mr. Machine no tiene hijos, no tiene pareja, no debe pagar cuentas, no se enferma (se rompe, pero generalmente siempre tiene solución mecánica), no está afiliado a sindicatos, no se queja, no necesita descansar, no tiene brotes psicóticos ni pide días por duelo por la pérdida de ningún familiar. En pocas palabras, no se angustia porque jamás piensa en su finitud ni en lo que puede hacer en el tiempo que le queda (no piensa). 

En fin, el problema no es la cosa, es lo que nosotros le permitimos a la cosa hacer por nosotros y en lugar nuestro. Si algún día la IA nos permite salvar vidas, como lo logró Turing al descifrar las transcripciones del ejército nazi con su máquina, o prevenir catástrofes y evitar cataclismos, o contribuir a la crisis alimentaria y sanitaria mundial, pues bienvenida sea. Lo que nos debe inquietar no es el potencial que tiene un procesador de razonamientos, sino los usos concretos que se les quiere dar: un chip insertado en el cerebro de una persona para lograr que adelgace podría darnos el indicio para comprender que se está intentando sustituir el poder de voluntad (software que todos tenemos instalado en nuestro sistema operativo desde que somos gestados) por la comodidad que produce que un choque electromagnético a nuestras neuronas impida algo que nosotros mismos podríamos impedir. Lejos de temer al potencial de la IA, temamos mas bien a las aplicaciones concretas que de ella se quieren lograr en nosotros, por nosotros y en detrimento nuestro. Y no lo olviden, estimados amigos, es más peligrosa la máquina que puede pensar y decide no hacerlo que aquella a la que por más que le instalen diez mil millones de opciones de resolución de problemas, no puede hacerlo aunque quisiera (cosa que tampoco puede puesto que el software de la voluntad y la libertad de decisión para maquinitas aún no ha sido creado). 


miércoles, 8 de junio de 2022

“Pensando en la estafa del Leviatán sin rumbo”- Lisandro Prieto Femenía

“El día que nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”

Thomas Hobbes

Todo comenzó cuando Thomas Hobbes (1588-1679) creó una mole conceptual que tuvo injerencia inescrutable en la política moderna que cambió la forma de constituirnos como comunidades autónomas denominadas Estados. Pues bien, a lo que hoy entendemos por Estado Hobbes lo simbolizó en un Leviatán, un monstruo bíblico que representa la fuerza inmensa y desmedida de una entidad ante la cual nos tenemos que subyugar a cambio de su protección frente a enemigos externos e internos (quien se atreva a desafiarlo desde afuera, recibirá guerra, quien ose de romper el contrato social interno, sufriría las consecuencias del peso de la ley). 

En la presente oportunidad intentaremos reflexionar en torno a desprotección del gigante al cual le hemos otorgado unánimemente el poder de custodiarnos, protegernos y albergarnos, a saber, la idea de Estado. Cuando Hobbes redactó el Leviatán en 1651, ya había vivido la revolución y la guerra civil que proclamó la República y decapitó a Carlos I, Rey de Inglaterra, Irlanda y Escocia en 1649. En tal contexto, el filósofo inglés no tuvo mejor idea que pensar que lo peor que podría sucederle a cualquier comunidad organizada era abrazar la anarquía en el fulgor de las típicas ínfulas de libertad que suelen despertar las revoluciones. Ante ello, la mayor inquietud del pensador inglés podría resumirse en una pregunta práctica esencial: ¿cómo podemos hacer los seres humanos para convivir, todos juntos en un lugar, sin causarnos daño, o vivir en una situación caótica permanente?

Para dar una respuesta a semejantes tiempos convulsos, ideó una filosofía estrictamente política que se antepusiera a la amenaza precedentemente enunciada. En pocas palabras, sus ideas defendieron ideales que sostenían la tesis acerca de que solamente un gobierno lo suficientemente fuerte (necesariamente autoritario) es el que puede garantizar la vida ordenada en sociedad. Incorporó al léxico político conceptos fundamentales, como el contractualismo.

Si bien “el hombre es un lobo para el hombre”, es decir, somos todos potencialmente malvados por naturaleza, sería entonces necesario establecer ciertas reglas para que esos “lobos” puedan convivir de una manera tensamente armoniosa. El motor motivacional, en definitiva, es el miedo de ser devorados por el salvajismo propio de un “estado de naturaleza” que no conocer de códigos de conducta, de cuidado y protección y mucho menos de respeto y tolerancia: es el imperio total de la fuerza de unos sobre otros. Menuda metáfora de Hobbes para definir nuestra naturaleza, pero, les pregunto queridos lectores ¿se equivoca? Aun viviendo en pleno “Estado de derecho”, ¿no cerráis con llave su casa o coche al salir?, ¿qué son esos barrotes en vuestras ventanas?, ¿para qué están esos dispositivos que suenan tan fuerte cuando alguien irrumpe en nuestra morada?, ¿por qué hay cada vez más cámaras de seguridad en la vía pública?

Pues sí, paradójicamente, vivimos en un Estado que tiene cárceles, fuerzas de seguridad, Cortes de Justicia y letrados que condenan a criminales, delincuentes, violadores, estafadores y violentos. Sí, tenemos de todo en el cuerpo de nuestro desgastado Leviatán, el cual parece no estar pudiendo protegernos cabalmente de aquel otro monstruo bíblico, a saber, el Behemot, clara representación de la anarquía y la guerra civil. El peligro permanente y latente de la precitada bestia atenta permanentemente contra el alma (la soberanía) y la razón (las leyes y la justicia). Dichos pilares que suelen mantener en pie nuestro Estado y nuestra forma de vida, más allá de los simbolismos, se encuentran en un estado de lucha permanente por su supervivencia en el marco de un campo de batalla agónico que trasluce la interminable lucha de intereses propios de nuestra naturaleza.

Pero, si hasta el día de hoy ha pervivido el sistema representativo democrático-republicano, es porque la gran mayoría de ciudadanos (antes, súbditos) han cedido el poder de ejercer la justicia y el orden a un Estado que si bien castiga al incumplidor, garantiza el orden al cumplidor. Pues bien amigos lectores, a la vista está que el modelo está completamente quebrado por la sustancial y evidente falta de confianza de quienes cedemos el poder al sumo ente de gobernabilidad. La sensación permanente de desprotección que sienten los miembros de Estados democráticos se deja traslucir, desde hace un tiempo considerable, ante la visible imposibilidad del “monstruo” de ser efectivo y ecuánime en algunos aspectos centrales.

Para simbolizar semejante resquebrajamiento, traemos como ejemplo el siempre intemporal tango argentino titulado “Cambalache”, escrito por de Enrique Santos Discépolo y Raul Seixas en 1934, en el cual se expone un panorama sombrío de entreguerras que explicita una decadencia moral y política, aparentemente sin precedentes, de un mundo que a simple vista se muestra totalmente irresoluto. Básicamente se declara, bien al estilo de Schopenhauer, que el mundo fue, es y será una “porquería” en cuanto que siempre existieron delincuentes, personajes maquiavélicos dirigiendo nuestros destinos y estafados. Nuestros tangueros, anonadados con el Siglo XX y su asqueroso despliegue de maldad insolente, aún no podían avizorar el reinado de la perversión que haría gala en el siglo siguiente. 

Aun así, el sentimiento de una canción escrita hace casi cien años, mantiene su vigencia, en cuanto que la comunidad percibe cotidianamente y tangiblemente la estafa que representa vivir en una sociedad en la que da lo mismo ser honesto que traidor, ignorante que sabio, ladrón y estafador que generoso. ¿Acaso nos habrán borrado el horizonte con una esponja? Cuando Nietzsche realizaba su crítica a la metafísica occidental acerca de la moral platónico-cristiana occidental y hacía referencia a una decadencia se refería exclusivamente a ese sentido imposibilidad de poder contemplar un sentido: cuando la existencia no dispensa vida, reina la muerte y la decadencia, la total imposibilidad de distinción entre lo correcto y lo nefasto. Como bien sabemos, el arte en general, y la poesía y la música en particular pueden expresar sencillamente los problemas filosóficos y existenciales más críticos y amargos. En este sentido el tango logra expresar de manera sublime lo que casi todos los seres humanos sentimos cada mañana al abrir nuestros ojos, vivamos donde vivamos: “¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualado... Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que si es cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”, o, en palabras de Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

La falta de respeto y el atropello a la razón que representa la estafa de vivir en un sistema político y económico que en la mole legal que invisten nuestras Constituciones Nacionales aseguran la preservación y el cuidado de nuestros derechos humanos básicos, a la vez que fuera de la letra de la jurisprudencia nada se cumple con rigurosidad y persevera la hipocresía que entrona como Señores a ladrones y denigra a profesores (sobre todo de filosofía), médicos, científicos y personas probas en general, termina produciendo una herida moral en la comunidad muy difícil de subsanar, hecha carne mediante una justicia que no dispensa penas y castigos correctamente ni garantiza la libertad ciudadana; una fuerza de seguridad que no te cuida; un sistema educativo que no forma seres libres y pensantes; un sistema de salud permanentemente colapsado y un mercado salvaje que impide que un trabajador que cumple con todas sus obligaciones no pueda darle a su familia una vida digna y un sistema político representativo que, tras las elecciones, no representa a nadie.

Amigos lectores, sentirnos identificados con la clara lectura crítica de la decadencia política, moral y económica en la que estamos inmersos, cada uno desde su rincón del globo, no es suficiente. Así como Marx, en su Tesis 11 sobre Feuerbach nos decía que “hasta ahora los filósofos nos hemos encargado de interpretar al mundo, de lo que se trata es de cambiarlo”, nosotros, sí, Ud. y yo, simples ciudadanos que intentan pensar, tenemos que sentirnos parte activa de una sociedad que se corroe permanentemente por la desidia, el desinterés y la abulia cívica. En este sentido consideramos fundamental desnaturalizar el fin del tango, específicamente la prosa que versa insistiendo en que da lo mismo lo que seamos, puesto que a nadie le importa si nacimos honrados. Pues no, sí importa, sí nos tiene que importar. La clave puede estar, creo humildemente, en que los honrados, sensatos y talentosos dejen de “estar sentados a un lado” de la vida ciudadana activa (política), porque mientras los buenos se retraen, los sátrapas avanzan y sin pudor ocupan ese lugar de poder  y de decisión, el comando de mando de un Leviatán que se está quedando sin pies y sin cabeza, pero aún tiene latidos en su corazón.


viernes, 27 de mayo de 2022

"Escarbando en la angustia que da sentido a la existencia"- Lisandro Prieto Femenía.

“A unos, los excitaba Ares; a los otros, Atenea, la de los brillantes ojos, y a entrambos pueblos, el Terror, la Fuga y la Discordia” (Fobos, Deimos y Enio). 
Homero, La Ilíada (Canto IV, verso 440) 

En previas ocasiones hemos tenido la oportunidad de reflexionar y mencionar la importancia del concepto de angustia en la filosofía existencial de Martin Heidegger, refiriéndonos particularmente al rol que la misma ocupa en la analítica existenciaria del único ser que se pregunta por su ser. En pocas palabras, se podría decir que la angustia que nos planteaba Heidegger es propiamente “un miedo sin objeto” determinado puesto que es la sensación de completa indeterminación que propicia la vida inauténtica de la masa, que es esa vorágine cotidiana que nos bombardea mediáticamente con un solo fin: propiciar el abandono voluntario del pensar reflexivo. 

 

En primer lugar, es preciso diferenciar la angustia de la fobia, puesto que la figura de Fobos, en la mitología griega, suele confundirse con el concepto filosófico que aquí quisiéramos, someramente, explorar. Pues bien, Fobos es hijo de Ares, representación de la guerra, y Afrodita, la belleza y el deseo, y su personificación suele representar al miedo propio que se infunde mediante el espanto a los soldados que iban al frente de batalla. Su epifanía siempre provocaba la huída despavorida, el horror paralizante ante la explícita contemplación de un peligro casi imposible de evadir. Los romanos, posteriormente, lo representarán bajo el nombre de Timor, vocablo del que procede "temor", el cual siempre estaba asociado a Deimos, entendido como dolor y/o angustia que trastoca a la psiquis de manera determinante, en conjunto con su "hermana", Enio, asimilada a la aniquilación propia de las masacres de guerra. 

 

Pues bien amigos, como hemos sostenido una y mil veces, pensar es peligroso y causa angustia. Y pensar-se, de acuerdo a lo precedentemente explicitado, produce generalmente esa angustiosa cercanía a la nada. Y la vecindad a la nada nos provoca esa sensación de vértigo ante el abismo en nuestro ser, porque nos expone a la posibilidad de la dimensión patente de carencia de sentido de “lo dado”, posicionándonos en un no lugar provisorio con y frente a otros, nuestros otros, la entidad que nos cobija a diario. 

 

La característica que hace distinguir a la angustia del miedo es que ella no tiene un motivo único que la provoque, mientras que el segundo dispone de disposiciones, situaciones, objetos y realidades que directamente lo disparan. Por ello el miedo siempre tiene cierta explicación, pero, por el contrario, cuando queremos explicar por qué estamos angustiados no podemos verbalizarlo cabalmente ni demostrarlo empíricamente: es temor de todo y de nada, a la vez. Ahora bien, y tratando de seguir el hilo lógico de la argumentación existencial heideggeriana, esa “sensación”, lejos de ser una condena o un padecimiento estrictamente negativo, es signo claro de que se está transitando por la senda del pensar. Generalmente, las personas que no se angustian por nada, es porque no les importa básicamente nada. La preocupación, y posterior ocupación y cuidado ante la angustia que revela la nada es claro síntoma de estar existiendo auténticamente puesto que tras esa instancia existencial uno puede dilucidar el universo de posibilidades de existir que provee el tener consciencia de ser en el mundo, aunque sea en estado de arrojo, y vivir con dignidad y sentido sabiendo perfectamente que sólo hay una posibilidad que aniquila todas las demás posibilidades: la muerte. 

 

Y Ud. lector, a esta altura se estará preguntando si realmente vale la pena angustiarse por el análisis reflexivo y la búsqueda de sentido de nuestra existencia. Tal vez también estará pensando que hay otros motivos por los cuales uno se angustia, que no tienen nada que ver con los oleajes existenciales y filosóficos precedentemente detallados. Pues sí, es cierto, hay más, siempre hay más, así de compleja y extensa puede ser la existencia cuando uno intenta pensarla. Es indudable que sufrimos, cada cual por lo suyo, porque nos pasan cosas que nos impactan, nos golpean, nos sorprenden y nos deja perplejos: uno no espera jamás la muerte de un hijo, la pérdida del trabajo o la aniquilación de la posibilidad de un amor que pudo ser y no fue, entre tantas cosas. Pues bien, el sufrimiento se encuentra presente patentemente en lo más propio de nuestro transcurrir existencial que se da en un tiempo finito, colmado de posibilidades sublimes y atroces a la vez (éxito y desgracia se turnarán caóticamente, a veces, a destiempo y a contrapelo de nuestros deseos y esfuerzos). 

Justamente es Kierkegaard quien nos enseñará que es el mar de posibilidades de existencia del hombre el causante de nuestra angustia, puesto que su inmensidad no se correlaciona con nuestra finitud. Según su caracterización, somos una mezcla entre bestia y ángel ya que coexiste en nosotros lo divino y lo estrictamente mundano, lo cual genera una tensión muy fuerte ya que la infinitud propia como posibilidad se topa con la facticidad de la muerte. Ahora, nuestro encuentro con dicha angustia, lejos de ser un sentimiento corrosivo, es más bien una oportunidad catártica que nos permite imaginar múltiples posibilidades ante la crudeza de una realidad que se muestra como definitiva. Al parecer, según Kierkegaard, el don de la angustia nos entrena para enfrentar con dignidad los embates de una existencia que esconde tras de sí un sinnúmero de potenciales embates desagradables que son posibles, pero aún no reales. Podría decirse que nuestro filósofo danés nos da la pauta de concebir a la angustia como un sentimiento que nos prepara, entrena, y por qué no, nos educa en la finitud misma. 

 

El gran Maestro Eckhart por su parte, nos dirá (desde otra óptica que no es la existencialista del Siglo XX) que sufrimos justamente porque somos "un punto entre el tiempo y la eternidad". En este caso, la angustia se produce por la sensación limítrofe producida entre sentirse parte de un eco eterno (que con Eckhart se trataría del estar incluidos en la unidad de la divinidad, con lo Uno) y la sensación de futilidad propia de una existencia carente de cualquier atisbo de permanencia. Ahora bien, tanto unos como otros, parados en veredas filosóficas aparentemente distantes, no parecen estar tan en desacuerdo conforme a la postura que podemos tomar frente al mismo hecho angustioso existencial. En este caso, el Maestro nos indicará que el camino es el del desasimiento, a saber, el desapego o desprendimiento del deseo por las cosas intrascendentes mundanas. Quien pretenda seguir esa vía, "no busca la tranquilidad, porque ninguna intranquilidad lo puede perturbar [...] Esta actitud no se puede aprender mediante el escape (la huída), es decir, que exteriormente huya de las cosas y vaya al desierto; por el contrario, se deberá aprender a tener un desierto interior dondequiera y con quienquiera que esté".  

 

Nos quedará pendiente para otra reflexión el tema del desierto y toda su significancia. Por el momento, nos limitaremos a enfocarnos en el aspecto que dicho escenario representa: el pensar, el pensarnos que nos angustia, es siempre una búsqueda de trascendencia. Dicho por uno o por otro, el camino es bastante similar en cuanto al considerar al pensamiento desde la lejanía necesaria que propicia la reflexión, en contraposición al estilo de vida propio del maniquí que se siente en la necesidad de ser mostrado en el anaquel virtual de la notoriedad evanescente a la que nos interpela el panóptico productivo y consumista propio de la vida postmoderna y decadente.  El "desierto" nos simboliza la emoción estrictamente subjetiva e intransferible a lo colectivo, puesto que la angustia es justamente algo que se puede vivenciar en la más cabal soledad que nos permite aislarnos del ruido innecesario y nos conecta con lo más privado e íntimo de nosotros mismos: nuestra percepción de los límites propios de la finitud. 

             

Generalmente tratamos de derivar nuestras reflexiones a cuestiones que atienden particularmente a nuestro rol en una comunidad o en una sociedad determinada, cuál podría ser nuestro aporte en cuanto seres pensantes, activamente dispuestos a participar críticamente en aquello que nos aqueja y que requiere de atención de la razón lúcida. Pero como habrán podido apreciar, queridos amigos, lo de hoy va por otro lado. El planteo y la disputa filosófica aquí se da entre uno y uno mismo pensándose a sí mismo como existente con sentido. 

 

Para finalizar, queremos retomar el pensamiento de Kierkegaard, que decide definir a la  angustia como "la posibilidad misma de la libertad". Esa "posibilidad" que habilita la angustia abre la chance de un futuro condicionado no sólo por la facticidad del tiempo y de los hechos, sino también por la intervención de nuestra propia voluntad, mediada por su correspondiente libertad, para tomar las riendas sobre el asunto existencial de nuestro actuar.  Por ello siempre es fundamental comprender que la posibilidad de pensarnos (no relatarnos; no retratarnos) es parte crucial del proyecto consistente en  asumir que a pesar de la finitud, la muerte, la enfermedad, la desgracia, el fracaso, el temor a la maldad y a la injusticia, vale la pena seguir viviendo. 





lunes, 16 de mayo de 2022

"Exponiendo la quantitas que destroza la qualitas de nuestra educación"- Lisandro Prieto Femenía 

"Culpar a otros de nuestras desdichas es una muestra de ignorancia;  

culparnos a nosotros mismos constituye el principio del saber;  

abstenerse de atribuir culpa a otros o a nosotros mismos,  

es muestra de perfecta sabiduría" 

Epicteto 

Hoy queremos acercarles una reflexión en torno a los tiempos propios del verdadero conocimiento. En múltiples oportunidades hemos dicho que se puede hablar de conocimiento cabal cuando surge la comprensión, que es esa epifanía representada en la imposibilidad de olvidar algo porque fue bien aprendido (y consecuentemente, bien enseñado). En un texto titulado "Aurora", específicamente en su Prefacio, Nietzsche nos indica una pauta ejemplar al señalar la necesidad de aprender lentamente diciéndonos: "Este Prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco o seis años? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además, tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo (...) «filólogo» designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud." 

Tal como lo sugiere Nuccio Ordine, las precitadas palabras deberían estar grabadas en piedra sólida en la puerta de cada una de las escuelas del mundo, como claro signo de claridad contra la prisa destructora de todo proceso complejo de comprensión. La paradoja aquí planteada es la siguiente: formamos profesionales en una carrera contra el tiempo, puesto que el tiempo es dinero, y perdemos en el camino la posibilidad de dar calidad a aquello que los cartones dicen acreditar: saber. Como todo lo bueno en la vida, para formar personas pensantes, creativas, resolutivas, inspiradoras, es preciso un proceso pedagógico y cognitivo sin presiones ni prisas. Ahora bien, si prestamos un poco de atención a las exigencias a las que son sometidos profesores de todo el mundo para conseguir resultados utilitaristas, cumplir con promedios de aprobación y de rendimiento académico, notamos que evidentemente hay un conflicto que denota una contradicción pragmática peligrosa y engañosa: aprender o certificar que se aprobó una asignatura curricular.  

La lógica del beneficio de la velocidad, precedentemente enunciada, está arruinando literalmente el espíritu de la escuela, la universidad, en fin, la enseñanza toda. Así como con exceso de emisión monetaria sin respaldo se logra la devaluación de una moneda, con la educación sucede algo similar: emitir cientos de miles de certificaciones que dicen acreditar saber año tras año, para incrustar a la fuerza en un mercado laboral salvaje a miles de jóvenes profesionales, sin experiencia laboral alguna y con contenidos aprehendidos tironeados de los pelos por el tiempo que demandan los créditos, sin duda alguna devalúa y genera una "inflación" educativa cuyo daño ya se está percibiendo en todo el mundo. En teoría, un docente no debería empeñar todos sus esfuerzos en acumular puntajes en Juntas de Clasificación, en contar con becarios y tesistas para alimentar su currículum y sus posibilidades de ascenso (al estilo empresarial), en asistir a eventos académicos innecesarios caracterizados por la pompa más que por la experiencia propia de compartir conocimientos fructíferos, etcétera. La preocupación primordial de cualquier profesor podría estar puesta en la preparación de una buena clase, lectura y relectura de materiales para ofrecer a los alumnos, empeño y dedicación en pos de la búsqueda de la comprensión por parte de los aprendientes. Y tal vez ésto no sucede, no porque no existan docentes comprometidos, probos y excelentes, sino básicamente porque la atención, el reconocimiento y el financiamiento siempre están puestos en lo accesorio previamente señalado y no en lo simplemente esencial.  

Dejemos de lado, por un momento, el aspecto tristísimo de encontrarnos con licenciados que no pueden dar fe de aquello que se asegura haber comprendido mediante la aprobación de créditos académicos y certificaciones curriculares; con médicos que cometen errores totalmente evitables; contadores y administradores de empresas y finanzas que desconocen completamente la matriz básica del funcionamiento de una economía simple; abogados que carecen totalmente del principio de realidad o lógica propia de la jurisprudencia o el docente que debe enseñar a leer y escribir a los pequeños y su ortografía, gramática, vocabulario y sintaxis dan pavor. Lo que hoy queremos analizar no es eso, no creemos estar en condiciones o estar a la altura necesaria para darle su correcto tratamiento.  

Sí nos interesa plantear un problema: ¿cómo se escapa de la lógica utilitarista, mercantilista de la educación para ahondar en otro modelo, otra forma, más sensata y necesaria, a fin de producir, mediante un sistema educativo coherente, seres libres, pensantes, prósperos y felices? Imaginemos por un segundo en la posibilidad de que nuestros sistemas educativos abandonen algún día la estricta economicidad con la que se proponen "educar" y se dediquen a formar a los alumnos seriamente y sin la prisa que se centra más en la cantidad que en la calidad. Pensemos por un instante un mundo en el cual el esfuerzo que ponemos en nuestro proceso formativo se proyecte en un sinnúmero de personas que trabajan de algo que aman, porque estudiaron algo que les gusta y que disfrutan apasionadamente. Y aquí los amantes de la filosofía, las letras y las artes tenemos un problema agobiante y persistente: la imposición de la utilidad que niega toda posibilidad de eficacia a carreras denominadas inútiles para un mundo totalmente mercantilizado y mecanizado que lejos de querer contar con ciudadanos libres, pensantes, críticos y disruptivos necesita de clientes obedientes, acríticos, apolíticos y fáciles de sensibilizar. 

¿Se dan cuenta, amigos lectores, el nexo existente entre educación y libertad que acabamos de exponer? Pero ahora bajemos de nuevo a éste mundo, nuestro mundo, en el cual educar es invertir, pero no de la manera benévola que vosotros seguramente estaréis pensando. Ordine nos lo explicita de manera contundente, al indicar que los sistemas de evaluación y las reglas a las que los profesores de todos los Niveles y Modalidades del Sistema Educativo, a nivel mundial, están dictados por tres grandes Agencias Internacionales: el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico y la Organización Mundial del Comercio. Quienes financian los rendimientos educativos saben perfectamente que la rentabilidad no se encuentra en la formación de hombres y mujeres libres y críticos, en la promoción variada de la cultura, el arte, las letras y el pensamiento, sino en la reproducción sistemática en masa de futuros y potenciales consumidores apacibles. Contrariamente a ello, todos pensamos, y queremos pensar, que en realidad las instituciones educativas nos deberían formar ciudadanos que no asocien los grandes valores de la vida con el valor monetario de adquisición de bienes y servicios. 

Y aquí pasamos, para concluir esta breve reflexión, a mi problema ético filosófico favorito: el puente entre la educación y la felicidad. En reiteradas oportunidades hemos expresado que es imposible ser feliz desde la esclavitud, y siguiendo el hilo lógico de lo precedentemente expuesto, es evidente que la única herramienta noble y eficaz para encauzarnos en la búsqueda de dicha libertad es, no me queda duda, la educación (no la sistematizada al estilo de pollos de granja engordando al mismo tiempo, sino la que apunte siempre a la comprensión). 

Contrariamente a la tan promocionada ética del exitismo consumista, Aristóteles nos indicaba que las riquezas, el honor y las alabanzas públicas son parafernalias comparadas con la felicidad que se puede experimentar mediante una vida virtuosa que consiste en una constante búsqueda de comprensión que posibilita vivir dignamente. Mantener la búsqueda permanente de la felicidad mediante la formación continua y la promoción del pensamiento crítico y creativo, lejos de ser un ideal atemporal podría ser planteado como una meta y un derecho humano básico a resguardar, puesto que una persona que aprende para ser libre es un ciudadano que tiene más chances de sentirse y de ser parte de una comunidad a la cual le debe su parte, y con orgullo podrá brindar dicho aporte puesto que para ello abocó tantos años de estudio y esfuerzo con un sentido que excede y trasciende el mero mercado laboral y apunta a conformar una sociedad en la cual el bien común puede transformarse en una realidad cotidiana y no en un cliché moral nostálgico de un tiempo que pudo ser y nunca fue.  



viernes, 29 de abril de 2022

“Comprendiendo la cobardía del difamar” – Lisandro Prieto Femenía

El ser humano cuenta con un listado interminable de talentos espectaculares y de miserias aborrecibles. Tanto talentos como actos despreciables, han estado presentes en todos los tiempos de nuestra historia, y la verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol del Siglo XXI. Pero hoy quisiéramos expresarnos en torno a la actitud denigratoria por excelencia denominada “difamación”, la cual parece haberse subvertido en nuestro tiempo de manera magistral: de ser un acto cobarde y artero, ahora es un gran talento naturalizado e incluso patrocinado por una cultura de negación total al principio básico de la justicia, a saber, la presunción de inocencia. 

Siempre existieron los difamadores, es imposible negarlo. En nuestra bella historia de la filosofía contamos con un caso fundante ejemplar que data del año 399 A.C, a saber, el juicio y condena de Sócrates, figura primordial de la configuración de la filosofía occidental. Al maestro se lo acusaba de corromper a los jóvenes y de negar la existencia de los dioses. En el texto denominado “Apología de Sócrates”, presentado por Platón, su discípulo predilecto, se describe minuciosamente el proceso por el que atraviesa el denunciado, el cual dialogando con sus alumnos procede meticulosamente y argumentativamente a desmontar la verdad oculta detrás de la pantomima judicial: se lo estaba castigando, básicamente, por haber criticado fuertemente un sector específico de la sociedad ateniense. En otras palabras, lo invitan a morir, o a exiliarse, por pensar. 

Han pasado dos mil cuatrocientos veintidós (2422) años desde aquel patético episodio injusto, y debemos considerar que salvo algunos condimentos y estructuras, la humanidad poco ha podido avanzar en el ideal de la justicia apoyada por un modelo racional que busque cierta objetividad ante el caos y el reinado de la sinrazón que nos caracteriza como seres tremendamente inmorales y obcecados. Cuando decíamos previamente que la difamación- del latín “diffamare” (“dis”: esparcir, difuminar, separar; “fama”: noticia, rumor)- se ha naturalizado y se ha convertido en herramienta judicial suficiente, nos referíamos exclusivamente al sentido de aceptación plena del rumor dado y esparcido por quien sea (medios de comunicación, sociedades, organizaciones, Estados, empresas, etc.) para causar daño intencional irreparable sobre otros. Dicha figura supo tener, en tiempos pre-post-modernos algún tipo de condena, puesto que el agravio y la falsa acusación o diseminación de mentiras sobre alguien puede, literalmente, arruinarle la vida y empujarlo a la muerte. 

Pues bien, los tiempos no han cambiado tanto, pero ciertas prácticas se van sofisticando. La prueba empírica de corroboración de un hecho se ha convertido en una vieja reliquia mirada con desdén, y hemos procedido a considerar como cierto solamente el testimonio verbal sustentado básicamente por la diseminación del rumor, el cual desde su raíz etimológica ya indica en su raíz al “ruido”, deformación del sonido original que, al ser propagado, se convierte para muchos en una realidad indiscutible. Si a ello le sumamos que en la actualidad cada ser humano adolescente y adulto cuenta con un dispositivo móvil mediante el cual puede compartir indiscriminadamente una cantidad incontable de información falsa, la fórmula de la difamación instantánea y masiva se hace moneda corriente, implicando con ello la banalidad egoísta de contribuir a la aniquilación de la reputación de un sinnúmero de personas que prácticamente no tienen derecho a réplica, paradójicamente, en un mundo que dispone de cientos de medios masivos de participación que mucho permiten decir y en el fondo, nada dicen (es, como nos señalaba el gran Umberto Eco, el imperio de los patanes con voz y voto en absolutamente todo). 

No es casual que Sócrates, gran opositor a la sofística de su época, haya sido condenado. Como bien sabemos, al maestro de Platón sólo le interesaba la verdad, la cual fue su obsesión hasta su último respiro. Pero en la época mencionada estaba en auge otro tipo de educación (y su correspondiente práxis política), sustentada por la argumentación retórica que lejos de querer revelar una realidad o descubrir una verdad, se satisfacía con convencer mediante argumentos convincentes de cualquier cosa a la población, a cualquier costo, ¿les suena conocido? Enfrentarse con los impostores le costó la vida, puesto que, como siempre hemos sostenido, el acto de pensar y de expresar dicho pensamiento implica siempre un peligro. 

El mismísimo Papa Francisco en el año 2016 se pronunció al respecto de las consecuencias nocivas del rumor, al cual calificó de “acto terrorista”. Podrá Ud., querido lector, pensar que es una exageración por parte del Sumo Pontífice, pero intentemos comprender los alcances del calificativo que le otorga a esta actitud cobarde y malévola. Si prestamos atención a la raíz indoeuropea el prefijo "reu'', a saber, "rugir'', "murmurar' nos da una pauta esclarecedora: el rumor siempre se presenta por lo bajo, subyaciendo a la personificación de la persona que lo esparce y se ramifica a gran velocidad, gracias a la ayuda del tan amado por los mediocres “se dice que…” hasta que, al momento de ascender de las profundidades del anonimato, ya está en boca de todos y es considerado una verdad inapelable. ¿No es acaso, eso, un acto de terrorismo? Si prestamos atención a los mismos, nos enteramos de ellos cuando ya están consumados, cuando ya han hecho daño, cuando ya han cumplido su misión destructiva. Previamente, forman parte de un estadio de planificación, secreto y escrupuloso cuidado. 

La difamación es una clara expresión de terrorismo porque en cierto sentido mata. No se trata de una exageración, sino que es literal el daño mortífero que causa al cumplir con el objetivo de poder sostener un cúmulo de falsedades en un mundo que naturaliza la mentira, y ello inexorablemente puede tener consecuencias sumamente peligrosas para la humanidad. Es obvio que un rumor no es un proyectil que quita una vida, pero sí puede ser el sustento de una decisión arbitraria que deje sin empleo a una persona, o que ensucie injustamente el honor y buen nombre de cualquier ciudadano, sin que ello tenga consecuencia legal o moral alguna. En este sentido, “morir” no es simplemente perder los latidos del corazón, sino ser apartado completamente cual escoria del ámbito social, de la familia, los amigos, el trabajo y la vida en comunidad. El daño casi irreparable de la difamación de ja una marca casi imposible de borrar que acompaña al acusado o al difamado por el resto de su vida, puesto que quienes recepcionan y comparten habladurías, difícilmente tengan la empatía de intentar cambiar su juicio, aún cuando haya sido demostrada la falsedad de los dichos. 

Como siempre sostenemos, no pretendemos cambiar el mundo desde un humilde editorial de reflexión, pero no podemos dejar de intentar invitar a los lectores a pensar sobre este asunto tan delicado y acuciante para todos: el problema de fondo de lo precedentemente explicitado es la verdad. Sin verdad alguna, reina inevitablemente el absolutismo del relativismo que, lejos de ser simplemente una postura acomodada desde lo epistémico, funda dispositivos de poder que ejercen sobre todos nosotros las más injustas consecuencias al son de la aprobación masiva de una ciudadanía que abandona progresivamente toda pretensión de conocimiento verdadero y objetivo. En otras palabras, la mentira naturalizada de la difamación y la falsa denuncia instala regímenes autoritarios (en el seno de Estados “democráticos”) en los cuales incluso el propagador de mentiras puede ser víctima de su propia medicina, tornando la existencia en una coerción constante que nos empuja al abismo del silencio paralizador.  



viernes, 22 de abril de 2022

«Pensando la desidia desde el aburrimiento intencionado»- Lisandro Prieto Femenía.

Comúnmente entendemos por «desidia» a la actitud que denota carencia de voluntad o descuido por inatención al momento de realizar una actividad. Su raíz etimológica, el verbo latino «desidere» da nacimiento a esta actitud, pero también, paradójicamente, a su antónimo «deseo», motor del accionar en muchos casos. Hoy nos centraremos particularmente al primer significado, el que en su traducción del latín denota literalmente «abandonar el asiento», «dejar el puesto» ya que consideramos que es ésta la ilustración fidedigna y personificada del status quo establecido en el estado que se encuentra la tan vapuleada democracia actual.

En ocasiones previas hemos mencionado que el «mal banal», propio del poder burocrático que reemplaza las balas y granadas de la guerra por una sucesión interminable de trámites y sutilezas administrativas que literalmente quiebran la voluntad de cualquier simple mortal. Pero el concepto que traemos hoy sobre la mesa de discusión nos interpela a todos, estemos de un lado u otro del escritorio, puesto que si bien se suele hablar de «desidia» para adjetivar la actitud de personas que son tremendamente flojas y equívocas en su trabajo y, en particular, para referirse al accionar de funcionarios públicos, también debemos aplicarlo para su contraparte, a saber, quienes vemos claramente la ineficiencia y el voluntario mal actuar, y lo naturalizamos, miramos para un costado o proferimos derrotismos como «así son las cosas, nada puedo yo hacer».

Sería estupendo y entretenido poder escribir solamente de la total falta de compromiso que denota el accionar político a nivel global, o sobre la grotesca y violenta carencia de eficiencia e interés por el bien común de nuestros funcionarios, los cuales parecen haber llegado a su silla por un halo del destino, pero no, salieron de la misma sociedad suya y mía. Como siempre sostenemos, los políticos no provienen del «planeta político» y mucho menos de una col, o como decimos en Argentina, repollo, sino que hacen epifanía en su único acto carente de desidia: el querer participar y estar en lugares de poder cuando la gran mayoría de sus conciudadanos han abandonado el deseo de siquiera pensarse capaces de hacerlo (tras la renuncia voluntaria de participación, siempre se cede un espacio a otro que está totalmente dispuesto a ocuparlo).

Pero no. Dedicarle líneas a los listillos ocasionales, a los bandidos oportunistas que les tocó estar circunstancialmente con la lapicera, no es nuestra intención, puesto que intentaremos comprender la relación dialéctica que se produce entre el desinterés ciudadano y la total ineficiencia gubernamental, puesto que una cosa alimenta a la otra inexorablemente. Para ello tomaremos, en primer lugar, una reflexión que nos hace llegar el gran poeta maldito Baudelaire, al indicarnos que es el aburrimiento el responsable de la consumación total de la voluntad y el interés humano por actuar decentemente y en pos de un sentido vital, y lo expresa magistralmente:

«Mas, entre los chacales, las panteras, los linces,

Los simios, las serpientes, escorpiones y buitres,

Los aulladores monstruos, silbantes y rampantes,

En la, de nuestros vicios, infernal mezcolanza.

¡Hay uno más malvado, más lóbrego e inmundo!

Sin que haga feas muecas ni lance toscos gritos

Convertiría, con gusto, a la tierra en escombro

Y, en medio de un bostezo, devoraría al Orbe;

¡Es el Tedio! – Anegado de un llanto involuntario,

Imagina cadalsos, mientras fuma su yerba.

Lector, tú bien conoces al delicado monstruo,

-¡Hipócrita lector- mi prójimo-, mi hermano!

Lo que el poeta nos expresa es trágicamente real y sencillo: la actitud de desidia que se carga miles de vidas a diario (matando por omisión de interés) es fruto del «aburrimiento» propio del nihilismo de la indistinción, al cual en este caso debemos interpretar como la actitud de indiferencia total respecto al mundo al que uno forma parte, caracterizado en el tan promocionado prototipo de persona a la cual le interesa poco y nada la vida, la muerte y la remota existencia de cualquier ser fuera de su propio ser (publicitariamente, es el sujeto por excelencia, el posmo consumidor progresista).

Como podemos apreciar, no se trata simplemente de una actitud de desgano fruto de un cansancio totalmente comprensible, sino de un abandono voluntario a cualquier tipo de interpretación estimativa del mundo y de la vida. Que a nuestros jóvenes y adolescentes des de exactamente lo mismo cualquier y toda cosa, es muestra clara de ello: nada puede movilizar a nadie puesto que se ha logrado vaciar de contenido toda pretensión desiderativa que intente dar sentido a la existencia, lo cual no puede sino provocar una profunda y lamentable (tangible, claramente) desvinculación entre las personas y el mundo del que forman parte.

El origen de la inutilidad naturalizada, es decir, de la desidia, es ese aburrimiento que denunciaba Baudelaire, el cual no responde en absoluto al significado literal de su etimología («ab-borrere», «temer o tener horror de…»), sino más bien lo contrario, puesto que se trata de una actitud vital que ante el borrado total de un horizonte de sentido, se presta románticamente a una postura petulantemente violenta, que no es nada más y nada menos que el desinterés por lo común por sentirse «más allá» de todo sentido. Puede sonar cool, pero créanme, es una postura patética, egoísta y tremendamente peligrosa.

Concluimos la presente escueta reflexión indicando que no se debe confundir el aburrimiento en el sentido precedentemente explicitado con el escepticismo o con la desconfianza de «lo dado». El personaje desidioso es particularmente perezoso no sólo en la acción misma, sino también en el sentimiento diletante de considerar que incluso la emisión de juicio alguno es totalmente inútil e intrascendente. De ello podemos dar cuenta todos los mortales que nos hemos cansado de escuchar en el transcurso de nuestra vida justificaciones vacuas del silencio y la inacción militante: «no te metas»; «no opines»; «no publiques»; «no digas lo que piensas»; «no te expongas»; «no participes»; «no juzgues»; «no critiques», son todas ellas, básicamente, una censura permanente y vigente a una vida reflexiva que pide a gritos participación y pensamiento a la vez que recibe palo y censura por ello. Pues bien, el camino de la filosofía no diletante siempre será ese: nadar contra la corriente del sinsentido propio del nihilismo deconstructor posmo progre, ofreciendo siempre la resistencia que la razón no falla jamás en brindar.




martes, 12 de abril de 2022

La estupidez le ha ganado la batalla a la sensatez?

En un célebre artículo del New York American titulado "El triunfo de la estupidez", el filósofo británico Bertand Russell nos legó un pensamiento que hasta nuestros días nos da qué pensar que versa así: "el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas". En una ocasión previa hemos hecho mención explícita de la típica bravuconería de los soberbios e ignorantes con poder, pero en el día de hoy quisiéramos reflexionar en torno al desafío que nos propuso Russell, a saber, que estamos completamente convencidos que quienes toman las decisiones que marcan nuestro rumbo a lo largo de la vida (gobernantes, dirigentes, secretarios, subsecretarios, asesores, y cuanto cargo burocrático se les ocurra) hacen gala apoteósica de su inutilidad e incongruencia, mientras que vemos las grandes mentes descubridoras, creativas y desafiantes bajo el yugo del silencio de una servidumbre voluntaria que parece aclamar desmedidamente la mediocridad intelectual.

En palabras del gran Aristófanes, podríamos reafirmar que su máxima "la juventud pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con educación y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre". ¿Por qué tiene tanto poder y preeminencia la estupidez? Pues bien, intentemos deshilachar este problema. El vocablo "estúpido" proviene del latín "stupidus" y del verbo "stupere" que significan "estar aturdido" o "paralizado". Estupenda descripción inicial: el estúpido, como buen aturdido, no tiene chance alguna de escuchar atentamente a absolutamente nadie, puesto que su postura respecto a la comunidad que tiene que soportarlo es completamente egoísta y cerrada (egocéntrica e individualista). Ya la palabra nos da un gran indicio de comprensión: estar mareado, aturdido e inmovilizado es la postura excepcional para describir a una persona que, pudiendo aprender algo de otros, decide creer en el mito del autoconocimiento absoluto y descartar cualquier atisbo de colaboración intelectual por cualquiera que lo rodee.

Es imprescindible aclarar en este punto que en el pasado se le decía "estúpidos" a toda persona que tuviera algún tipo de discapacidad o dificultad de aprendizaje. Por suerte, en nuestros días ya no está permitido referirse a esas personas de esa manera, dejándonos el mote disponible exclusivamente a quienes realmente les corresponde: aquellos que pudiendo no ser imbéciles, optan serlo por decisión propia y convicción personal.

Ahora bien, es interesante que tratemos de comprender por qué los estúpidos, a pesar de su inestabilidad fundante, se sienten tan seguros de sí mismos y por qué reciben tanto crédito por parte de la sociedad. En este punto tenemos que recurrir al gran Sócrates (470 a.C – 399 a.C), a quien se le atribuye la frase “sólo sé que no sé nada”, la cual se deriva de la interpretación de un pasaje de la obra platónica “Apología de Sócrates”. Querefonte, amigo del enjuiciado filósofo precitado, asiste al oráculo de Delfos para averiguar si cabe alguna posibilidad de que exista alguien más sabio que Sócrates. Al recibir el resultado que la pitonisa de Apolo deja entrever indicando justamente que no hay nadie más sabio que Sócrates, éste, incrédulo, puesto que pensaba que no sabía nada, decide implementar un experimento social: consultaría a todos los especialistas que disponían de cierto reconocimiento, fama y calificativo de sabio, cada uno en su rama, para verificar aquello que el oráculo había sentenciado. Lamentablemente, el resultado de su investigación le terminó dando la razón a la profecía: todos los “sabios” entrevistados estaban bastante flojos de papeles y no podían dar fe de lo que decían saber en profundidad. La moraleja de este relato radica en que el más sabio lo es justamente porque es capaz de reconocer su ignorancia. A ello hay que añadir un detalle que no es menor: esa “ignorancia” tiene que ver con el reconocimiento de una realidad digna de ser conocida, pero inabarcablemente inmensa por un solo pensante, revela el desafío concreto de la vida sabia: jamás se deja de aprender.

En las antípodas de dicho desafío, el perfil clásico del bravucón estúpido se caracteriza básicamente por hacer gala de lo poco que conoce y de la nula necesidad que tiene de aprender un poco más. Visto así, suena horrible ¿verdad? Ahora bien, en el plano de la praxis es apabullante y escalofriante ver cómo en nuestra sociedad (y esto es un problema global) se ha naturalizado la banalidad que propicia la estupidez de la petulancia ignorante que no sólo retrasa en términos epistémicos, sino que entorpece seriamente, en términos políticos porque, hay que decirlo, contamos entre nuestros máximos exponentes y altos representantes de la estupidez aquellos que suelen tener un bolígrafo cuya firma condiciona nuestra existencia mediante decisiones cruciales.

Siendo estrictamente fiel a la etimología precitada del término “estupidez”, el gran Ortega y Gasset inventó un neologismo espectacular para poder comprender la actitud prototípica de la abulia que produce el abrazar la ignorancia con tanto amor. Precisamente llamó “hemiplejía moral” al estado intelectual simbólico en el que se encuentran las personas que se auto-determinan bajo el marco de una ideología específica (él menciona, por su época, a la “izquierda” y la “derecha”, pero hoy tenemos otras variantes que cumplirían el mismo rol). Ese estado de parálisis impediría acceder a un pensamiento complejo, extenso, sensato por la limitación evidente que devela el centrar la interpretación de la vida con las gríngolas que sirven de “protector” que se suele colocar en los ojos a los caballos para que sólo puedan mirar un punto fijo y no se distraigan con el entorno.

Salir de la caverna es siempre una invitación válida y un desafío acuciante. Quitarse las anteojeras para mirar a los costados fue, es y debería seguir siendo, el único motor que intente impulsar la educación para la libertad. Como hemos podido apreciar en las líneas precedentes, no será fácil (nunca lo fue) escapar del yugo del imperio de la estupidez. Aún así, a no desanimarnos: siempre estamos a tiempo de dar el primer paso, que no es más que dejar de aceptar sin dudar nada de nadie, y mucho menos, de parte de estúpidos.

 

jueves, 31 de marzo de 2022

“Exhibiendo la violencia de la cancelación contra la comedia” – Lisandro Prieto Femenía

Si tuviésemos que hacer una referencia inmediata acerca de la premiación más mediática de la historia del cine, intuitivamente recordamos un cachetazo y un sinnúmero de interpretaciones y connotaciones sobre el mismo. La gala desapareció, los demás ganadores y trabajadores de la industria también, todos abducidos por un fenómeno decadente que sirvió para aumentar de a miles seguidores de tres personas, perjudicando a los demás presentes y, lo más importante, a la audiencia, a la cual se le reafirmó un mensaje ético bien claro: los límites de la comedia, ya resquebrajados por la cultura de la cancelación imperante, se tienen que retraer aún más.

Para los griegos antiguos, el “humor” era un estado de salud, que representaba el equilibrio de cuatro líquidos que, cada uno, simbolizaba algún elemento, a saber: la sangre (el aire), la bilis amarilla (el fuego), la bilis negra (tierra) y las flemas (el agua). De esta concepción proviene el vincular “estar de buen humor”, con “estar sanos”. Posteriormente la traducción latina humoris significará estrictamente el estado líquido o la humedad, que aplicada a la tierra conformará al humus, la tierra fértil. Como habremos podido apreciar en la breve descripción etimológica, desde tiempos arcaicos hay una estrecha relación entre el humor y la salud, puesto que desde el empleo mismo del vocablo en sus inicios, se ha referido al estado de ánimo fruto de un equilibrio armonioso de factores que lo determinan.

Otra cosa, aunque comúnmente asociada al humor, es la “comedia”, palabra que en su conformación etimológica griega se conformaba por la palabra “komos” (canción, proclamación); “odé” (canción, rapsodia) y el sufijo “ía” que denota cualidad. Lo que hoy entendemos como representación cómica proviene del género dramático (opuesto a la tragedia) cuyo máximo representante en la Grecia antigua fue Aristófanes (444 a.C- 385 a.C).  El drama satírico acompañaba la presentación teatral de dos tragedias en cada edición y su función era, en pocas palabras, “bajar los ánimos” que quedaban exaltados por la intensidad del drama trágico.

Ahora bien, todos sabemos que existe un tipo de humor cómico ácido, también conocido como “humor negro” que es un tipo de comedia satírica que busca provocar en el espectador un sentimiento confuso que se mueve entre lo gracioso y lo desagradable mediante la ironía, el sarcasmo y, en alguna medida también, la burla. Su consistencia esencial se basa justamente en ser un género políticamente incorrecto, puesto que juega a torcer (y en algunos casos, quebrar) el status quo establecido de lo “esperable”. Se podría decir que la “gracia” de este humor consiste en la disrupción de una “normalidad” para tornarla cuestionable mediante una crítica cómica que pretende desvelar algo que está más allá de la simple apariencia de los consensualismos triviales y banales. 

En el marco de lo precedentemente señalado, es que analizamos el papelón (para nosotros, totalmente orquestado) de la gala cinematográfica norteamericana. Pero antes de entrar de lleno a la farsa situada en Smith y Rock, haremos un breve repaso de los bochornos oportunamente utilizados por la Academia para conseguir índices de audiencia mayores. 

En la Edición Nº 89 de los Oscar el legendario actor Warren Beatty cometió el “error” de nombrar a “La La Land” como la película ganadora del certamen, cuando en realidad el galardón debía ser entregado al film “Moonlight”. Lo que parecía ser una situación confusa, un error poco común en el guion de la gala, atravesó por un momento extremadamente violento: Jordan Horowitz, el productor de “La La Land” hizo a un costado violentamente al actor anciano que había cometido el “error” y de manera bastante agresiva y pretendidamente ofuscada indicó que la estatuilla no correspondía a su obra. La ridiculización que se realizó sobre los actores veteranos que “leyeron mal” la ficha no tuvo, por parte de la crítica biempensante portadora de la moralina posmoderna contradictoria, el menor reparo de naturalizar la idea de que hay gente demasiado vieja para hacer ciertas cosas.  

(Link https://www.youtube.com/watch?v=m-gSLXFhIrM)

Lo acontecido en la última edición, comentado, difundido, viralizado ad extremum mediante la factoría interminables de memes, no es un hecho aislado pero sí marca un precedente patéticamente lamentable. Como suele suceder en la imperante moral posmo-progre de la deconstrucción selectiva y la cancelación sistemática, se puede avizorar, a pocos días de lo sucedido, dos interpretaciones reinantes: por un lado, se sostiene que lo realizado por Smith es una clara demostración de cariño hacia su esposa y una defensa primordial al honor de su mujer y, por el otro, la clara demostración de un montaje mediático que sirve a intereses publicitarios muy concretos de los implicados (incluso del que recibió la puñeta). 

Como siempre insistimos en invitar a los amigos lectores a profundizar más sobre la superficie de lo dado por la inmediatez y la avidez de novedades y nos preguntamos ¿qué queda de esto, aparte del patético show? Queda la naturalización de la violencia ante el desacuerdo. Queda establecido un precedente que indica que cuando uno se encuentra en una situación en la cual el régimen discursivo contextualizado permite ciertas bromas en el marco lícito del montaje, uno puede responder con violencia física y ridiculización masiva sin reparo alguno. Queda explicitada la vacua e incoherente ética postmoderna que pretende disfrazar de justicia poética un acto totalmente desagradable e ilegal (si Smith no fuese Smith, esa noche hubiera sido arrastrado por muchachos de dos metros de altura hacia el callejón trasero del edificio, y no precisamente para dialogar sobre lo acontecido). Queda evidenciada la total fragilidad en la que ahora deben trabajar los comediantes: si todo ofende al punto de recibir reprimendas físicas, el humor se verá condicionado severamente (deconstruído, dirían algunos) y se perdería la libertad, propia del cómico, de jugar con los límites de lo políticamente correcto y con la crítica capaz de provocar risa mediante el estupor.

En fin, es preciso señalar que el humor ácido ha muerto. El posmo-progresismo burgués lo ha asesinado definitivamente en el montaje decadente de una supuesta representación de la defensa del honor de una persona en pos de una sensibilidad bastante hipócrita carente de sentido que apuesta siempre a cerrar las puertas de todo aquello que desafíe la agenda imperante de una moralidad subvertida y pretendidamente deconstruída. 

Habiendo expuesto los riesgos que conlleva todo acto de violencia que atente contra la libertad de expresión permitida en un contexto discursivo con reglas claras, debo culminar la presente reflexión indicando que  quien comparte con vosotros estas líneas posee calvicie hereditaria hace bastantes años y he sido objeto de burlas, comentarios y sugerencias por parte que allegados y desconocidos, y jamás me vi en la necesidad de ir repartiendo tortas por ello (y os aseguro que el día que pretenda hacerlo, lejos de recibir ovaciones, seré fuertemente reprendido con el peso de la ley).


viernes, 18 de marzo de 2022

Desmontando la romantización de la indignidad – Lisandro Prieto Femenía

En la presente ocasión nos interesaría reflexionar sobre un derecho y valor intrínseco fundamental, indiscutiblemente importante y globalmente despreciado de manera persistente y sistemática: la dignidad. Bien sabemos que en su raíz latina, “dignus” se refiere a la disposición humana de “ser merecedor de” algo que se considere comunitariamente indispensable y, comúnmente, se suele interpretar que se es digno cuando uno es respetado por los demás y aceptado cabalmente por sí mismo, lo cual deriva en la aseveración generalizada de pensar que existe dignidad cuando la totalidad de las personas somos tratados con la misma justicia, sin importar la ideología, el género, la religión, la afiliación política, la descendencia étnica, etc. 

Hasta aquí, me imagino, estamos todos plenamente de acuerdo: se trata de un concepto que representa un ideal que merece la pena proteger. El problema filosófico surgirá cuando notemos que, a pesar de la precitada adherencia supuestamente indiscutida a la idea de dignidad, el común de los mortales, en la práxis ciudadana, no tiene la menor intención de respetar la coherencia básica entre lo que se dice y se hace al respecto de su pleno cumplimiento.

El gran Aristóteles (384 a.C-322 a.C) sostenía que todo hombre separado de su sociedad puede “ser considerado una bestia o un dios”. La autosuficiencia que demanda dicha soledad en la individualidad sólo es posible mediante una fuerza sobrenatural que lo permite o por el salvajismo propio del ser individual que lucha a codazos para sobrevivir en la hostilidad propia de un mundo que se le presenta disociado a sus intereses (y viceversa). Si bien en la totalidad de nuestras tan bien redactadas Constituciones Nacionales la dignidad hace gala de su importancia, podemos apreciar sin dificultad que en la cotidianidad los seres humanos nos comportamos, dentro de una sociedad, como salvajes individualistas, egocéntricos ambiciosos incapaces de comprometer el más mínimo de nuestros esfuerzos en pos de un bien común. 

Lo precedentemente señalado nos lleva a pensar que coexiste el deseo de un respeto irrestricto a la persona y su identidad, al mismo tiempo con un ferviente egoísmo, propio de la ética de la consumación de una sociedad de consumo exacerbado que pretende que cada cual se salve por su cuenta o a costa de la renuncia de la plena dignidad. Entonces es pertinente que nos preguntemos ¿es posible hablar de dignidad individual si colectivamente nos comportamos como seres totalmente apáticos? ¿Es viable una moral que disocia lo individual y lo colectivo? ¿Se puede ser digno individualmente y totalmente abúlico socialmente, al mismo tiempo? Evidentemente, se trata de un movimiento dialéctico que requiere de un compromiso social real, cotidiano (habitual) en el cual la pretensión de respeto hacia uno mismo debería ir acompañada de una serie de acciones que pretendan resguardar también el respeto al otro.

Dicha bestia depredadora de la que nos hablaba Aristóteles es aquella que en sus pretensiones estrictamente individualistas espera ser merecedor de todo al tiempo de no ceder absolutamente nada a nadie, ¿les suena conocido? Para evitar convertirnos en lo que Hobbes denominaba “lobo del hombre”, es crucial que podamos pensar críticamente nuestra dignidad en el marco de una comunidad organizada. Y ello lo podemos ilustrar simplemente en la descripción de una realidad totalmente injusta y patética que se nos hace presente en cualquier rincón del orbe: una persona que trabaja para vivir dignamente a duras penas puede mantenerse a sí mismo; una pareja con hijos que trabaja incesantemente para proveer a su familia las condiciones materiales y culturales necesarias para vivir dignamente son pobres. ¿No hay indignidad en la naturalización de una pobreza endémica innecesaria? ¿No se suponía que el trabajo le otorgaba dignidad al ser humano? ¿Dónde se encuentra dicha dignidad, si notamos una tendencia creciente que demuestra que difícilmente la fuerza laboral de los individuos le pueda aportar lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas?

La perversión de la ética individualista imperante consiste justamente en justificar y naturalizar el discurso de un voluntarismo ficticio que nos vende la idea utópica consistente en pensar que “con esfuerzo, todo es posible”. Pues no, puesto que si bien el esfuerzo y la disciplina son fundamentales, al igual que la instrucción, la educación y la cultura, nuestro mundo actual nos demuestra, tras el sofisticado poder del escritorio (burocracia), que cada vez es más difícil vivir con autosuficiencia. Basta mirar tan sólo la generación de nuestros bisabuelos, abuelos y padres, muchos de los cuales no pisaron siquiera una baldosa de la Universidad, y aún así pudieron trabajar y proveernos valores, educación, techo, comida, cultura, salud, seguridad, etcétera. Sin dudas de trata de otro mundo, inexistente actualmente, pero que si alguna vez fue posible es porque el sentido de pertenencia a la comunidad era patente e indiscutido, lo cual garantizada de alguna manera un pacto social implícito en el cual la dignidad se resguardaba en esfuerzos mancomunados en pos de un bien común. No fue un sueño, sucedió, y el salvajismo propio de la moral posmo-consumista e individualista la desmontó y la convirtió en un recuerdo de antaño.

Ello fue posible mediante la transvaloración (subversión total de los valores) ha logrado efectivamente que naturalicemos, e incluso, romanticemos la indignidad humana en sus múltiples representaciones: nos conmueve el refugiado de guerra eslavo, nórdico y anglosajón, pero poco nos dura la conmoción de las barcazas ametralladas en las costas de Lampedusa, la devastación a nivel suelo de pueblos aledaños a Damasco o la entrega de poder al sadismo talibán en Kabul. Nos parte el alma la foto del desnutrido africano que nos trae amablemente la red social, pero nos importa bastante poco el hijo del vecino con un serio déficit alimenticio que abandonó su escolaridad para salir a trabajar. Como podemos apreciar, el esnobismo moral no soluciona absolutamente nada, sino más bien todo lo contrario, puesto que al normalizar actos sistemáticos de privación de la dignidad, promociona directamente a un régimen de vida totalmente injusto y malignamente banal que cuenta, paradójica y tristemente, con el beneplácito de la gran mayoría de los sujetos que incluso son damnificados por semejante atrocidad.

La búsqueda de la dignidad individual y social es una premisa urgente, que debería estar en la primera instancia de prioridad no sólo para los Estados democráticos y la completitud de sus instituciones, sino principalmente en el seno de nuestro pensamiento y acción cotidianos en tanto que somos, aunque lo ignoremos completamente, responsables y garantes del cumplimiento del respeto a la dignidad que decimos merecer.

 

 


jueves, 10 de marzo de 2022

“Cómo evitar ser espectador del reality guerra” – Lisandro Prieto Femenía 

En ocasiones previas hemos tenido la oportunidad de reflexionar en torno al régimen de verdad global e imperante denominado “post-verdad” y sus patéticas y nocivas consecuencias en diversos ámbitos. Hoy quisiéramos destacar específicamente la epifanía de tal mentira útil en el contexto bélico actual, que mantiene en vilo no sólo a dos países implicados, sino a toda la humanidad puesto que los efectos de dicho suceso tienen injerencia en casi todos los rincones del mundo. Y, en particular, nos vamos a centrar en nuestro rol de espectadores e intérpretes lejanos de un hecho tan delicado, y tan banalizado en nuestros días. 

Bien es sabido que las guerras sacan a relucir lo más miserable y despreciable de nuestra condición humana, sólo basta prestar atención a los registros historiográficos para apreciar la cantidad innumerable de atrocidades de las que somos capaces en el marco de las situaciones bélicas. Ahora bien, mientras que en el transcurso de una guerra hace más de medio siglo la comunicación de los hechos y acontecimientos consistía en un sistema precario de distribución mediante un aparato de propaganda estatal bastante rudimentario, el presente se está caracterizando por la diseminación permanente de “información” al alcance de la mano de cualquier mortal. La paradoja evidente se percibe al notar que si bien aparentemente todos podemos conocer absolutamente todo lo que sucede mediante un cúmulo de material de muy dudosa procedencia, todos conocemos nada. En la era de las telecomunicaciones masivas mediante redes sociales, programación televisiva, prensa digital, gráfica, radial, etc. a disposición para gusto y placer de cualquier consumidor, nadie tiene real y cabal conocimiento de absolutamente nada. Es por ello que se suele decir, casi al estilo de un cliché, que en las guerras siempre la primera víctima es la verdad. Pero, ¿qué es eso de “la verdad”? 

Se trata del problema filosófico favorito desde presocráticos hasta nuestros días: poder distinguir entre lo ficcional y lo real, entre el relato y el hecho, entre lo subjetivo y lo estrictamente objetivo. Nada de otro mundo: pretender conocer algo es querer buscar una verdad donde hay incertidumbre. El gran inconveniente que tenemos en nuestros días se sustenta  justamente, en dos ejes básicos: el abandono voluntario a la pretensión del conocer objetivamente, ya sea por el imperio de una ideología intencionalmente relativista, o por el simple hecho de vivir inmersos en un sistema de vida en el cual la desinformación es prácticamente la herramienta más eficaz para dividir y reinar. 

Es probablemente imposible saber a ciencia cierta qué demonios está sucediendo cabalmente en el presente conflicto y su correspondiente show mediático: fuentes diversas declaran información antónima, circula fácilmente propaganda definidamente sectorizada y apuntada a un público específico, fake news por doquier, versiones contradictorias, etc. En el medio de ello, la gente va tomando posición: “que Fulano es un dictador”; “que Mengano es una víctima”; “que está bien que una nación soberana defienda sus fronteras”; “que es la peor invasión de la era moderna”; “que la operación es prácticamente pacífica y sin resistencia”; y podría seguir, pero no tiene sentido enumerar la cantidad de justificaciones que individualmente se le ha ido dando al asunto.  

Pero, más allá de las posturas fundadas en argumentos provistos por noticieros rentados, por redes sociales contratadas o por videos de WhatsApp recibidos, concretamente, podemos enunciar ciertos sucesos que escapan al relativismo vago y perezoso:  se trata de un conflicto diplomático y bélico en cuanto que la armada de una nación le dispara municiones a la armada de otra. Existe un éxodo real de ciudadanos de un país a Estados limítrofes. Hay muertos, no importa cuántos, si hubiese uno sólo ya sería grave, si son más de cien, también. Hay, indudablemente, un  conflicto de intereses económicos, territoriales, políticos y militares. Hay una historia documentada previa al asunto actual que nos podría dar un esbozo de comprensión mínima acerca de la tensión entre los implicados. Hay una genealogía cartografiada de las pretensiones claras que tienen los bandos participantes. Hay una clara identificación del rol de mando que tiene cada uno de sus protagonistas. Pues bien, en lugar de analizar lo que se da, al parecer la humanidad ha decidido deglutir sin aderezo alguno casi la totalidad de las ficciones brindadas tanto por medios de comunicación como por gobiernos involucrados.  

El abandono persistente del pensar nos ha llevado, desde siempre, a tomar pésimas decisiones: conforme a cada época, hemos determinado de manera binaria y taxativa (y muy trivialmente) quién hará el rol del “malo” y del “bueno”: Hitler lo hizo con su propaganda antisemita, y otros regímenes en la post guerra realizaron algo similar al instalar en cada uno de los hogares globalizados la idea de que el oriental (durante la guerra de Vietnam) era el peligro y posteriormente el musulmán (desde la guerra del Golfo hasta nuestros días).  

Ante semejante actitud patética de la existencia inauténtica de un ser que ni siquiera se pregunta por su ser, la filosofía nos permite tomar distancia del humo de discoteca mediático y leer la situación de otra manera, pretendidamente más honesta: no se trata de la trillada distinción entre buenos y malos, sino, como señalaba Maquiavelo, el asunto se dirime a partir de la consideración misma de la política, entendida por él como una búsqueda constante del poder (una lucha que a veces implica librarla a cualquier precio), con un grado considerable de independencia de cualquier pretensión moral común. En otras palabras, y según lo planteado por el pensador italiano, la política (que es en sí, guerra, a veces con armas, a veces con leyes y otros medios) posee su propia moral, que nada tiene que ver con la moralina ciudadana o mediática. Intentar comprender las motivaciones que llevan a un jefe de estado tomar la decisión de invadir un país, e intentar comprender las razones por las cuales el presidente del país invadido ha decidido resistir y buscar apoyo internacional (a cualquier costo) es una empresa reflexiva que está en proceso y que nos llevará años poder dilucidar. Lo que sí podemos hacer (previsionalmente)  nosotros, los simples ciudadanos de países que se encuentran geográficamente alejados de la zona de conflicto, es pensar con sensatez, o, como decía Ludwig Wittgenstein, “sobre lo que no se puede hablar, mejor callar”, que, interpretado en sus códigos lingüísticos debe traducirse estrictamente en “si no conoces cabalmente aquello de lo cual se habla, mejor no emitas juicio porque es muy probable que te equivoques”.  

Ser megáfonos repetidores de opiniones deglutidas por otros nada tiene que ver con ser personas que buscan tener una existencia sensata, con capacidad de pensamiento crítico y criterio autónomo. El consejo de Wittgenstein en nuestros días suena completamente autoritario, pero, si consideramos la cantidad de proposiciones infundadas empíricamente que proferimos al día, por repetir sistemáticamente aquellos que nos fue servido en bandeja de pixeles, terminaremos militando causas que en el fondo no tenemos la menor idea de su contenidos o, en otras palabras, seremos peones de causas ajenas, externas y totalmente disociadas con lo que tal vez somos o pretendemos ser.  

El silencio al que se refería Ludwig no es el de la censura, es ese espacio de apertura al pensamiento necesario en el marco de una situación que sólo nos bombardea de ruidos que si bien a algunos nos molestan, a otros los convence. No se puede pensar en estado de alienación total y para pensar, es requisito fundamental ser libre de todo prejuicio infundado. Se trata de una ardua tarea a la que algunos le dedicamos la vida, pero a la que todos le deberíamos prestar central atención si no queremos ser usados de peones en juegos de ajedrez en los cuales desconocemos completamente el tablero, los movimientos de las fichas y, lo que es más importante, las intenciones del rey y la reina de los claros y los oscuros. 

lunes, 10 de enero de 2022

“Currando la felicidad” – Lisandro Prieto Femenía 

En la presente oportunidad quisiéramos invitaros a reflexionar en torno al concepto griego de “Eudaimonía”, también conocida como “felicidad”, y definida por la RAE como “estado de satisfacción debido generalmente a la situación de uno mismo en la vida”. Pues bien, no hagáis caso a la RAE y pensemos por un momento qué es eso que tanto mencionamos y decimos necesitar pero tal vez no siempre comprendemos cabalmente. 

Para Aristóteles (384 a. C- 322 a. C.), contrariamente a lo que sostiene la definición precitada de la RAE, la felicidad no es ni por cerca un estado de ánimo, ni un estado de nada, sino que es una actividad en sí misma puesto que la considera el fin de todo acto (en otras palabras, todo lo que hacemos supuestamente lo hacemos para ser felices). En su obra denominada “Ética a Nicómaco” nos señala claramente que “la felicidad consiste en la virtud en general, o en alguna virtud en particular, pues la felicidad es la actividad del alma conforme a la virtud. […] Son las actividades conformes a la virtud las que determinan la felicidad, mientras que las actividades contrarias a la virtud determinan la desgracia”. Traducido brevemente: la virtud es el medio, y la felicidad es el fin, pero sin virtud, no hay chance de felicidad alguna. Ahora bien, ¿qué es la virtud? 

Brevemente indicaremos que la virtud es, al menos desde el análisis filosófico aristotélico clásico, un hábito de persistir en un término medio en lo concerniente a nuestras acciones, determinado por nuestra razón y por la cual podemos convertirnos en personas prudentes. Como habéis oído por ahí casualmente, el término latino “virtus” nos marca la pauta de la inexorable relación que existe entre la prudencia y el virtuosismo, como también el vocablo griego “areté” refiere particularmente a la “excelencia” como propósito en sí mismo. Por ello, Aristóteles sostenía que la virtud no es más que una “excelencia añadida a algo como perfección”.  

Por lo anteriormente mencionado, podemos comprender que para el estagirita la felicidad no es fruto de la mera circunstancia pasajera o del resultado espontáneo de algunos estímulos concretos, sino más bien un trabajo (hábito) que demanda una búsqueda permanente. Dicha búsqueda es inconcebible sin la participación de la prudencia, que no es nada más y nada menos que "aquella disposición que le permite al hombre discurrir bien respecto de lo que es bueno y conveniente para él mismo". Discurrir, pensar, tener criterio y juicio prudente es tarea de toda la vida, por lo cual en esta lectura de la felicidad es preciso indicar que sólo es en el atardecer de nuestra existencia cuando podremos dilucidar si realmente hemos sido felices, ya que “no podremos llamar feliz a un hombre mientras vivo, sino que será preciso ver el fin” (Solón de Atenas 630-560 A.C) o, como expresa Merlí a sus alumnos “¿Queréis ser felices? ¡Aristóteles les dice que os lo tenéis que currar!” 

Ahora os invito a dejar entre paréntesis momentáneamente lo precedentemente señalado por Aristóteles para pensar en qué hemos convertido nosotros, los postmodernos del siglo XXI a la felicidad. Nos atrevemos a indicar que la hemos tornado en una obsesión, en cierto punto enfermiza, por pretender equiparar el ser al tener. El espíritu de la época nos indica que se es feliz teniendo o consiguiendo todo aquello que deseamos obtener y lograr. El problema es que, si no lo logramos, el pozo profundo de la frustración se hace abismo en nosotros mismos. Si somos lo que tenemos o lo que conseguimos, ¿qué queda de nosotros si lo perdemos? Tal razonamiento no es nuestro, es de Erich Fromm, quien es citado en demasía por memes de autoayuda en redes sociales, especialmente y específicamente con su sentencia que versa “Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás”.  

Como podemos apreciar, este tema de la felicidad trasciende el placer hedonista pasajero y la sensación de saciedad que produce una vida “resuelta”. Se trata estrictamente de un modo de vida específico, una búsqueda permanente de sentido que determina la nuestra dignidad misma. La vida desdichada, conquistada por la tristeza irreversible es sin dudas signo de una indignidad que trunca toda posibilidad de ser y hacer. En su obra “Oratio de hominis dignitate” (“Discurso sobre la dignidad del hombre), Pico de la Mirandola (1463-1494) nos expresará que dicha dignidad reside básicamente en la capacidad que tenemos de elegir cómo vivir. Tenemos un grado de libertad, un margen, a través del cual optamos permanentemente por aquello que nos indicaba Aristóteles, a saber, discurrimos para elegir el mejor de los caminos posibles.  Ahí está justamente, el truco y la trampa de la libertad: nos sucederá, y créanme, nos sucede permanentemente, que nuestras decisiones y las opciones que tomamos en búsqueda de un buen fin nos equivocaremos irrevocablemente un buen número de veces. Pero la clave aquí, en el mundo del pensamiento filosófico crítico, no pasa por dar recetas fugaces, sino de intentar comprender que, a pesar de las mil decepciones, errores y confusiones, la felicidad tiene que estar presente siempre como la brújula que nos mantiene intacto el deseo de seguir viviendo. 

Ante la precitada frustración auto infligida y también, bombardeada por un sistema de consumo incesante de bienes y servicios innecesarios e intrascendentes, nuestros amigos estoicos nos dirán que la gran mayoría de las cosas que nos suceden no dependen de nosotros, y que debemos actuar en consecuencia. ¿Tu salario no te alcanza para hacer aquello que tanto deseas? Pues bien, un discurso del ala positiva y voluntarista te dirá que debes esforzarte más, que algo no estás haciendo bien para lograr tus objetivos, que seguramente tienes que revisar tus opciones y decisiones porque es casi seguro que en algo estás fallando, o que tal vez no le estés echando suficientes ganas a tu proyecto. La filosofía estoica, que es ancestral, y por ello, auténtica y valiosa- a diferencia de la precitada ética del descarte humano que acabamos de describir antes del punto seguido- nos señalará otra vía de análisis, más sensata, más honesta, más real y necesaria.  

Dicha filosofía nos ofrece tres recursos. En primer lugar, ante una tribulación o problema que consideres abrumador, pregúntate: ¿esto que sucede, está bajo mi control? Bien sabemos que entre nuestras posibilidades de actuar hay un limitado margen de acción. No siempre podemos revertir, cambiar o intervenir en un fenómeno o acontecimiento. Detenernos a preguntarnos si realmente esto que nos enfrenta nos permite actuar o no, es un gran paso, ya que desmitifica la idea ficticia y vulgar enmascarada de la omnipotencia humana del voluntarismo.  

En segundo lugar, nos invitará a pensar en éstos términos: Si debes actuar, hazlo con virtud, siempre teniendo en mente que las afecciones externas no son tu responsabilidad, por lo tanto no deberías sentirte obligado a actuar por algo que no depende en absoluto de ti. Actúa a conciencia sólo si te corresponde y hazlo de manera racional y prudente. 

Por último, el estoicismo nos invita al tempo de la “ataraxia” (“serenidad de ánimo”- “calma del espíritu”). Sin la calma que guía prudentemente nuestras acciones, es prácticamente imposible acertar en nuestras decisiones y, por correlación lógica, ser felices. Habéis escuchado varias veces a alguien decir “cuando estoy estresado me sale todo mal”. Pues sí, es así, el que se enoja, pierde. Asimismo, dicho temple es fundamental para la aceptación de aquello que trasciende toda posibilidad de acción: el grado de desazón ante el acontecimiento desagradable podría disminuir drásticamente si somos conscientes y somos prudentes para interpretar lo que nos sucede en los términos que la ataraxia ofrece.  

En conclusión, no hay una asignatura, una fórmula o una pastilla que nos brinde la felicidad. Es la “buena vida”, la fundamentación de la felicidad, es un esfuerzo constante de las personas que se basa en aquel permanente “saber discernir” lo que vale la pena de lo que no. No todo sentimiento es digno de ser cultivado y en qué situaciones es realmente necesario cultivarlos, o no. En este sentido, Victoria Camps nos ofrece una bellísima metáfora para comprender este proceso: al igual los niños aprenden a dosificar la intensidad de alegría o sufrimiento en la crianza, la educación es un recurso fundamental para el cultivo de uno mismo mediante el cual se accede al acervo cultural de la humanidad que siempre tiene algo que enseñarnos, pero que uno no adquiere si uno no hace el esfuerzo o demuestra la mínima pizca de voluntad de querer adquirirlo. Nada más distante de esto que las promesas soft de la tan sobrevalorada y banal “autoayuda”.